Del órgano y lo pagano

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EL SOL Y EL SILENCIO
Un viaje hacia la armonía

DIEGO VALERO SÁNCHEZ

NAVEGA, NIÑA PLATEADA...
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Orquesta Pelota

Cuando estoy en una iglesia entiendo por qué la gente creyó con tanto fervor en Dios. Tuve una vez el error de proclamarme orgullosamente atea, pero pronto percibí mi enorme desacierto. Por otro lado, la ciencia nos procura algunas explicaciones sobre el mundo, su génesis, su evolución, nuestro desarrollo… ideas muy racionales y aparentemente ordenadas pero no suficientes para calmar la incertidumbre interior del existir y la inmensidad de lo finito. Y por eso deseché mi título de atea ferviente y pasé a aunar más partes de mi yo. Así fue como me di cuenta de que soy pagana.

Cuando estoy en una iglesia entiendo por qué la gente cree en Dios. Y sobre todo lo entiendo cuando resuena el órgano. Cuando hace vibrar el interior de la iglesia, lo sagrado comulga con nuestro limo pagano. No deja de ser otra forma de sacralidad, con la diferencia de que recoge de forma más armoniosa nuestro ser que las religiones monoteístas. Aceptan la tríada cuerpo, mente y espíritu que, aunque también jerarquizadas, su mitología las contempla en su totalidad, sin penalizar ni castigar fervientemente. Es el inevitable sustrato de la memoria. Es por eso que lo pagano es el gran aliado de lo sagrado para llegar al corazón de la gente y la emoción catárquica. Esta ebriedad es más contenida en las iglesias que conocemos pero otrora, en los espacios sagrados, la libertad y manifestación del cuerpo era soberana guía de la purificación, acompañada del fuego que las deidades nos proporcionaron. O mejor dicho, que obtuvimos sin permiso, como Eva la manzana…

El agua no es sólo la purificación espiritual: es la sensualidad derrochada, y se relaciona con el tacto. El fuego no es sólo lo destructivo, y mucho menos el infierno: convoca lo más puro y primigenio de nuestro interior, y es lo purgativo constructivo. A veces nos sirve de linterna cuando nos adentramos en lo más profundo y oscuro… es la vista. La tierra no es un mero despojo de las deidades: es un amasijo fecundo y violento que hay que domesticar con mimo y respeto infinito, pues nos da el alimento. Es el sentido del gusto. Es la lengua, son los dientes. El aire no trajo a ninguna paloma ni representa la ira de ningún dios: el aire es una onda que surge cuando a alguien se le ocurre una idea y el Mundo absorbe esa energía. Sin duda, el elemento más etéreo de todos, y el único que escapa a nuestro dominio y potestad cuando lo encontramos salvaje. Es el oído. Con los demás elementos podemos elegir cuándo, con el aire, no. Es voluble y cambiante. Lo mismo sucede con los olores: aparecen y no los podemos remediar. Además tienen un curioso poder que es el de apelar a la memoria de manera instantánea, sin filtro alguno de la razón. Ningún otro sentido tiene esa potestad.

Los veleros me fascinan. Recuerdo ir en catamarán sujetando el cabo de la vela mayor y escuchar el silbido y tembleque de la vela tras un viraje repentino. Lo vi. Vi el aire cobrando cuerpo en el navío. Pasas de sentirlo a verlo. La hinchada vela y la proa surcando el agua te hacen ver a Eolo por un momento… pero está, no es. En el órgano ocurre una preciosa y fascinante paradoja. Lo ves, y no lo ves. Ves el objeto pero el sujeto no aparece. Se encuentra oculto entre el campo de tubos arrojados a las alturas. Es como si estuvieras viendo el velero varado, rotundo y suntuoso, al tiempo que percibes cómo el aire afecta a todo su cuerpo, a cada rincón de la madera, pero permanece ahí, inmóvil y solemne. Y es por eso que el órgano es el instrumento perfecto para la iglesia. Su grandiosidad y presencia contra nada compiten en el espacio sagrado, ni siquiera la voz es rival. Cuando hay voz, vemos, y la gracia del misterio es no ver al ejecutante.

En una catedral me volví a perturbar. No me sucede a menudo lo de perturbarme. Me emociono, eso sí, pero esta vez la emoción del golpe estaba concentrada. Supongo que para todos es más fácil emocionarnos que perturbarnos. En cualquier caso, estábamos esperando el inicio de un concierto, y de repente, al comienzo de la música el órgano arrolló todo pensamiento externo a ese recinto de piedra. La melodía triste, o más bien dramática, te inmoviliza. Mientras, el sonido lame las columnas. Lame ceremoniosamente para mantenerlas en pie, y nosotros estamos ahí para observarlo, y todo, salvo ese espacio, se vuelve insignificante. El vacío desde los bancos hasta las vidrieras se vela, y ahí está. Y de repente recuerdas que esto no lo ha hecho ningún dios, ni la catedral, ni la música, ni el papel, ni la pluma, ni la cantera de donde arrancar la piedra: lo ha hecho el Hombre en su ingenio, en su curiosidad y en su anhelo por perder el miedo a la muerte.

Esperemos seguir chupando tiempo frente a los altares paganos.

Elvira Espinosa Garriga

     
     
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