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Andrea Chénier, Umberto Giordano. Royal Opera House retransmitida en directo a través de los cines Cinesa. Jonas Kaufmann, Eva Maria Westbroek, Željko Lučić, Denyce Graves, Elena Zilio, Rosalind Plowright, […]. Director de escena: David McVicar. Dirección musical: Antonio Pappano. Orquesta y Coro de la Royal Opera House del Covent Garden de Londres. Jueves, 29 de enero de 2015.

Suprema. Sencillamente genial. Posiblemente haya un antes y un después en la historia de las representaciones de esta ópera del año 1896. Somos bastante fetichistas los que mantenemos grabada a fuego en la memoria la versión que hace la Callas del aria de Maddalena, “La mamma morta”, cincuenta y nueve años más tarde del estreno de Andrea Chénier en la Scala de Milán. También los que pensamos en Plácido Domingo interpretando el papel protagonista con una sensibilidad difícil de superar durante los años ochenta. Precisamente son treinta los años que esta ópera llevaba sin representarse en la Royal Opera House desde esta última producción. Ahora llega, en un tiempo encuadrado por un reciente ataque terrorista a la libertad de expresión del que se ha hecho eco en la prensa; entre otras atrocidades no tan renombradas y en el que no hay periodistas apasionados como Chénier que clamen entre el silencio aristocrático; y entre un nuevo ciclo para Grecia, anunciado en los medios de un modo tan dirigido como descarado. Para más inri, la ROH lo remarca a través de la frase de Robespierre sobre la bandera francesa en su telón de boca: “Incluso Platón desterró a poetas en su República”.

Jonas no lo tenía fácil. Encarnar a un personaje con vital dualidad entre lo apasionado y patriótico de su ser ideológico, y lo melancólico y sensible hacia su Maddalena di Coigny no era cosa baladí. La lucha entre Florestán y Eusebius –marcadas personalidades de Schumann que parecen integrarse perfectamente en el temperamento de Chénier– se refleja claramente en la música de Giordano, y la recalcó el tenor a través de su voz. Si bien su interpretación fue sobreactuada por momentos –algo que a la prensa internacional le cuesta reconocer en ocasiones, limitándose a divinizar su talante y su capacidad de llenar teatros– las cualidades vocales solventaron gratamente la expresividad del personaje. Brilló durante el dúo con Maddalena del segundo acto –cuya música tiene algunos guiños al Liebesnacht del Tristán– o en el aria del cuarto acto, “Come un bel dí di maggio”, mostrando sus dotes a través de los contrastes dinámicos, el impulso y la potencia que emana su columna de aire partiendo desde el grave, y los elegantes mordentes y florituras.

Ensombrecida por la luz del tenor, la soprano Eva-Maria Westbroek jugó su papel correctamente: desde la niña mimada de rancio abolengo hasta la humilde amante, despojada de todos sus beneficios y sin familia. No obstante, los que la admiramos por la brutal interpretación en Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakóvich (Teatro Real, diciembre de 2011), travestida de femme fatale, sabemos que el estilo italiano no es lo suyo. Defendió el famoso aria y el dúo final “Viva la morte insieme” con lirismo y potencia, pero no bordó la interpretación (tanto a nivel musical como teatral). Sorprendió en todos los sentidos Željko Lučić (Gérard) y Elena Zilio (Madelon); aquél con una interpretación arrebatadora durante “Nemico della patria” y ésta provocando más de una lágrima durante “Son la vecchia Madelon”. El timbre oscuro y la potencia combinados con la mejor expresividad gestual de la sesión colocaron al barítono entre los más aclamados por el público.

Los colores de la partitura de Giordano inundaron la paleta de Pappano, que hizo un gran trabajo con la orquesta de la casa. Brindando tonos galantes de los antiguos bailes franceses dieciochescos para representar al alto linaje y contrastando con las líneas melódicas líricas italianas cuando interviene la servidumbre –insertando a la vez más de una canción revolucionaria– se hace presente la amplia gama de recursos del compositor para crear el ambiente de la Revolución a través de la música. Todo ello se vuelve aún más verista cuando la escenografía y vestuario están plenamente sometidos al más riguroso historicismo –a excepción de exageradas minifaldas cortesanas–. Esa puesta en escena minuciosa y detallista, tan bien pensada por McVicar y el resto de su equipo, se complementa perfectamente con la posibilidad de ver los primeros planos en el cine.

Supongo que aumenta sobremanera el refinamiento y el gasto en atrezzo el hecho de que sea grabado y retransmitido en directo en salas de toda Europa, y pueda ser visto a escasos metros a través del zoom de una cámara. Si está directamente relacionado, chapó por la apuesta cinematográfica. Y para aquellos que aún no hayan visto las lindezas y beldades de esta producción, no se preocupen: Kaufmann estará al acecho de más de un sello discográfico.

María Elena Cuenca Rodríguez

Imágenes de la ROH: http://www.roh.org.uk/productions/andrea-chenier-by-david-mcvicar.

     
     
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