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Loreena McKennitt. Lost Souls. Quinlan Road/Universal Music, mayo de 2018.

Aunque parezca extremo aseverar algo así, todo lo que no se enmarca en los esquemas de la mal llamada música clásica es un simple producto de ocio, como lo es un juego de mesa o una serie de televisión. Por su carácter íntimamente ligado al entretenimiento, a la diversión o la evasión de una realidad gris, considero adecuado denominar “música lúdica” a toda aquella música que, como digo, no adopta las complejas estructuras formales, armónicas y melódicas de la gran música y que, naturalmente, no posee una intencionalidad artística propiamente dicha y no persigue una evolución de los lenguajes musicales sino que, por el contrario, permanece anclada en sistemas antiguos ya superados por autores como Brahms o Liszt, por citar sólo a dos. Este es tema de reflexión y no sería adecuado desarrollarlo en lo que pretende ser una crítica al más reciente lanzamiento discográfico de la cantautora canadiense Loreena McKennitt. Quedémonos, pues, con que lo que se persigue en estas líneas no es ensalzar una obra de arte, sino comentar críticamente un producto que –como diría J. F. Martel1 – emplea el lenguaje del arte musical para dos cosas: entretener a su público y remunerar a su artífice. Loreena McKennitt (Manitoba, Canadá, 1957) es conocida en todo el mundo por ser una de las cantautoras con más carácter e independencia dentro de un mercado sobresaturado de productos creados aparentemente en serie. Y hablo de carácter y de independencia de forma totalmente intencionada, puesto que además de poseer un estilo bastante peculiar que tiene pocos precedentes y que ha sido imitado por sujetos de menor talento y astucia –debemos recordar que para procurar el ocio ajeno hace falta también una buena dosis de talento–, es también la dueña de su propia compañía discográfica, bajo la que edita todas sus grabaciones y mediante la que llegó, en 1991, a uno de los más significativos acuerdos alcanzados nunca con una compañía major, por el que siempre ha conservado la capacidad de idear nuevas canciones sin sufrir las trabas que habitualmente los sellos mayoritarios imponen a sus creadores.

Casi once años han pasado desde su último lanzamiento, An Ancient Muse, y aquellos que seguimos su trayectoria desde hace más de veinte estábamos pendientes de lo que nos depararía este nuevo disco, Lost Souls, que ha visto la luz el pasado 11 de mayo de 2018. Habría que matizar que, aunque en el intervalo comprendido entre 2007 y 2018 McKennitt ha publicado otros títulos, éstos recogen temas de su discografía bien como simples recopilaciones, bien como nuevas versiones de material existente. Lost Souls presume de ser el primero desde An Ancient Muse con contenido totalmente nuevo, aunque hay gato encerrado: muchos de los temas que componen este último lanzamiento ya existían desde hace veinte o treinta años. La canadiense ha acudido al recurso más cómodo para satisfacer a aquellos que le demandaban nuevo material: tirar de archivo; y la primera impresión no podría ser más decepcionante. Por una parte, recurrir a lo que un día se desechó indica que se está atravesando una crisis creativa –no olvidemos que ha tenido once años para hacer nuevo material–. Por otra, si en An Ancient Muse ya era posible apreciarlo, el declive de la cantante se pone aún más de manifiesto en este nuevo álbum. Su voz, que siempre había sido potente y precisa, es ahora más débil y presenta claros problemas para llegar limpiamente a los agudos de antaño. Prueba de ello es “Ages Past, Ages Hence”, tercer tema del disco, donde escuchamos a McKennitt poco menos que desgañitándose al ritmo de un vals en el que incluso sus músicos –infalibles sesionistas que la acompañan también en sus directos– parecen estar desorientados. El arreglo no tiene fuerza, la mezcla es confusa y los planos sonoros están mal elegidos, como si el tema no hubiera pasado de un estatus primigenio de maqueta. Es una desilusión enorme para aquellos que, al igual que yo, tienen toda su discografía en casa –algunos títulos por duplicado, al haber diferencias en las ediciones, o importados directamente desde Canadá antes de la era de internet–.

Atrás quedan los años de la santísima trinidad formada por The Visit (1991), The Mask and Mirror (1994) y The Book of Secrets (1997). Atrás queda la inolvidable serie de conciertos que ofreció en la Alhambra de Granada en 2007, ese esperadísimo regreso que algunos consideramos que marcaría el inicio de una nueva época en su trayectoria y que, lamentablemente, sólo fue un espejismo. En este nuevo álbum McKennitt da vueltas en torno a ideas ya muy vistas por quienes conocemos bien su trabajo, y los temas que nos presenta ni siquiera lucen ya los arreglos minuciosos que sus antiguas producciones exhiben –y que habrían ayudado a enmascarar la evidente falta de frescura en sus melodías–. Es una verdadera lástima presenciar el ocaso de una cantautora a la que le tengo verdadero cariño y cuya música me ha acompañado a lo largo de la infancia y la adolescencia, pero no puede negarse que su carrera entra en la recta final y que a sus sesenta y un años no parece probable que nos sorprenda con material novedoso. La dama celta, acompañada por su inseparable arpa, ha viajado por innumerables países en busca de exóticas inspiraciones folclóricas que fusionar con su particular visión de la tradición musical irlandesa. Ahora pretende hacernos creer que el viaje continúa, pero hace mucho que el ocaso ha empezado y que no hay en su música nuevos horizontes que descubrir. Nos quedará vivir de recuerdos, de aquellos fantásticos álbumes que hicieron las delicias de nuestros mejores años, y que representan los fructíferos momentos de inspiración de una creadora con talento.

Álvaro Menéndez Granda

1 Jean François Martel. Vindicación del arte en la era del artificio. Atalanta, Girona, 2017.

Fotografía (portada): Richard Haughton

     
     
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