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Daft Punk. Random Access Memories. Columbia Records, 2013.

¿Se puede alcanzar el número uno en las listas de ventas de media Europa con un trabajo conceptual de funk setentero pasado por la “cocina electrónica”? Si te disfrazas de pretencioso robot y traes contigo un arsenal de potentes hits dispuestos a arrasar en cualquier fiesta, la respuesta es sí, sin duda. Y en el estado español tiene doble mérito, porque aquí parece que cuesta que alguien que se aleje de las sonoridades convencionales, que presente una obra que plantee cuestiones y  que sea capaz de pasar por encima de la horterada lacrimosa de Cali y El Dandee, vencer al anodino y previsible talento de radiofórmula de Pablo Alborán y superar al rey catalán del monótono neo-reggaetón –rebautizado como “electro latino”– Juan Magán.

Quizás la enorme operación de marketing asociada al lanzamiento, junto al revuelo que se ha organizado en torno a las falsas versiones que se han ido filtrando durante las semanas previas a la salida al mercado de Random Access Memories, ha contribuido al éxito comercial de la nueva entrega de Daft Punk. No obstante, se cometería una grave injusticia si no se considerara crucial el trabajo de Pharrel Williams como colaborador poniendo voz a “Get Lucky” y “Lose Yourself to Dance”, los dos cortes llamados a suceder en el trono al omnipotente –y omnipresente en las veladas de los cinco continentes– “One More Time” de 2001. En el fondo, estos singles apoteósicos que triunfan allí donde los pinchan y cierran sesiones maratonianas nos recuerdan por qué a estos músicos anónimos se les reconoce como los verdaderos artífices del acercamiento de la música electrónica a la cultura de masas.

Pero aparte de un par de homenajes con gancho a la música de formaciones como Chic, Funkadelic, Kool and the Gang o del incombustible James Brown que ya hicieron otros grupos en los últimos años, ¿se esconde algo más detrás del informático título? ¡Qué duda cabe! Daft Punk, como si fuéramos “Memorias de Acceso Aleatorio” RAM, nos remiten a nuestro pasado más cercano y vivo mediante letras que reflejan cómo crecemos y cambiamos en cortos intervalos de tiempo. Dicho de otro modo, nos obligan –y obligan a más de un colaborador– a utilizar esa memoria a corto plazo, la que nos permite almacenar los sucesos inmediatos, para recordarnos la delgada línea que separa el presente del pasado y del futuro.

Por eso, musicalmente no se debe cometer el error de hablar de un disco perfecto para que la bola de espejos gire. Ciertamente, nos traen rasgos sonoros de un pretérito –perfecto compuesto, reciente–, sin embargo, éstos son aplicados a una mezcla adaptada al presente, de aquellas que llevan el sello genuino e inconfundible del dúo francés y elaboran una más que interesante propuesta de futuro hacia una música electrónica, bailable o no, con mayor protagonismo de rasgueados de guitarra, voces masculinas en falsete a lo “Bee Gees” y bajos incesantes trazando líneas recargadas.

De todas maneras, los mejores minutos de los casi setenta que dura el álbum se los llevan esos fragmentos minoritarios en los que el sintetizador es el amo y señor de los cortes, en los que la música parece entrar en bucle, en un callejón de difícil salida, y, sin saber cómo, uno se deja llevar por la magia y la maestría de esta pareja de genios hasta quedar absorto, pasmado ante tanta belleza sampleada. Sucede con la tercera pista, “Giorgio by Moroder”, en la que el famoso productor Giorgio Moroder relata sus comienzos en el mundo musical y algunas de sus primeras experiencias sonoras. Un fragmento autobiográfico insertado sobre un riff sintetizado, brillante, que favorece la sensación de movimiento. Y vuelve a ocurrir en el cierre del disco, “Contact”, preciosista, de bella factura, en el que la batería se erige como líder improvisando ante la melodía incesante del órgano y las notas largas de las guitarras distorsionadas. Tremendo final.

A estas alturas, advertimos que el movimiento siempre aparece de alguna manera en cada tema. Algo que, por otra parte, parece nadar a contracorriente de la moda. La traslación en el tiempo frente a la traslación en el espacio. Ante la tendencia imperante de realizar un recorrido espacial en busca de los lazos sonoros interculturales, la fusión de ritmos y timbres procedentes de regiones diversas y la exploración de armonías que difieren del canon occidental –aquel cajón de sastre que hoy conocemos con la etiqueta “mestizaje”– Daft Punk proponen un recorrido temporal, rompedor, diseñan una línea cronológica y mandan un mensaje claro y conciso: las viejas glorias nunca vuelven como tales, pero sí se pueden actualizar y presentar como propuestas futuribles. Así, nacen auténticas joyas que no deberían pasar desapercibidas, como es el caso de “Touch”, donde interviene el productor Todd Edwards, o la aportación del miembro fundador de Animal Collective, Panda Bear, “Doin’ it Right”.

Por supuesto, no es oro todo lo que reluce. Hay canciones que no funcionan. “The Game of Love” y “Within” acabarán por desesperar a más de uno. Además, el exceso de colaboradores y, sobre todo, la heterogeneidad a la hora de seleccionarlos distorsionan, desdibujan y amenazan la uniformidad del LP. En cierta manera, la solidez del trabajo se tambalea con tanta aportación externa. También se plantean dudas acerca del abuso de los elementos arquitectónicos que conforman el “sonido Daft Punk”. Uno de ellos sería el procesamiento y la filtración de la voz humana con los sintetizadores Vocoder. El cantante de The Strokes, Julien Casablancas, sufre las consecuencias del paso por la mesa robótica enInstant Crush”, un tema que nos recordaría que las relaciones personales nunca permanecen estáticas, sino que fluctúan más de lo que nunca llegaríamos a pensar y lo hacen en milésimas de segundo. Lo expreso en condicional porque el deficiente trabajo en el tratamiento de la voz arruina las posibilidades de entender el estribillo y media estrofa.

Pese a las irregularidades que afloran en las primeras pistas y que se reducen a medida que pasan los minutos, una vez más Daft Punk logra contentar a una gran mayoría. A aquellos que bucean en Random Access Memories para dar con la canción del año y, a la vez, a los defensores de los cortes de una duración mayor y detrás de los cuales se refleja la filosofía y la esencia del grupo. Cambian las máscaras, la legión de robots aumenta en edad y, con toda seguridad, en cantidad, lo que no varía es la capacidad de estos ciborgs atemporales para dejar perplejos a público y crítica a partes iguales. Definitivamente, todo, absolutamente todo, no se mueve.

Àlex Fernández Cardenete

     
     
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