Caricias románticas de Pierre Delignies

La melancolía decimonónica vuelve a la vida

IAN BOSTRIDGE O LA MELANCHOLIA
El (acrítico) Criticón

Pablo Tejedor Gutiérrez

"ME LLAMO MÁXIMO..."
Maxim Vengerov y la Polish C. Orchestra

Daniel Muñoz de Julián

GOODBYE 2013
Dos historias con aliento

Mª Cristina Ávila Martín

Ciclo de Piano Místico (Festival Arte Sacro 2017). F. Chopin, Nocturno nº 1 op. 15; Preludios nº 23 y 24 op. 28; Balada nº 2 op.; F. Liszt Après une lecture de Dante, selección de Preludios y Estudios op. 23, 32, 33 y 39 de Rajmáninov, selección de piezas op. 8, 11, 32, 57, 73. Pierre Delignies (piano). Teatros del Canal, 19 de marzo de 2017.

Los polifacéticos Teatros del Canal de Madrid nos tienen acostumbrados a una exquisita selección de conciertos musicales intercalados con otros eventos de diversa índole, y una vez más acoge a parte de los músicos que participan en el XXVII Festival Internacional de Arte Sacro. Uno de los que conforman el Ciclo de Piano Místico es Pierre Delignies, que nos ha deleitado con un programa al que sólo un virtuoso se atrevería a enfrentarse.

Lo primero que sorprende es la apuesta de la organización en la elección del lugar para llevar a cabo la actuación: la pequeña Sala Negra, con capacidad para 180 espectadores y asientos no numerados. El intérprete no se encontraba elevado en un escenario o alejado del espectador, sino que estaba a apenas dos metros de la primera fila. Posiblemente haya sido una elección deliberada muy afín a la temática del concierto, que nos permitía observar los gestos del pianista, seguir sus manos reflejadas en el majestuoso Steinway que brillaba en el centro de la sala y transmitirle al final de cada pieza nuestra conmoción con ligeros suspiros.

El joven santanderino, que a sus 27 años puede enorgullecerse de haber recibido diversos premios como la Matrícula Honorífica de piano en la Escuela Superior de Música Reina Sofía (a la que entró tras ser becado por la fundación Botín y la fundación Albéniz) y haber tocado en las ciudades más importantes de España y otras tantas extranjeras como París o Haarlem, se mostró plenamente humilde al presentarse ante el público. Sus manos temblaron mientras interpretaba a Chopin, como si aún no se creyera estar reviviendo con elegante destreza al maestro polaco. Su interpretación fue suave, etérea; las teclas del piano parecían la trémula superficie de un lago que se mecía al ritmo de los adornos románticos. Aún se mostraba nervioso cuando tomaba aire para enfrentarse a la filosófica lectura que Liszt realizó de la Divina comedia, pero tanto sus violentos recorridos octavados por el registro grave del piano como su celestial paso por el Paraíso fueron ejecutados de manera hermosa, con el cariño con el que el genio húngaro hubiera pasado las páginas de la obra cumbre de Dante.

Es cierto que los nervios le provocaron algún pequeño desliz en la pulsación de alguna tecla, a la que por error acompañaba con su vecina. ¿Pero acaso el intérprete ideal es el que no se equivoca? Hay que asumir que la perfección en la ejecución no es un valor que haya que exigir a la música por encima de cualquier otro, o cualquier día nos encontraremos asistiendo a recitales de robots da Vinci. ¿Qué hay de la atmósfera, de la calidad de cada nota, de la perfecta sucesión de acordes o hasta de la propia elección del repertorio? A menudo encontramos sentencias dictatoriales frente al mínimo detalle que sólo el presuntuoso crítico es capaz de crucificar en su redacción. No va a ser este el caso. Los escasos momentos anecdóticos en los que una nota se coló en el momento que no le correspondía no ponen en tela de juicio la maravillosa actuación del pianista que se recreó en su repertorio durante más de una hora.

De cualquier modo, tras el breve descanso nos encontramos a un Pierre Delignies mucho más seguro que se disponía a darle vida a la segunda parte del concierto, dominada por Rajmáninov y Scriabin y cuyas piezas forman parte de su álbum debut, Shades of Melancholy, que presentaba este domingo. Nos explicó el valor del sentimiento de melancolía que bautiza su disco y dominó las siguientes interpretaciones, piezas en las que el Rajmáninov más afligido, exiliado en la cosmopolita Nueva York, puso toda su añoranza por su Rusia natal, y al que nuestro pianista pudo encarnar sin, aparentemente, ninguna dificultad.

A la impecable interpretación del compositor ruso le siguió la recta final del concierto con siete piezas de Scriabin que, tras la aplastante calidad de las piezas anteriores, no lograron destacar de la misma manera, lo que no significa que al finalizar no fuese largamente ovacionado por todos los que llenamos el pequeño espacio que albergó tanta belleza mientras los martillos golpeaban las cuerdas del piano. De hecho, tantos fueron los aplausos que el pianista volvió para consolarnos con dos breves piezas de Mompou, al que calificó como “el Scriabin español”. Pero de poco sirvió el consuelo; de nuevo nos dejó con la miel en los labios y, esta vez definitivamente, el joven Delignies desapareció tras bastidores. Lo que sí quedó durante mucho tiempo, flotando en la sala y cristalizado en nuestros corazones, fue el sentimiento que llevó a los compositores centroeuropeos a sentarse frente a sus pianos y, posiblemente con alguna lágrima huidiza, escribir estas obras inmortales de la música: la melancolía.

Gonzalo Hormigo Fraire

Fotografía: www.madrid.org.

     
     
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