Una chimenea para un frío invierno

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A. Dvořák, Danzas eslavas, op. 72. B. Bartók, Concierto para piano y orquesta nº 1, Sz. 83. L. Janáček, Sinfonietta. Daniel Barenboim (piano); Simon Rattle (dir.). Orquesta Filarmónica de Berlín. Berliner Philharmonie, 24 de febrero de 2018.

Las Danzas eslavas op. 72 de Dvořák son una especie de fetiche para Sir Simon Rattle: es extraño el concierto de Nochevieja en el que no suene alguno de estos movimientos. En esta ocasión, la ejecución en su totalidad ayudó a crear una atmósfera fría y a la vez acogedora, simulando la típica estampa de una casa perdida en mitad de la nieve, con una gran chimenea central alrededor de la que los habitantes se reúnen para sobrellevar el frío. Destacaron especialmente la conocida segunda danza, Allegretto grazioso, que se convirtió en un alarde de expresividad sin llegar a rozar lo exagerado; y el quinto movimiento, Poco adagio, toda una muestra de vitalidad que acompañó a este pequeño homenaje a Beethoven y Brahms, amigo y modelo de Dvořák (tanto esta suite como la anterior, la op. 46, evocan claros recuerdos a las Danzas húngaras del compositor alemán).

La leña que había comenzado a arder llegó a su punto álgido de emisión de calor justo cuando aparecieron en escena Daniel Barenboim y el Concierto para piano y orquesta nº 1, Sz. 83, de Béla Bartók. Esta pieza fue la primera que el argentino interpretó junto a la Filarmónica de Berlín allá por 1964, hace la friolera de 54 años. Una de las características más resaltables de este concierto es la presencia de elementos que imprimen a la obra un carácter mucho más rítmico que melódico. El piano solista actúa por momentos como un instrumento de percusión, con ritmos a contratiempo y afilados acentos que simulan en ocasiones esos pequeños chasquidos que escuchamos cuando arde la leña. Sin embargo, se echó en falta más presencia de estos golpes de ritmo en determinados puntos, lo que concluyó en una interpretación desigual con fragmentos realmente enérgicos y secciones que, en comparación con las anteriores, sonaron demasiado blandas. El público aplaudió de manera entusiasta a Barenboim cuando acabó la ejecución de la obra, esperando un pequeño regalo del argentino que no llegó.

Quedaba poca leña en la chimenea, pero todavía faltaba una obra más para apagar el fuego. Las últimas llamas (y las más combativas) vinieron representadas por la Sinfonietta de Janáček, obra estrenada apenas un año antes que el concierto de piano de Bartók (1926), pero con un carácter totalmente alejado de la pieza del húngaro. Mucho más arraigada en la música tradicional checa, inspirándose en Dvořák y en el amor por su cultura nativa, la pieza fue dedicada a las fuerzas armadas checoslovacas en un momento de necesidad: la reivindicación nacionalista ante el sometimiento por parte del imperio austrohúngaro. De hecho, originariamente la obra iba a llamarse Sinfonietta militar.

La interpretación de la obra devolvió a nuestros oídos la sensación hogareña que describíamos anteriormente con las Danzas eslavas de Dvořák. Una muy correcta ejecución en la que hay que destacar tanto la fanfarria inicial con la que comienza la pieza como su reexposición en el último movimiento de la sinfonía. En medio, toda una demostración llena de contrastes que viajan desde lo más enérgico del final del tercer movimiento, Moderato (con la utilización del modo frigio que nos aleja un poco de esa chimenea y nos acerca mucho más al calor peninsular), hasta lo más íntimo del comienzo de ese mismo tercer movimiento.

Y llegados a este punto, el fuego de la chimenea se consumió, y la gente que la rodeaba tuvo que retirarse a dormir, al igual que el público berlinés. Sin embargo, quedaron restos de brasas aún calientes trayendo el recuerdo de una velada donde la música de la Europa del este, fría en esta época, fue la protagonista total en el escenario de la Berliner Philharmonie.

 

Daniel Lloret Andreo

Fotografía tomada de: 4.bp.blogspot.com

     
     
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