Cuento de la noche de Reyes

Hace muchos años existió una de las ciudades más bonitas del planeta, con árboles espectaculares jamás nunca vistos. Naranjos, perales, manzanos que parecían azucarar el aire con su sola presencia. Era una estampa excepcional. Sin embargo, uno de esos árboles se sentía muy infortunado, porque, aunque sus ramas eran grandiosas, robustas y muy verdes, empezaba a dejar de crecer fruta en él. Se dirigía a los demás con un todo triste y apagado:

—Años y años repleto de preciosos frutos, y ahora… solo os veo a vosotros cargaditos de frutas estupendas, mientras mi color se esfuma lentamente. Ya no sé qué hacer.

Los demás le apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. Sin embargo, no todas las palabras valen, ni todos los mensajes positivos podían lograr que el árbol recuperara sus frutas. Se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes manzanas naciendo de sus ramas, pero no lo conseguía.

Un mañana un jilguero le escuchó llorar amargamente y le preguntó:

—Perdona que te moleste… No sé mucho acerca de los problemas que tenéis los árboles, pero aquí me tienes por si quieres contarme qué te pasa.

—Gracias por interesarte por mí. Es evidente, ¿no? Mira a tu alrededor… ¡En este jardín hay cientos de árboles! Todos bonitos y llenos de frutas increíbles. Excepto yo. Me siento frustrado y enfadado conmigo mismo por no ser capaz de crear ni una simple aceituna.

El jilguero comprendió el motivo de su pena y le dijo con firmeza:

—¿Quieres saber mi opinión sincera? ¡El problema es que no te conoces a ti mismo! Te pasas el día haciendo lo que los demás quieren que hagas, lo que los demás te recomiendan. Y en cambio no escuchas tu voz interior.

—¿Mi voz interior? ¿A qué te refieres?

—¡Sí, tu interior! Tú la tienes, yo la tengo y, ¡todos la tenemos! Pero debemos aprender a escucharla. Ella te dirá quién eres tú y cuál es tu función dentro de este ecosistema. Si ya no das frutos… ¿qué importa? Quizá no ese es tu verdadero fruto. Cada uno somos lo que somos. ¿Cómo pretendes dar peras si no eres un peral? Tampoco podrás nunca dar manzanas, pues no eres un manzano. Estás en el mundo para cumplir una misión distinta, como acoger a las aves entre tus enormes ramas y dar sombra a los seres vivos en los días de calor.

En ese momento y después de muchos meses, el árbol triste se alegró. La emoción recorrió su tronco y entendió por fin quién era, y que tenía una preciosa y esencial labor que cumplir dentro de la naturaleza. Jamás volvió a sentirse peor que los demás y logró ser muy feliz el resto de su larga vida.

Cada uno de nosotros tenemos unas capacidades que nos distinguen de los demás. Y así, como el árbol, Síneris sigue existiendo. Somos muchos quienes lo formamos: redactores, colaboradores, fotógrafos, correctores; no solo diversos en edad, sino también en formación: filólogos, músicos, musicólogos, historiadores del arte que conviven con físicos, biólogos, ingenieros, economistas… Y tú, el que estás al otro lado, nos ayudas a crecer cada día.

Gracias por hacer que estas fiestas hayan sido las más especiales, gracias a tu colaboración en Patreon y los mensajes de cariño que recibimos continuamente, que nos ayudan a sentir que en este ecosistema todavía podemos sentirnos árbol.

Fotografía: Natàlia Gregori Vayà.

 

     
     
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