Traer Giselle a la vida

Cinesa emite el clásico ballet en directo desde la Royal Ballet House de Londres

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Giselle. Adolphe Adam (compositor) y Joseph Horovitz (revisión), Jules Henry Vernoy y Theóphile Gautier (libreto), Marius Petipa (coreógrafo tras Jean Corall y Jules Perrot), John McFarlane (escenografía), David Finn (iluminación). Marianela Núñez (Giselle), Vadim Muntagirov [Albrecht/Loys], Bennet Gartside [Hilarion], Elizabeth McGorian (Berthe, madre de Giselle), Itziar Mendizabal (Myrtha, reina de las Willis), Barry Wordsworth (director musical invitado). Orquesta de la Royal Opera House. Londres, Royal Opera House en directo en cines españoles Cinesa. 6 de abril de 2016, 19:30h.

“El hombre siempre soñó, siempre fue más allá de la realidad”. Así describe el escritor romántico francés Victor Hugo los tres aspectos del poeta: humanidad, naturaleza y lo sobrenatural. Ballet romántico en dos actos y entretenimiento poético del siglo XIXa un tiempo, Giselle nos presenta en su historia estas tres facetas. Escrita por el poeta y periodista Théophile Gautier, bohemio y asceta, está inspirada en el libro de Heinrich Heine Sobre Alemania. Atrapado por la descripción de la niebla suavizada a la luz de la luna, y “las Willis coloreadas de nieve bailando valses sin piedad”, Gautier, con la asistencia del dramaturgo Vernoy de Saint-Georges, vislumbró un escenario que sería llevado a la danza por los coreógrafos Jean Coralli y Jules Perrot.

Cuando Giselle, una gentil y joven campesina, se enamora de Loys, un sencillo aldeano, su madre sospecha instintivamente. Deseando convencer a su hija de casarse con el extranjero Hilarion, la advierte sobre Loys e invoca la leyenda de las Willis, fantasmas de despechadas jóvenes que murieron antes del día de su boda. ¿Seguirá Giselle el consejo de su madre?

La coreografía para el papel de Giselle, ideada por Jules Perrot –marido de la prima ballerina Carlotta Grisi que estrenaría el ballet­– eleva la importancia del rol femenino sobre el masculino, mostrando en el Acto II su excelencia a través de una danza ligera y etérea nunca vista. Han sido muchas las bailarinas que han ostentado el papel principal bajo la supervisión de Peter Wright, que dirige este ballet por decimoquinta vez. La argentina Marianela Núñez ha llevado a cabo la difícil tarea, un reto técnico e interpretativo. En el primer acto, Marianela destaca por su calor humano, alegría e inocencia. Su peinado con raya al medio de niña buena no hace sino destacar su expresividad: amor, desengaño, locura y desesperanza irán poseyendo a esta bailarina, embargándola con los más duros sentimientos y transformando su movimiento en algo más grande que ella misma.

Ver a Giselle sentada en un banco, de puntas y falda de tul, mientras sonrojada ve acercarse a su enamorado es un instante precioso en el imaginario colectivo, y en el que, como cuento centenario, el príncipe es indispensable. El galante Vadim Muntagirov, de elegante capa y ceñidas mallas de bailarín, es el compañero ideal de la bella, apuesto y enamorado. Sus imponentes changement de pieds batidos no dejan indiferente al público más varonil, al principio reacio a estos saltos andróginos para finalmente admitir la precisión técnica y agilidad sobrecogedora que requieren de este bailarín.

De la madre de Giselle, Berthe, destaca el dominio de la situación, ya que, desconfiando de Albert y queriendo lo mejor para su hija, cuenta con habilidad gestual e interpretativa la historia de las Willis, impactando a los campesinos con historias de miedo sobre novias difuntas que hacen bailar hasta la muerte a todo incauto que atraviese de noche sus bosques como venganza.

Este ballet romántico exige una gran capacidad técnica. Son especialmente virtuosos los pas de deux, la entrada de Myrtha, reina de las Willis y el asombroso nivel de coordinación y resistencia de la compañía de ballet, en el papel de aldeanos y en los divertissements de las Willis, en escena durante todo el segundo acto. Para Peter Wright el papel de estas últimas “es matador, lleno de saltos entre los que destacan los famosos arabesque atravesando el escenario sobre una pierna ¡algunas hasta cuatro veces!”, alargando más si cabe las líneas desde la punta de los dedos de la mano a la del pie por todo el escenario.

