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M. Ravel, Concierto en sol mayor para piano y orquesta. G. Mahler, Sinfonía nº 5 en do sostenido menor. Tzimon Barto (piano); Christoph Eschenbach (dir.). Orquesta Sinfónica de Stuttgart. Auditorio de la Diputación de Alicante, 18 de noviembre de 2016.

Había gran expectación en el ambiente cultural y musical por el concierto al que tuvimos la suerte de asistir en el Auditorio de la Diputación de Alicante. En el escenario, la Orquesta Sinfónica de Stuttgart, que tan buen sabor de boca ha dejado en la ciudad siempre que ha venido a deleitarnos en sus conciertos, Tzimon Barto como solista al piano, y el director Christoph Eschenbach a la batuta. Después de pasar por San Sebastián, Barcelona, Madrid y Valencia, la gira acababa el pasado viernes 18 de noviembre en Alicante. Y sin llegar a rozar la perfección, podemos afirmar que dejó un agradable regusto en el público alicantino.

El menú del concierto constaba de dos de las obras más representativas de los compositores interpretados. Para la primera parte, la orquesta ejecutó junto a Tzimon Barto el Concierto en sol mayor para piano y orquesta de Maurice Ravel. Este concierto, que estuvo a punto de llamarse Divertimento según el propio Ravel, fue compuesto a la vez que el conocido Concierto en re mayor para la mano izquierda (1929-1931). Al final, su estructura en tres movimientos, similar a los conciertos clásicos, y la abultada dificultad técnica, le valieron para recibir el nombre de concierto. En este caso, la orquesta superó con creces al solista, del que todos nos vimos privados de una mayor sensibilidad a la hora de interpretar los pasajes más melódicos. Esto se hizo todavía más patente en el segundo movimiento de la obra, el cual se interpretó quizá con un exceso de precisión metronómica, prevaleciendo sobre una melodía que invita más a la relajación y al disfrute. Sin embargo, el intérprete intentó dar esa sensibilidad a la pieza jugando con los matices del piano, pereciendo también en este intento, realizando unos piani en ocasiones excesivos que provocaban que el instrumento, simplemente, no se oyera en el auditorio.

La segunda parte del concierto nos regaló la Sinfonía nº5 en do sostenido menor de Gustav Mahler. Esta obra, compuesta entre los años 1901 y 1902 y estrenada en 1904, fue sometida, en palabras del propio autor, a “la revisión más despiadada que había hecho nunca con ninguna de sus obras”, debido sobre todo a que el tejido contrapuntístico no dejaba resaltar correctamente las voces. No obstante, el Mahler de esta composición era un Mahler feliz, recién casado con Alma Mahler y esperando el nacimiento de su primera hija. Esto lleva a considerar a la sinfonía, más allá de la parte estrictamente musical, como una autobiografía de lo vivido por el autor hasta la fecha. Y es en este punto donde todas las miradas pasaron del piano a la batuta, esperando escuchar (y ver) la interpretación de la obra por Eschenbach. Y lo que vimos y escuchamos fue una interpretación de la sinfonía correcta, con un respeto a la partitura omitido en ocasiones, pero que podemos calificar de buena. Sin embargo, sí hemos de advertir que en contadas ocasiones la falta de un gesto claro por parte de Eschenbach producía algún descuadre rítmico en la orquesta, además de pequeños fallos de afinación en determinados puntos. Pero esto no puede enturbiar una buena interpretación por parte de la orquesta de Stuttgart.

En resumen, podemos afirmar que el concierto cumplió las expectativas del público en general, el cual resaltó más la sinfonía de Mahler que la interpretación quizás algo insatisfactoria del solista en el concierto de piano. Y para el próximo concierto, pasaremos de la batuta algo confusa de Eschenbach a la dirección no menos polémica de Yaron Traub, que junto al Coro Philarmonia de Londres y la Orquesta de Valencia interpretarán la Missa Solemnis de Beethoven. Esperemos que ese plato, al igual que este, sea del gusto del público.

Daniel Lloret Andreo

Fotografía: El Mundo

     
     
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