La indiferencia de la perfección

Cécile McLorin Salvant en el Ciclo Jazz del CNDM

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CNDM. Ciclo Jazz. Cécile McLorin Salvant. Cécile McLorin Salvant (voz), Aaron Diehl (piano), Paul Sikivie (bajo) y Lawrence Leathers (batería). Auditorio Nacional de Música, Sala de Cámara, 20 de noviembre de 2015.

Últimamente se reivindica y se habla mucho de regeneración, y con razón, en relación al ámbito económico, político o social. Podríamos incluir en el listado, por qué no, a la música en general y, más concretamente, al jazzvocal. Tanto si nos referimos a voces masculinas como femeninas –si bien estas últimas poseen el verdadero dominio del género–, se observa que desde hace décadas las fórmulas, formatos y propuestas se repiten una y otra vez. Por mucho que sus ingredientes sean de primera calidad, es un hecho probado, y que hay que aceptar, que encontrarse con proyectos arriesgados es bastante excepcional hoy día. Es cierto que a la música de Cécile McLorin Salvant, segunda invitada del Ciclo Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), cuesta encontrarle grietas; compartimos que su voz es auténtica y diferente –o que de hacer un acopio de lo ordinario resulta extraordinaria–; e incluso podríamos lanzar como titular que hace apenas veintiséis años “la voz se hizo carne” en Miami. Cuestión distinta es el interés de su música: un nuevo (o seminuevo) continente para un contenido que sigue siendo el habitual.

Resulta imprescindible, por tanto, que empecemos destacando la elegancia, el dominio y la presencia que Cécile Mclorin exhibió el pasado viernes 20 de noviembre en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música. La joven, de trayectoria reconocida internacionalmente y curtida con bastante solvencia en el repertorio clásico del jazz,visitó Madrid acompañada por un trío más que correcto con motivo de la reciente publicación de su tercer álbum, For One to Love(Sheer Sound, 2015). Las canciones de su último trabajo formaron el grueso del concierto, pero no únicamente: durante casi dos horas de música el cuarteto desgranó un repertorio con alguna composición original pero plagado de standards,versiones y reinterpretaciones de grandes clásicos adaptados y rehechos para el lucimiento de la cantante. Historias de desencanto amoroso, de despecho o de escepticismo vital con textos que poetizan las miserias humanas y melodías de Cole Porter, Kurt Weill, Bernstein o Bessie Smith compusieron el repertorio de una comparecencia en que la poesía y el mensaje de los versos interpretados se mostraron mucho más incendiarios que la forma en que fueron escenificados. Una vez más, la fórmula de siempre, una fórmula que puede funcionar, si se quiere, hasta el infinito y que grosso modo podría decirse que consiste en la exhibición de un portentoso instrumento vocal al que no han de molestar los acompañantes. Y sí, Cécile McLorin puede con ello porque posee un control absoluto de su talento innato en el registro agudo, en los graves, en recursos técnicos; porque domina la escena y no anda corta de vis cómica. De hecho puede soportar estoicamente, e incluso sin perder el equilibrio, cualquier tipo de comparación con Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Bessie Smith, cuyos roles, que ha estudiado en profundidad, adopta en función del momento.

Después de la típica y tópica pero formidable versión de “Alfonsina y el mar” –melodía que parece casi una condición impuesta a todo aquel cantante de lengua extranjera que pise este país– y con la interpretación de un bluesa capela, Cécile McLorin quiso comunicar en su despedida que ella sola se bastaba para colmar la Sala de Cámara del Auditorio Nacional y demostrar que elabora una música simplemente perfecta pero igualmente carente de riesgo.

No diremos que el de Cécile Mclorin es un concepto musical errado pero, desgraciadamente, no es muy distinto al de numerosas vocalistas que pretenden reflejarse en el espejo de las grandes damas del jazz.Ella se reivindicó y expresó que era más que capaz de moverse en su zona de confort: el repertorio clásico del género.

Juan Carlos Justiniano

Imagen: Teatro Lope de Vega.

     
     
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