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Danza, emoción y pensamiento Escúchalo en Youtube

La Consagración de la Primavera:
el concepto de grupo como integrador de las emociones individuales a
través del movimiento.

La danza surge de la necesidad del
hombre de expresar sus deseos y sus miedos, es algo inherente al ser
humano. Las emociones más básicas se exteriorizan a
través del movimiento, es el reflejo de la esencia misma de la
persona, que utiliza su propio cuerpo para comunicarse, para entrar
en contacto con el mundo que le rodea.

Una de las primeras manifestaciones artísticas del hombre
primitivo en la Península ibérica es precisamente la
pintura rupestre encontrada en las cuevas de Cogull (Lérida)
en la que aparecen un grupo de figuras, descritas por Artemis
Markessinis del siguiente modo: “Se ve a diez mujeres con unas
faldas amplias hasta las rodillas, los pechos desnudos, bailar
alrededor de un hombre desnudo, en lo que probablemente era una danza
fálica, una ceremonia matrimonial, o incluso un rito de
iniciación”.1
Esta representación muestra la capacidad del arte para
expresar un concepto, en este caso el de la danza, como medio de
evocación de un momento emocional importante, unido al deseo
de fertilidad, imprescindible para la supervivencia, que se
materializa en una recreación de lo que se quiere conseguir a
través del movimiento en círculo alrededor de lo
sacralizado a modo de ritual.

El
sentimiento de unión, de fuerza, de protección, de
conexión con un mundo interno, espiritual y mágico,
está relacionado en estas primeras representaciones con la
idea de grupo. El cuadro La Danza refleja la fascinación
de Henri Matisse por este concepto del arte primitivo; se puede
observar cómo la simplicidad de la escena, con un acusado
esquematismo, posee un movimiento extraordinario, “los intensos
colores cálidos contra el frío verde azulado del fondo
y la rítmica sucesión de desnudos danzantes transmiten
los sentimientos de liberación emocional y hedonismo. A este
colorido se le ha dado una interpretación simbólica:
los cuerpos se pintan de rojo y simbolizan la vida, el azul es
obviamente el cielo y el verde la naturaleza”.2

Los movimientos artísticos de principios del siglo XX muestran
un interés por el arte primitivo capaz de captar la esencia
del ser humano y representarla de manera simbólica. Ambas
obras –pinturas de Cogull y La Danza de Matisse–
suponen una ruptura con las formas de arte establecidas, una
reivindicación del contenido y de la expresión de las
emociones. El mundo moderno, con la
Revolución industrial, y el consecuente cambio de lo rural
hacia lo urbano, influye en la manera en que la persona mira hacia sí
misma; se produce una enajenación, un desarraigo. Se pierden
esos rituales colectivos, a través de los cuales el individuo
expresa y comparte su mundo interior.

En La Consagración de la Primavera, con música
de Igor Stravinsky, estrenada en París el 29 de mayo de 1913
por los Ballets Rusos de Diaguilev, con coreografía de
Nizhinski,3
se expresa este concepto grupal y ritual de la danza y este retorno a
lo primigenio. Podemos establecer puntos en común con el
cuadro de Matisse. La escenografía de Nicolai Roerich,
arqueólogo muy interesado por la antigua cultura rusa, el
chamanismo, la vegetación, la primavera y la fertilidad,
utiliza también vivos colores primarios, el verde y el azul
del fondo, que contrastan con los colores cálidos de los
trajes folklóricos típicos, que reivindican, dentro de
las ideas nacionalistas, el origen eslavo de los pueblos rusos.
Personajes ancianos, como el sabio, reflejan esos orígenes
tribales.

En este ballet en dos actos, las tribus eslavas celebran los rituales
de la llegada de la primavera: el sacrificio de una de las jóvenes
servirá para asegurar el retorno de dicha estación.
Consta de un primer acto, Adoración de la Tierra,y
un segundo, El Sacrificio, con “La glorificación de la elegida”, escena en la
que las doncellas rodean a la víctima, que permanece estática
en el centro hasta el momento de iniciar la danza que la llevará
hasta la muerte, lo que causó un gran choque para el público,
provocando grandes disturbios en el estreno. El público no
entendió la música de Stravinsky, que les pareció
una sucesión de ruidos, ni los extraños movimientos de
Nizhinski, intensos y retorcidos. Estaba acostumbrado a anteriores
producciones de los Ballets Rusos como Las Sílfides
–con música de Chopin– y a los ballets románticos
del siglo XIX, que utilizaban la pantomima, –un lenguaje
gestual lleno de convenciones– y a las formas de la danza
académica codificada en pasos vacíos de contenido,
siempre en función de la estética etérea de las
primeras bailarinas, donde el papel del bailarín se limitaba a
sujetarlas y el cuerpo de baile no tenía relevancia. En La
Consagración
; la danza en grupo es un elemento fundamental
para el sentido de la obra.