Cuando Giselle fue interpretado por primera vez en la Ópera de París en 1841 fue anunciado como ballet-pantomima. Es un tipo de teatro que surge en el siglo XVIII, también conocido como “ballet d’action”. Lo que distingue a esta pantomima de otras formas dramáticas es el énfasis en los cuerpos, gestos, y expresiones faciales de los actores para contar una historia. El proceso de preparación incluye un verdadero estudio de mímica, interiorizando hasta el gesto de un pulgar, para después olvidarlo y centrarse en el sentimiento, que permite que las emociones guíen los pasos y los gestos, transformando a estos bailarines en expresividad pura. Como dice Wright, “lo que la audiencia entenderá es el sentimiento que hay detrás. La expresión cuenta la historia más que los gestos en sí”.

La escenografía ha cambiado hace tres años: John MacFarlane ha aumentado el tamaño de la cabaña de Giselle, que ahora parece habitable y se funde con los árboles que la rodean. Para Peter Wright “el escenario tenía demasiados árboles y daba la sensación de ser restrictivo, y John lo arregló”. También rehízo el Acto II, eliminando un árbol caído en la parte de atrás que restaba profundidad al escenario: “volviendo a teñir las telas, logra una sensación abismal al adentrarse en el bosque”.

Del primer acto hay que alabar el vestuario de tonos campestres y terrosos “más ásperos y terrestres que de costumbre”. Hay un gran contraste entre éste y el vestuario de las etéreas Willis en el segundo acto: dos alitas rígidas y embarazosas que le juegan una mala pasada a la reina de las Willis al enredarse con sus tules, quitándole solemnidad a su correcta ejecución técnica.

Adolphe Adam escribe la música de Giselle en menos de un mes, con un resultado evocador. Junto a La Syphide es el ballet más antiguo en cartel, con una estructura de leitmotivs donde los caracteres individuales y los temas son representados por frases musicales recurrentes. En palabras del director invitado, Barry Wordsworth, es un gran reto de cooperación entre el escenario y músicos. La orquesta de la Royal tiene una cualidad, y es su gran capacidad de reacción ante la difícil sincronización con los ágiles saltos de los bailarines. Solos como el de trompa, el dúo de violín y oboe leitmotiv de Giselle en el segundo acto, o el del violonchelo ponen diálogos profundos a estos maestros del movimiento. Según el director de orquesta, tanto la coreografía como la música “cambian más que cualquier otra pieza que conozco” en función del reparto. El gran reto es moldear la música en torno a la interpretación de los bailarines, buscando “introducirse en lo que sienten sobre la obra y traerlo a la vida para el público”.

La Royal Opera House conoce su necesidad de promocionarse. Para este ballet escoge al presentador Ore Oduba, de cuidadas maneras y presto al halago, quien introduce entrevistas y vídeos sobre realización tanto al comienzo como entre actos. Es discutible la publicidad de cartelera de Frankenstein, entre el primer y segundo acto, ya que interrumpe la línea argumental.

Entre el público madrileño, más joven que el melómano clásico, hay alrededor de 60 personas solo en una de las salas de cine. En él destaca una profesora de ballet con sus 15 jóvenes alumnas, que atienden muy rectas en las butacas, extasiadas ante las telas, los bailarines y la calidad de la actuación, que según una de ellas “es mucho mejor que la del Ballet de la Ópera de París”. No faltan las adorables abuelitas que acuden religiosamente a estos encuentros con sus amigas ni el público más exigente, que se cultiva en todas las artes y aprovecha los descansos para leer. Pero es a las parejas de todas las edades prestas a volver a enamorarse a quienes la Royal parece dirigirse especialmente. Como dice el propio Vadim Muntagirov sobre Giselle: “es perfecto para ver con tu novio o novia porque demuestra que siempre debes apreciar a quien amas ¡y tratarlo bien!”.

 

Camila Fernández es Cocó Mindele

 

     
     
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