La música en la corte del rey Arturo

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Entonces se van hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que jugaban a varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a charadas, sino también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos de dados. Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí estaban recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y saltan; incluso practican deportes de lucha. Un caballero estaba erguido al fondo del prado [...] y observaba los juegos y bailes.

Estas líneas pertenecen, como quizás alguien se haya lanzado a adivinar, a un texto medieval. La escena es transparente: un entorno agradable, juegos de mesa, algunos deportes y, como un elemento más, la música: las doncellas, caballeros y damas cantan, brincan, bailan, bajo la mirada distante de un caballero. Esta pequeña descripción se incluye en la obra El caballero de la Carreta, que no es otro que Lancelot, Lanzarote del Lago, el coprotagonista de uno de los triángulos amorosos más célebres del medievo: Lanzarote, la reina Ginebra y su esposo, el rey Arturo. El escritor francés Chrétien de Troyes (ca. 1135 - ca. 1190) es el autor de esta novela y fue el primero en exponer esta historia de amores e intrigas cortesanas que ha llegado a nosotros de tantas maneras distintas. ¿Quién no recuerda ese primer caballero del cine encarnado por Richard Gere en 1995? De cualquier modo, Chrétien, de quien a nivel personal se conoce poco más que sus relaciones con la corte de María de Francia y la de Felipe de Alsacia, se convirtió con sus narraciones, todas centradas en las aventuras de los caballeros de la Mesa Redonda, en el pionero de un nuevo género literario que habría de triunfar de forma ininterrumpida: la novela.

Las primeras novelas artúricas: un salto de seiscientos años

Erec y Enide, El Caballero de la Carreta, El Caballero del León y El Cuento del Grial son los cuatro títulos novelísticos claramente atribuidos a Chrétien que tratan de forma central esta llamada materia de Bretaña. Su estilo es sorprendentemente fluido y ágil, pero no es nuestra intención entrar aquí en análisis literarios. Vayamos a la base: ¿Qué retratan estas novelas? ¿De qué época nos hablan? ¿Dónde nos sitúan sus descripciones? Aunque las respuestas parezcan evidentes quizás no lo sean tanto, porque ¿fue el rey Arturo un personaje real?

Las apuestas no están claras: la primera mención que se encuentra de esta figura se incluye en la Historia de los Reyes de Britannia de Geoffrey de Monmouth, un documento datado en el siglo XII y en latín, la lingua franca que posibilitó que esta historia superase los límites de las Islas Británicas. Más allá de esta fuente son múltiples las menciones de Arturo en diversas circunstancias, pero ninguna de ellas se ha mostrado concluyente. En cualquier caso esta historia de un monarca ideal tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, ubicada por Geoffrey de Monmouth en el siglo VI, conoció un éxito sin precedentes y se difundió como la pólvora por aquella Europa del siglo XII. Nada más y nada menos que seiscientos años más tarde de su supuesta existencia real.

De esta manera, ¿qué corte es la que retrata Chrétien? ¿Quiénes son las doncellas y caballeros que danzan en el primer párrafo de este pequeño artículo? ¿los de la corte del rey Arturo, en el siglo VI, o los de María de Francia, en el siglo XII? Parece que los filólogos e historiadores en esta ocasión lo tienen claro: Chrétien de Troyes retrató de forma magistral la vida en la corte más contemporánea, enalteciendo unos valores caballerescos que creía en decadencia y personificándolos en las figuras de caballeros como Perceval, Yvain o incluso Cligés, el caballero griego protagonista de la novela homónima y que pretendía remediar con su moral y su historia la imprenta del desdichado Tristán.

Suenan panderos, suenan tambores

Las maneras de acercarse a la música de este siglo XII son muy distintas: encontramos manuscritos de canto llano, cancioneros heterogéneos que recogen muestras líricas, ya sean latinas o románicas. También encontramos obras especulativas que nos hablan de la música teórica, y sobre ellas sigue imperando Boecio y su teoría de la música de las esferas: una música universal en el sentido más literal de la palabra, armonía generada por los planetas en movimiento y que se correspondería a los intervalos de la música humana e instrumental más pura. Pero la fuente a la que nos acercamos nos ofrece algo que va más allá: un contexto vivo.

Así, este retrato cortesano que son las obras de Chrétien muestra la música y el sonido como una parte más de la escena. Existen cuernos de caza, algunos incluso con el poder de hacer volver la “Alegría” a la Corte; existen ministriles que tocan caramillos, tambores, arpas; existen ermitaños que cantan misa, damas que trovan lais. Sin olvidar, claro está, el tañido de las campanas que marca el ritmo de los días o el ruido del choque de las lanzas con los escudos en los combates. El retrato va más allá de la descripción enciclopédica: la música la hacen los propios personajes, y a partir de sus estados de ánimo y su contexto, de su presencia, pero también de su ausencia, podemos acercarnos a entender la función de la música en la corte artúrica. Y es que, ¿acaso no es vibrante esta descripción sonora de las bodas de Erec y Enide?

Cuando la corte se reunió, no hubo en la región ministril que supiera algún modo de deleitar que no fuera allí: en la sala hubo gran gozo; cada uno hacía lo que sabía; uno salta, otro da volteretas, otro hace encantamientos, uno cuenta historias, otro silba, otro canta, y otro tiene algo que decir; aquél toca la flauta, otro el arpa, otro el caramillo, otro el rabel y otro toca la viola; las doncellas danzan y bailan; todos disputan por tener la mayor alegría: no hay nada que produzca gozo o que pueda hacer que surja en el corazón humano que no estuviera aquel día en las bodas. Suenan panderos, suenan tambores, cornamusas, flautines, flautas, trompas y caramillos.

Sobre el azar, la curiosidad y la ficción

Decía Pere J. Quetglas en su introducción al Cancionero de Ripoll que la conservación o pérdida de una gran obra de la Antigüedad es del todo venturosa. Plantea como ejemplo la obra del poeta latino Catulo, conservada en un único manuscrito. ¿Cuál sería la probabilidad de que un texto del siglo I a. C. llegase hasta nosotros, pasados veinte siglos? De esta manera, y sobreponiéndonos al vértigo que supone pensar en todo lo que habrá quedado atrás, no nos queda más remedio que aferrarnos a lo que tenemos, a cualquier pista que nos sirva para conocer más de cerca a una humanidad de la que descendemos y de la que, si observamos con detenimiento, no somos tan distintos.

Así, la literatura es un vehículo privilegiado para acercarnos a este fin. Busquemos en ella satisfacer la curiosidad por los retratos y razonamientos que nos hablan de una época pasada, pero no por ello olvidada. Esta pervivencia de la mitología artúrica, de esta materia de Bretaña hasta nuestros días es una muestra de la fascinación que ha ejercido y sigue ejerciendo la fantasía de una corte mágica sobre nosotros. Hoy nos acercamos a nuevas épicas que llenan las taquillas de los cines, las listas de libros más vendidos; pero de fondo sigue estando, inmutable, la Tabla Redonda: una ficción que nos habla de una realidad en primera persona a través de plumas como la de Chrétien de Troyes.

María R. Montes

     
     
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