Él, Claudio

Claudio Abbado y la Orquesta Mozart de Bolonia en Madrid

VIENA
Y punto

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LO REAL Y LO VIRTUAL
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Daniel Muñoz de Julián

Ciclo Ibermúsica. Orquesta Mozart de Bolonia. Director: Claudio Abbado. Oboe solista: Lucas Macías Navarro. Obras de Haydn, Mozart y Beethoven. Ibermúsica, 24 de marzo.

Abbado se vende caro, en taquilla y en el escenario. El ciclo de Ibermúsica, con precios siempre más zaristas que bolcheviques, pero con una temporada en nombres que, como ya se ha dicho, es difícil que en estos momentos sea superada por cualquier ciclo del mundo, invitaba al maestro milanés al que, desde su bajada a los infiernos, se le recibe como en permanente resucitación, con la sensación perpetua en sus apariciones de que podría ser la última vez. Que él nos perdone, pero cuando se asiste a sus conciertos, no se puede evitar la burda intuición de que su coqueteo con la muerte va a deparar una noche en la que la música va a interpretarse precisamente como si no hubiera un mañana, como el único modo posible de arrebatarnos a nosotros mismos de las fauces de lo que antes o después se nos llevará. Y en cierta medida el concierto responde a esas expectativas. Desde su Mahler de Lucerna, Abbado está dejando perla a perla el recuerdo de unos conciertos inolvidables y exquisitos que pesarán en el haber de su balanza tanto como toda su época berlinesa, vienesa o lombarda juntas.

Si decimos que se vende caro en el escenario es porque el gran Abbado tuvo a bien aparecer en su verdadero esplendor en las propinas. Hasta que eso llegó, escuchamos una Leonora II en la que todo se puso en claro. Las señas de Claudio estaban ya ahí: una mano izquierda que abarca todo el horizonte, y un sentido de los planos y la nitidez al que nadie se le puede acercar. Le ayudó en todo ello una orquesta joven en la que brillan especialmente sus cuerdas, tersas, sobrias y bellas como una alta dama parmesana.

Ese tributo que Abbado rinde a la juventud en esta orquesta que él ha modelado tuvo la culpa de uno de los momentos más arriesgados de la noche. Terminada la Leonora, saltó al escenario Alfonso Aijón. Cuando esperábamos oír hablar de una indisposición, intoxicación de gambas, o de un Opel Corsa que molestaba en la puerta –que su dueño tenga la amabilidad–, Aijón nos dijo que el maestro le había pedido algo que, de puro generoso, no podía negársele. Clamor y vocerío antes de que se supiera de qué se trataba dejaron atónito a Aijón que volvió a repetir exactamente las mismas palabras, concluyéndolas al decir que Abbado quería cederle la batuta a su asistente, el español Gustavo Gimeno (al que conocemos de la percusión de la orquesta del Concertgebouw), para dirigir toda la sinfonía concertante de Haydn. Gesto noble, maravilloso, una oportunidad de las que cimentan una carrera para siempre, pero que una parte del auditorio (a la que hay que dar cierta razón) no entendió. Se había pagado mucho para Abbado, y toda una sinfonía pareció a algunos realmente una generosidad extralimitada. Pese a ello, arreciaron los aplausos, y Gimeno dirigió con oficio y suponemos que gran presión a cuatro solistas de los cuales dos fueron magníficos y otros dos le salieron rana y renacuajo. Cello y violín rozaron lo intolerable. Fue sangrante caso del violín de Grigory Ahss, concertino de la orquesta, del que el programa sostiene que tocó un Stradivarius, que esa noche sonó a cualquier cosa (desde luego, no a Haydn), y esa cosa, muy baja. Apareció ya el oboe del español Pedro Macías (solista también del Concertgebouw), que al igual que ocurrió luego en la Sinfonía 33 de Mozart, hizo gala de un talento casi insolente. Se puede decir sin empacho que el trío que forma con la flautista Chiara Tonelli y la asombrosa clarinetista Maria Francesca Latella es lo mejor de esta orquesta. Y llegaron las propinas, que según contaban los viejos del lugar ya fueron tocadas por Abbado en Madrid en 1980. Se trató de un par de fragmentos de la música de escena para Rosamunda, princesa de Chipre. El primero de ellos, en particular, el andantino a modo de intermezzo posterior al tercer acto tuvo un acorde inicial que dejó el auditorio en un silencio como los cronistas no recordaban. Pianissimi, lentitud y absoluta destreza. La orquesta y Abbado eran una sola palpitación, y con ellos el público. Y por encima de todo, Schubert encantado allí donde se encontrase.

Daniel Muñoz de Julián

Imagen: http://flvargasmachuca.blogspot.com.es/2012/12/diferencias-entre-abbado-y-muti.html.

     
     
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