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Canciones bíblicas de Brahms y Dvořák

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El lied religioso. Obras de J. Brahms, A. Dvořák, J. Gómez y E. Toldrá. Marta Infante, mezzosoprano; Jorge Robaina, piano. Sala Cristóbal de Morales, San Lorenzo de El Escorial. 4 de marzo de 2012.

En ocasiones, los diccionarios pecan de unidimensionalidad. Las definiciones estrictas sirven de poco cuando pretenden arrojar luz sobre términos de naturaleza subjetiva. La mejor lexicografía es insuficiente cuando se trata de exponer, por ejemplo, lo que es el dolor (“un sentimiento de pena y congoja”, según la RAE). Sería todo mucho más sencillo si se aludiera al Concierto para piano nº 2 de Rajmáninov o al primer movimiento de la 9ª sinfonía de Mahler. Algo similar ocurre con la palabra desesperanza o amargura: bien podrían utilizarse las notas de las Canciones serias, opus 121 de Johannes Brahms para fijar significados.

A los ciclos de senectute (robándole la clasificación a Lope de Vega) les debemos algunas las piezas más conmovedoras de todo el repertorio de la música occidental. Por lo general son obras crepusculares intensas, a veces plenas de rabia o de comunión con la vida (eso va en los casos), pero siempre sabias en algún sentido. En el caso de Brahms el andamiaje de amargura que supuso el esqueleto de su réquiem (la muerte de su madre y el desengaño con Clara Schumann) se mantiene en su integridad en estas canciones bíblicas. En una carta fechada el 7 de julio de 1896 el compositor escribió a la hija de Clara Schumann, Marie: “Si próximamente le llega un fascículo con unos cantos serios, no entienda mal el envío. […] Los escribí en las primeras semanas de mayo; medité a menudo sobre palabras parecidas y no pensé que tendría que recibir noticias peores sobre su madre –pero en lo profundo del hombre hay algo que habla y que nos mueve con frecuencia, de un modo casi inconsciente, y eso a veces aflora en forma de poemas o de música–. No podrá usted tocar esas canciones, ya que las palabras le resultarían ahora demasiado conmovedoras. Pero le ruego que las vea y las conserve literalmente como una ofrenda fúnebre para su querida madre”. Clara acababa de morir como consecuencia de un ataque de apoplejía. El intento fallido de Brahms de asistir al entierro del que fuera su amor platónico marcó el inicio de toda una serie de problemas de salud que desembocaron en su propia muerte. Para componer estos cantos (Vier ernste Gesänge, opus 121) Brahms compiló una serie de textos extraídos de las escrituras, tres de ellos del Eclesiastés y el último de la Carta a los Corintios. Canciones austeras, tristes, tan personales que no quiso que fueran interpretadas porque configuraban un paisaje interior tan desolador que ni a él mismo le agradaba mostrarlo.

Estas piezas conformaban la parte más importante del concierto de la mezzosoprano Marta Infante y el pianista Jorge Robaina. Infante abordó las piezas de Brahms haciendo una lectura sentida y dramática pero evitando el patetismo. Se trataba de profundizar más allá de lo obvio, del hecho de que sean unas canciones marcadamente tristes, y mostrar una cierta luz aunque sea lejana y tibia. Su voz destaca por la homogeneidad en cuanto color y la capacidad para el matiz, lo que le permitió moverse fuera del exceso y sin cargar las tintas ni pretender un continuo desgarro. Robaina ayudó a esta visión tranquila de la obra aportando a veces una necesaria liviandad para sobrellevar tanto sufrimiento contenido.

La atmósfera lóbrega de la primera de las canciones, “Denn es gehet dem Menschen” (“Lo que sucede a los hijos de los hombres”) funciona como una especie de marcha fúnebre a pequeña escala que marca el tono de todo el opus. A diferencia de los lieder de Richard Strauss en los que uno puede intuir algo parecido a una paz interior, los de Brahms denotan más cansancio de la vida que aceptación de la muerte. El lugar donde esto se refleja con mayor claridad tal vez sea en “O Tod, wie bitter bist du” (“¡Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo!”). La delicada modulación del piano de Robaina sumada a la voz terciopelo de Infante al pronunciar las palabras “¡Oh, muerte, qué dulce es tu sentencia!” nos hablan del agotamiento mental de Brahms y supusieron el momento más bello del concierto. Antes de abordar estas cuatro canciones, convertidas en el núcleo innegable del programa, la actuación se inició con dos miniaturas hermosas de Julio Gómez y Eduardo Toldrá bajo textos de Lope de Vega (Villancico y Cantarcillo) e interpretadas con candor y sencillez.

La mirada nostálgica del exilio late en las diez canciones bíblicas de Dvořák (Biblické pisne, opus 99) que se escucharon en su integridad durante la segunda parte del concierto. Como en el caso anterior también cargan mucha muerte a sus espaldas, aunque el sentimiento profundamente religioso del checo le mantenía con mayor serenidad de espíritu y las piezas son más descriptivas que abisales. Dvořák vivía un período profesional francamente dulce pero un momento vital tormentoso. En octubre de 1893 moría Gounod, en noviembre Chaikovski y en febrero Hans von Bullow, todos amigos suyos. Su padre yacía muy enfermo (moriría poco después) y Dvořák se refugió en su fe, mucho más a flor de piel que la de Brahms, para sentir una cierto calor de hogar. Estas canciones están basadas en los textos de la Biblia de Kralice, la primera traducción al checo de la obra. Fueron compuestas en EE.UU. entre el 5 y el 26 de marzo de 1894, desarrollando las características propias de la época en el compositor, con sus referencias folclóricas continuas y un aire a la música negra de principios del siglo pasado que se asocia al perfil pentatónico de sus armonías.

Tanto Marta Infante como Jorge Robaina se sintieron cómodos con este descenso de intensidades. Primaron tanto el elemento popular como el pictórico que poseen las notas de Dvořák para ofrecer una visión esperanzada del otro lado de la laguna Estigia. La formación checa de la mezzo le permitió elaborar el discurso con una pronunciación perfecta y centrarse en las evocaciones de la infancia que el músico destilaba en aquellos años. Las bellezas contenidas en “Hospodin jest můj pastýř Bože!” (“El Señor es mi pastor”) o “Popatřiž na mne a smiluj se nade mnou” (“Mírame y ten misericordia de mí”) se enriquecieron con un regusto a Debussy por parte del piano del canario y admitieron finalizar la actuación entre sonrisas.

El formato del concierto, un pase privado poco antes de la actuación del dúo en el Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid, permitió un ambiente de cordialidad y algunas explicaciones previas a la interpretación de los temas. Atmósfera cálida para un concierto íntimo y recogido con un tipo de programa que se prodiga poco en España. Ojalá iniciativas como ésta contribuyan de alguna manera a que este panorama empiece a cambiar.

Mario Muñoz Carrasco

     
     
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