Crítica
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En la imperfección está el gusto

El Cuarteto Jerusalén y los aforismos musicales

Leoš Janácek (1854-1928), Cuarteto de cuerda nº 1 “Sonata a Kreutzer” y Cuarteto nº 2 “Cartas íntimas”; Eduardo Toldrá (1895-1962), Cuarteto de cuerda “Vistas al mar”. Cuarteto Jerusalén. Auditorio Nacional de Música (Sala de Cámara). 27 de noviembre de 2014. CNDM: Ciclo Liceo de Cámara XXI.

Una servidora aquí debe pecar de humildad y firmar esta reseña como la autora que, desgraciadamente, poco o nada conocía la figura y la música de Leoš Janácek y que, menos aún, sabía de la reciente actividad del Cuarteto Jerusalén que el CNDM invitó aquella tarde fría de noviembre. ¿A qué se debe el yermo hueco en la historiografía musical de compositores checos? No es que trate de justificar mi desconocimiento sobre ellos por no haber recibido suficiente formación durante los estudios en torno a la actividad compositiva decimonónica de este ámbito geográfico; una perfectamente puede interesarse en estas personalidades sin la necesidad de recibir en bandeja tan amplios y suculentos manjares durante la vida académica. Pero ahí viene el problema: cuando el gusanillo de la curiosidad te obliga a buscar estudios y entradas de enciclopedia sobre Janácek y compruebas que la literatura sobre este sujeto es un baldío terreno en el que escasamente se menciona su música de cámara. Parece que algo comparten éste y el segundo compositor interpretado durante el concierto, Eduardo Toldrá, del que los pocos estudios proto-nacionalistas en ocasiones sí resaltan su Cuarteto de cuerda “Vistas al mar”. Por eso, entre otros motivos, el Cuarteto Jerusalén sacó a colación éste y los únicos dos cuartetos del compositor checo a los que ya rindió homenaje en el último álbum –dedicando además un espacio al primer cuarteto de Bedrich Smetana, From my life– del sello Harmonia Mundi.

Pero no siempre se acierta en la combinación estética del repertorio para un concierto de este calibre. Observando los diferentes programas que aborda esta agrupación durante la presente gira mundial, acordada hasta el mes de junio del próximo año, cualquier cuarteto de Shostakóvich, el anteriormente citado de Smetana o algunos clásicos de Haydn y Mozart se adecúan significativamente a la obra de Janácek, en comparación con la distancia inconexa que sustancia la obra de Toldrá. Por dos motivos: la brillantez neoclásica que desprende el catalán en su obra con referencias a la brisa mediterránea y la poesía noucentista inspiradora de Joan Maragall poco o nada tiene que ver estéticamente con el lenguaje expresionista del checo, que evoca los celos desmesurados del personaje tolstoiano para el primer cuarteto Sonata a Kreutzer, o con la lírica amorosa hacia la amiga del compositor, Camila Stösslová, que desglosa en las Cartas íntimas del segundo; por otro lado, –y apreciando la obra de ToldrᖠVistas al mar resultó ser un talud enmarcado por dos grandes monumentos checos, hecho que hizo imperfecto uno de los que podía haber sido de los mejores conciertos de cámara de la temporada del CNDM.

La Sonata a Kreutzer posee rasgos propios que se integran dentro de un estilo tardo-romántico, añadiendo distinciones personales como un desarrollo motívico particular que parten de los temas principales de cada movimiento. Fruto de las ideas del Piano Trio –obra desaparecida compuesta entre 1908 y 1909 e inspirada en la misma novela de Tolstoi– no es de extrañar que creara este primer cuarteto en menos de una semana. Los componentes del Cuarteto Jerusalén desarrollaron correctamente la amplia gama de matices y timbres característicos de esta pieza. Pero no es eso lo más sorprendente. En ocasiones retumbaban murmullos y gestos propios de un intercambio dialéctico entre los músicos. Todo un baile de intenciones y resultados sonoros escalofriantes, acorde al carácter de los diferentes movimientos; pasaban desde la más ínfima melodía romántica a las más agresivas interrupciones a través del uso extensivo de sul ponticello y de trémolos.

El Cuarteto nº 2, si bien compuesto sólo cinco años más tarde, ofrece un cambio de perspectiva del lenguaje del compositor. Inspirado en las más de setecientas cartas hacia su joven musa Camila, aparecen reminiscencias estilísticas hacia la obra de Alban Berg y Claude Debussy. A veces parecían resonar algunos motivos de The Lark Ascending de Ralph Vaughan Williams en el segundo movimiento del cuarteto, compuesto catorce años antes. Resaltaron las combinaciones tímbricas del segundo movimiento y la expresividad solística independiente de los músicos israelíes durante todo el concierto, que decayó ligeramente –también a nivel interpretativo– en las Vistas al mar de Toldrá. Desprovista de los poemas de Maragall intercalados entre los tres movimientos, el cuarteto perdió la energía, afinación y concentración que hubo durante las obras checas.

No obstante, son nimios los detalles imperfectos que esta formación dejó tras de sí en el Auditorio. Además coronaron el concierto con el bis del tercer movimiento del Cuarteto nº 3 de Robert Schumann, que ampliamente dominaron y disfrutaron, transmitiendo el afecto nostálgico a través de las contramelodías tan características del compositor romántico. En fin… No todos los días se escucha una combinación armónica, expresiva y articuladamente perfecta –lo que viene a llamarse música– que llegue a unos cuantos órganos más que a los oídos.

María Elena Cuenca Rodríguez

Imagen: René François Xavier Prinet, Sonata Kreutzer, óleo sobre lienzo, 1901

Publicado en enero 2015

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