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Silvia Pérez Cruz canta Sola en el Auditorio Nacional

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Andrea P. Envid

CNDM. Ciclo Fronteras. Silvia Pérez Cruz, Sola, voz y guitarra, con la colaboración de Jorge Drexler (voz y guitarra), Pepe Habichuela (guitarra), y Javier Colina (contrabajo). Sala de Cámara, Auditorio Nacional. Sábado 8 de abril de 2017.

Cuando la escuchas cantar, te agarra el corazón y ya no te lo suelta. Su música nace de los pies descalzos, un foco de luz que la ilumina desde dentro. Toda la sala pendiente de cada gesto, de cada golpe en la silla o en el muslo. La soledad le sienta bien, ese camino voluntario que no hay que confundir con el aislamiento, y que ella misma reconoce que es relativa.

Cuenta que en Central Park, sin público y empapada, gritando al gallo que llora, su expresividad fue apagada por la risa de algún insensible. “Después de eso, ya sólo quedaba ir para arriba”, dice riendo, y la vemos renacer. Sola, iluminando el escenario con su vestido de flores, se presenta sin un músico que la arrope. Imagina para su público un mundo mejor, sin desahucios, cuyas mujeres se quieren a sí mismas, y conocen bien el lugar en el que viven. Viene dispuesta a llevarse con ella a todo el auditorio, pendientes de su hilo de voz.

Y en un giro de tobillo, otra Silvia. Una que quiere, que abraza, que incluye, una que deja atrás el miedo a llamar a la puerta. Ha invitado a los artistas Javier Colinas, Pepe Habichuela, y Jorge Drexler a actuar con ella. Tres músicos que nos hacen sentir que formamos parte de la historia, chiquititos en nuestros asientos por no creer que de verdad estuvieran allí. Tres que Silvia tilda de Palabras Mayores, haciendo con ella música de otra clase, una que no sale en los diccionarios. No importa su procedencia, con ella la música siempre llena. Como la luna llena, la adorna, la canta, la acuna, se deja impregnar de su esencia y luego la suelta, delicada como una amapola de primavera.

Junto a Javier Colina, se deja llevar. Paloma abriendo las alas, da a luz el tango que mata las penas, pura ternura, imaginación frágil, destilando canturreos y ritmos suaves como las olas del mar. Al contrabajo, Javier Colina –fiera del swing– desmiga cada frase en un sutil canto a la vida, que Silvia eleva a un arte fuera del tiempo.

Y entonces, para sí, recuerda a su madre peinándola con la ternura de quien sabe querer y quererse. Y se toma el tiempo de arreglarte, con la ilusión de salir contigo de la mano. El público despierta, sintiéndose afortunado de haberla conocido, transformado por su presencia, en un trance en el que todos caben, y da las gracias en voz alta.

 

Camila Fernández Gutiérrez

Fotografía: CNDMl

     
     
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