Sinfonía dramática y drama de Héctor Berlioz Escúchalo en Spotify

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Temporada 2012/2013 Ciclo I – Concierto 4 de Diálogos de la OCNE. Romeo y Julieta de Héctor Berlioz. Orquesta y Coro Nacionales de España; James Conlon, director; Ekaterina Semenchuck, mezzosoprano; Raúl Giménez, tenor; Nicolas Cavallier, bajo; Joan Cavero, director del CNE. 25 de noviembre del 2012, Auditorio Nacional.

Mi pequeña reseña iba en un principio a tratar del gran titán que es Héctor Berlioz tras mi asistencia a un concierto sobre su obra Romeo y Julieta. Pero como ya sabrán, el mes de diciembre es agitación pura por la llegada de la Navidad, ¡hasta los termómetros de mercurio han estado revueltos!, y la premura de los carteros que tanto han de repartir por estas fechas, incluida esta humilde carta, provocó que encerrarme con sus partituras, escritos y música fuera un sueño fallido. No obstante, os escribo para hacer énfasis en su figura y su obra.

Creo, y esta es una opinión nacida a raíz de la escucha del pasado concierto, que el espíritu de este músico se precipita al olvido. ¡Sí, lo creo, de un modo harto afirmativo! ¿Por qué...? Ahora verán:

¡Berlioz, gran romántico entre los románticos! Apasionado sin límites, de sensibilidad ardiente; espíritu desbocado, extremo y sufriente… ¡Berlioz! ¿No es tú música arrebato, frenesí, delirio y dolor humano? Conmover y mover el alma. Así la pensaste y así la escribiste; así la estudiaste y así la viviste; así la entendiste y la transmitiste. ¿Y ahora?, ¿qué se hace de tu legado ahora? ¡ultraje! ¡ultraje! ¡ultraje!

Siento si llego al extremo con esta carta, pero de extremos tratamos, entiéndame…

Era una fría y soleada mañana de domingo. Llegué a las puertas del auditorio, quizá de manera un tanto precipitada, pero cierta ansiedad por escuchar la obra me carcomía. Esperé la llegada de un amigo y juntos entramos al tan esperado concierto. La sala sinfónica desbordaba público, ¿estarían ellos igual de impacientes?; y los músicos ¿cómo se sentirían ellos? Nos acomodamos en dos muy buenas butacas desde donde la escucha de la orquesta debía ser fabulosa; se hizo el silencio y después la música. ¡Oh Berlioz!, pero ¿qué música? Sí, el tempo bien medido, cada nota de la partitura bien ejecutada, buena afinación, crescendos y diminuendos correctos, legatos, pizzicatos, vocalizaciones,… todo lo escrito se nos comunicó pulcramente. Más los amantes, ¿dónde quedaron? ¿Dónde quedó la trama y el espíritu? ¿La comprensión? Un ir y venir de notas volaba a discreción por toda la sala, pero ¡sin dirección ni sentido! Y eso, ¿de qué nos sirve si la esencia no afloró? Frialdad impasible cual si juego de autómatas se tratase. Yo, no entendí nada, aunque eso sí: con seguridad viví la tragedia de Romeo y Julieta, pues tipos de tragedias, como ya sabrán, hay más de uno.

Todo esto que describo, es bajo el ojo de mi percepción. Se lo narro tal y como lo viví. Pero es cierto que pude agarrarme a dulces momentos de música, aunque estos no fuesen muchos. En la primera parte, la voz de la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk, entremezclada suavemente con el arpa, produjo un efecto enternecedor de cálido encanto. En la segunda, el Scherzo de la reina Mab trajo consigo la magia juguetona y a veces misteriosa de esta pequeña hada. Por otro lado, quisiera mencionar la interpretación del tenor Raúl Giménez y del bajo Nicolas Cavallier; ambos con dos estilos muy diferentes según las exigencias de su papel, cantaron con aquello que Berlioz llamaba “asomo de alma”. Como ven, para mí fueron momentos muy puntuales. Pero yo les animo a que cojan la obra, escuchen y estudien una versión enemiga de la tibieza, y descubran los tesoros de inspiración y pasión que en ella aguardan. Les animo con encarecido fervor a que no dejen que el espíritu del romántico de los románticos caiga en esa oscuridad que es el olvido.

Mª Cristina Ávila Martín

Fotografía: Retrato de Émile Signol, 1832.

     
     
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