Las ideas de Isadora Duncan, pionera de la danza moderna, estaban
influyendo en los Ballets Rusos. Para ella el origen del trabajo
artístico es la emoción. La danza no es una sucesión
de pasos y formas, sino el movimiento constante y fluido, que nace
del centro del cuerpo, y se extiende con libertad hacia la cabeza y
las extremidades. En el centro, que ella llama “plexo solar”,
se integran la experiencia física del cuerpo, la emoción
y la espiritualidad. En La Consagración, los movimientos del torso y brazos son mucho más libres, y
dotan a los cuerpos de gran expresividad. La danza está en
función de la acción dramática, y se encuentra
estrechamente ligada a la música, utilizando la repetición
y los acentos rítmicos como medio de crear tensión para
conseguir esa sensación mística de lo ritual.

Del mismo modo que La Danza de Matisse se constituye como uno
de los iconos fundamentales del arte del siglo XX, La Consagración
de la Primavera
marca un nuevo camino para la danza, supone una
fuente de inspiración constante hasta nuestros días. En
1920 Diaguilev encargó una nueva coreografía a Massine,
después de la dramática ruptura con Nizhinski, y desde
entonces numerosas versiones han sido realizadas por grandes
coreógrafos como Mary Wigman (1957), Maurice Béjart
(1959), Pina Bausch (1975), Martha Graham (1984) y Mats Ek (1984),
que fueron recogidas en el film Les Printemps du Sacre (1993),
además de la reconstrucción de la coreografía de
Nizhinski realizada por Hodson en 1987, y la versión más
reciente de Angelin Preljocaj (2002). En 1999, un proyecto llamado
Netherlands Springdance reunió a varios artistas para
crear piezas cortas inspiradas en La Consagración, que
supuso una búsqueda de la libertad y un nuevo comienzo
orientado hacia la expresión individual sin compromiso alguno
con las convenciones sociales.4

La influencia de los Ballets Rusos en nuestro país quedó
materializada en la creación de El sombrero de tres picos, con música de Falla y decorados y figurines de Picasso,
estrenada en el Teatro Alhambra de Londres en 1919. Grandes
personalidades de la danza española como Antonia Mercé
“La Argentina”,
Encarnación López “La
Argentinita”, y su hermana Pilar López
entraron en contacto con esas ideas, que quedaron reflejadas en
generaciones posteriores, tal y como se observa en las palabras de
Antonio Gades sobre el significado de la danza: “Nuestra danza
tiene fuerza, tiene verdadera vida. No es una danza académica,
donde lo que se muestra es prácticamente un estudio, una
técnica, unas formas, sino que lo nuestro es una cosa vital,
es la danza de la cultura, a través de la cual se expresa el
alma de un pueblo. No es una danza fría, sino la manifestación
de lo que sienten unos seres que interpretan mediante el baile un
estado anímico. Se expresan a través del cuerpo”.5

El film alemán dirigido por T. Grube y E. Sánchez
Lansch, The Rythm Is It! (2004), propone una experiencia
educativa muy interesante, dentro del primer proyecto pedagógico
de la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Sir
Simon Rattle, en el que doscientos cincuenta adolescentes se suben al
escenario juntos para representar La Consagración de la
Primavera
. El documental muestra cómo, a través de
las enseñanzas del coreógrafo Royston Maldoom, niños
y adolescentes que nunca habían bailado experimentan durante
los tres meses de ensayos distintos estados de ánimo, y
trabajan sus emociones a través de la danza y de la música;
realizando un apasionante viaje hacia lo nuevo, descubriendo facetas
escondidas de sus personalidades.

En esta época que vivimos, la pérdida de valores en la
sociedad tiene como consecuencia, en la danza, una primacía de
la técnica y del virtuosismo, de la estética y de la
imagen, pero al mismo tiempo, está dando paso a nuevos medios
para la afirmación de la propia identidad ante los distintos
colectivos de los que formamos parte en nuestra relación con
el entorno que nos rodea. Surge la necesidad de reivindicar una
búsqueda de aquello que está escondido en cada uno de
nosotros, de indagar en los rincones más recónditos de
nuestro ser, enfrentándonos a nuestras propias dificultades,
particularidades y posibilidades creativas, y así explorar
como
bailarines y coreógrafos– de qué manera volver a
los orígenes de la danza, a lo esencial, para recuperar lo más
profundo del ser humano y su expresión a través del
arte.

Ana Rodrigo de la Casa

1
Markessinis, Artemis. Historia de la Danza desde sus orígenes.
Madrid, Librerías Deportivas Esteban Sanz,
1995, p.15.

2
Clement,
T.
Four
French Symbolists
.
Greenwood
Press, 1996, p. 114. En Lourdes Cirlot, Museo del
Ermitage
. “Museos del Mundo”. Barcelona: Centro
Editor PDA, Tomo 12, 2006, pp. 158-163.

3 Walsh, Stephen.
“Stravisnky, Igor”. The New
Grove Dictonary of Music and Musicians,

second edition. Tomo
24. Sadie, S (ed), New York: Oxford University Press, 2001, pp.
534-535.

4 Jordan,
Stephanie. Stravinsky Dances.
Re-Visions across a Century.
Hampshire (Great Britain), Dancebooks, 2007, pp.413-416.

5
Saura, Carlos. Antonio
Gades
. Barcelona, Folio, 1984, pp. 166-172.

Cuadro de La Danza. Henri Matisse

Publicado en abril 2012

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