De la magia ocultada en el desaire

Les Arts Florissants recrea un Orfeo histórico en los Teatros del Canal

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CONTINUUM
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L’Orfeo de Claudio Monteverdi. Ópera con prólogo y cinco actos, libreto de Alessandro Striggio. Solistas y conjunto instrumental de Les Arts Florissants. Cyril Auvity (Orfeo), Hannah Morrison (Euridice / la Música), Miriam Allan (Ninfa / Proserpina), Lea Desandre (Mensajera / Esperanza), Carlo Vistoli (Pastor / Espíritu I). Paul Agnew (dir. musical, dir. escena, tenor), Alain Blanchot (vestuario), Christophe Naillet (decorados e iluminación). Coproducción de Les Arts Florissants, Teatro de Caen y Philarmonie de Paris. Teatros del Canal, 11 de marzo de 2017.

Que no. Que no hay remedio. No suelo ser tan exigente con las condiciones acústicas o los comportamientos de la audiencia, pero hay cosas que se caen por su propio peso. No se puede entender cómo un espectáculo ritual, que trata con la más refinada sutileza todos los aspectos musicales y escénicos, sea pisoteado gravemente por el sistema de ventilación teatral. Ya venía yo con la ilusión infantil de ver este Orfeo producido por Les Arts Florissants –del que tan bien me habían hablado el día anterior–, bajo la batuta oculta de Paul Agnew. Tras despertar la atención de una audiencia agitada (como de costumbre) con esos acordes de calentamiento de la tiorba de Thomas Dunford, un joven talento parisino, comenzaba la magia de la favola in musica.

En este año Monteverdi, por el 450 aniversario de su nacimiento, la agrupación llega con el complicado proyecto de poner en marcha L’Orfeo basado en una visión completamente original de Paul Agnew. Parece que su intención fue una apuesta por el escenario simple con solo unos elementos fundamentales: un círculo de piedras inspirado en el imaginario celta, con la simbología relativa al sol y al dios Apolo, bajo un manto de hojas aportando el cariz bucólico. El vestuario fue un claro homenaje al mundo plástico de los pintores seicentistas de la talla de Nicolas Poussin. Los elementos accesorios de atrezzo fueron un acompañamiento para el significado del texto de Striggio, verdadero protagonista de la velada. El libretista se basó en la Metamorfosis de Ovidio y el cuarto libro de las Geórgicas de Virgilio, además del anterior libreto creado por Ottavio Rinuccini para la Euridice de Jacopo Peri.

El estilo musical –de herencia completamente madrigalesca– contribuye a exaltar las emociones y a expresar el significado de las palabras, así como a caracterizar a cada uno de los personajes. No hay más que escuchar los delicados versos de la Mensajera – interpretada por la sorprendente voz nobel de Lea Desandre– cuando explica tristemente al semidiós que “La tua diletta sposa è morta”, a lo que contesta Orfeo con una voz ahogada “Ohimé”… En este segundo acto supone un verdadero “caso acerbo!” que desde la cuarta fila de butacas no se perciba el delicado llanto del semidiós y el relato desgraciado sobre la muerte de Euridice, debido al fallo inadmisible de conectar el sistema de calefacción. Fue unánime el desconcierto general en el público tras oír las numerosas quejas durante el descanso. Y ese es uno de los problemas repetidos en esta clase de teatros multifuncionales, donde deberían prestar una mayor atención hacia los aspectos básicos para poder interpretar cualquier repertorio de música antigua.

Pero volviendo a las lindezas, pocos aspectos en lo vocal hubo que no emocionaran. Cyril Auvity (Orfeo) sacó al proscenio todas sus capacidades actorales. El juego de focos sobre su cara con las siluetas tenebrosas de los espíritus a contraluz daba pie a pensar que estábamos convidados al más macabro de los espectáculos mefistofélicos. Durante el “Possente spirto” mostraba su bella línea expresiva mermada por un timbre engolado en algunos adornos que dejaban un sabor agridulce. Durante este tercer acto, los dúos de violines pequeños “franceses” –Tami Troman y Emmanuel Resche– y de las perfectas cornetas –Maud Caille-Armengaud y Eva Godard– interpretaban los ritornelli con un contraste diabólico sobre la base del rojo en la iluminación. La impresionante voz de bajo de Antonio Abete (Plutón) estremecía en los graves, pero aturdía en la emisión de un vibrato poco ortodoxo. Cyril Constanzo bajo el cuerpo de Caronte sobrecogió acompañado del timbre del regal, tan hispano a su vez, recordando a las trompeterías de los órganos ibéricos. La calidad vocal del contratenor Carlo Vistoli como Espíritu y pastor pasó por delante de sus compañeros Sean Clayton y Zachary Wilder, si bien este último tenor emocionaría en el primer acto y cuajaría en los conjuntos vocales. El papel de ellas fue realmente apabullante: la soprano Hannah Morrison encarnada en el papel de Euridice y la Música mostró una voz de emisión pulcra, dotada de capacidad para bellos adornos; Mensajera y Esperanza, representada por Lea Desandre, gozaría de grandes aplausos por una interpretación correcta tanto en lo vocal como en el plano actoral; la veterana Proserpina, Miriam Allan, no conmovió, si bien ablandó la actitud del más temido de los dioses con su elegante y redondo timbre.

Paul Agnew no tenía una tarea fácil para crear una nueva personalidad después del legado del anterior director y fundador de la agrupación, William Christie. Tras un proyecto de cinco años de conciertos interpretando los ocho libros de madrigales del compositor de Cremona, el actual director abordó sin problemas la triple tarea de interpretar a Apolo y dirigir la escena y la música. La cumbre del iceberg se muestra con unos intérpretes compenetrados tras un trabajo duro, con únicas directrices por parte del clavecinista Frorian Carré en las incorporaciones de un comedido ensemble de viento para la famosa fanfarria y para el acto III. Si bien la disposición estereofónica del bajo continuo creó un efecto perfecto, envolviendo cuidadosamente a las voces en los recitativos como el velo de tul de Esperanza en la laguna Estigia, en ocasiones se producía cierta descoordinación sobre todo entre tiorbas y órganos. Algo meritorio fue la actuación de los violinistas y violistas en plena escena, tocando de memoria correctamente toda la ópera, con algunos deslices en la afinación. El arpa de Breedijk conmovía al espectador trasladándolo a iluminadas escenas campestres.

En definitiva, una producción como pocas. Un diseño de la escena muy pulido, con cantantes de tinte madrigalesco que cuajan perfectamente en los coros con diseños imitativos y con un conjunto de músicos de una calidad que excede las expectativas de cualquier oyente. A pesar de las vicisitudes propias del siglo XXI –como ventiladores que remedan al diluvio universal y los tan típicos móviles sonando que se escapan a los sobrados avisos del teatro–, pocas tareas hay mejores que una tarde monteverdiana bajo la sabiduría consagrada de Les Arts Florissants.

María Elena Cuenca Rodríguez

Fotografía: Teatros del Canal.

     
     
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