El nuevo flamenco: Enrique Amador “Musi”

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Enrique Amador “Musi”. Piano, Enrique Amador “Musi”. Percusión, Josué Barrés y Jesús Bautista “El Patas”. Cante y baile, David Giménez “El Candelas” y Daniel Giménez “El Nano”. Guitarra, Rubén Jiménez. Bajo, Juan Manuel Caballero “Juanillo”. Flauta, Simón Fernández. Violín, Noelia Gracia. Zaragoza, Sala CAI Luzán. Sábado, 18 de abril de 2015.

Enrique Amador “Musi” nace en 1978 en Zaragoza y a los 4 años de edad comienza su vínculo con el piano. Quien lo conozca adorará leer sobre él, pues lo que hace es impresionante; y a quien no lo conozca le quedarán las ganas de escucharlo en directo tras leer sobre él.

Situémonos en el barrio de La Magdalena de Zaragoza, un barrio donde conviven las más diversas culturas: gitana, marroquí, cubana, mexicana o tradicional aragonesa. Todas ellas están amparadas por los muros más antiguos de la ciudad y nos hablan de tantos sucesos históricos: la convivencia mudéjar, cristiana y judía, con los baños judíos, la iglesia de Santa María Magdalena; la riqueza de la “harta” Zaragoza renacentista, con sus palacios; o Los Sitios de Zaragoza, con los agujeros de bala todavía hoy en sus paredes. Es en este ambiente donde debemos ubicar a “Musi” y sus inicios musicales: en la misma escuela donde empecé yo, por cierto, y por lo cual me siento muy orgullosa.

Sí, yo también me he criado en ese barrio y parecerán mis palabras amor patrio, pero creo que, a veces, debemos tirar un poco de ese orgullo para darnos cuenta de lo que tenemos en nuestra tierra y valorarlo como se merece.

La trayectoria de Enrique, que no se dedica en exclusiva a la música, dio el gran salto en 2004 cuando participó como telonero de Duquende en el Ciclo de Flamenco de Zaragoza, obteniendo varios galardones ese mismo año, entre ellos el primer premio a la “Propuesta Joven”. Al año siguiente compartió escenario con Diego “El Cigala” y fue elogiado por la crítica especializada; posteriormente salió a la venta su primer trabajo discográfico, titulado Desde niño.

Su segundo álbum, Entre lunas, del cual se interpretaron algunas composiciones junto con otras del primero, continúa la idea que “Musi” tiene en su mente del concepto “nuevo flamenco”. Asistir a un concierto de Enrique Amador es hacer un recorrido por los diferentes palos (bulerías, rondeñas, tarantas) fusionados con tangos argentinos y toques de jazz. Su lenguaje tiende un puente con diversas manifestaciones musicales, como así hiciera Paco de Lucía en su día. Parecerá arriesgado, pero son ya muchos los que piensan que Enrique Amador es al piano lo que Paco de Lucía a la guitarra, puesto que ha sabido mantener aquella idea revolucionaria que tuviera el guitarrista de generar una estructura armónica y melódica cohesionada con el cante y con el ritmo. Además, parece que el zaragozano haya heredado también la amplia sonoridad y la fuerte pulsación que caracterizaba a aquél.    

El vigor con el que interpreta es uno de los mejores homenajes que al flamenco tradicional instrumental se le puede rendir. Diría aún más: su ejecución se está convirtiendo en una de las mejores embajadoras del mismo entre la sociedad, pues consigue reunir a gente muy dispar en sus conciertos, haciendo sentir que esta expresión musical es de todos. Desde tanguillos a baladas, los asistentes pudimos disfrutar de una interpretación de gran creatividad, pese a que el piano estaba un poco desafinado en sus agudos y hubo algún momento de ritmo interno un tanto tenso.

Todos nos quedamos sin palabra en el cierre, con unos músicos y un bailaor espléndidos, enérgicos y que se animaban los unos a los otros: “olé, Noelia, guapa”, “venga Musi”…

Sin duda fue un concierto muy profesional donde nos pudimos sentir parte de algo muy íntimo, quizás gracias también a las palmas y los jaleos de la nena pequeña del pianista que no paraba de mostrar el orgullo que siente con las palabras “olé, papá”.

Verdaderamente ¡olé!, porque su explosión de sonido, junto con la fuerza de la cuerda, la melodía de la flauta, el tesón del bajo, la pasión con la que pronuncian las letras de las canciones, con el continuo palmeo, el virtuosismo de la caja, y la impactante fuerza de la mirada del bailaor parecía decirnos “aquí está sucediendo algo importante” e hicieron que el público se pusiera en pie, cerrando con impulso un tremendo concierto.

Andrea P. Envid

     
     
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