Entre los confines del posromanticismo germánico

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Temporada 2012/2013. Ciclo I Concierto 22 de Diálogos de la OCNE. Obras de Richard Strauss y Anton Bruckner. Orquesta Nacional de España. Anne Schwanewilms, soprano. Director: David Afkham. Auditorio Nacional de Madrid, 26 de mayo de 2013

Nuevos horizontes vislumbra el futuro trayecto de la Orquesta y Coros Nacionales de España. El concierto 22 de Diálogos presentaba al que, dos días después, era contratado como director oficial de esta orquesta, David Afkham. El director alemán, de 30 años, ya había dirigido otras veces a la OCNE, y a punto estuvo de quedarse como titular en 2011. El Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música lo consideró el mejor candidato para llevar a cabo el propósito de europeizar y modernizar esta institución durante las próximas tres temporadas. Una decisión controvertida si tenemos en cuenta la buena cantera de directores españoles que podrían asumir el reto. Afkham viene con intenciones renovadoras, presentando sin embargo un repertorio de la tradición clásica romántica alemana basado en obras de Beethoven, Brahms, Schumann, Mendelssohn, Wagner, Mahler o Bruckner, sin atreverse, según dice, a interpretar el repertorio español, considerando que hay otros maestros que lo pueden afrontar mejor que él. Quizás el futuro de la OCNE en las próximas temporadas hubiera estado mejor encaminado en manos de algún director, tanto extranjero como español, con mayor experiencia en una gama más amplia de programas. Pero vayamos a la música…

Coincidiendo con el bicentenario del nacimiento de Wagner y sus consiguientes homenajes, los Diálogos de la OCNE han concedido protagonismo al repertorio germánico, recorriendo desde los primeros sinfonistas del clasicismo hasta llegar a las antípodas posrománticas. Un ejemplo lo encontramos en la crítica del anterior número de la revista sobre el Diálogo del ciclo III, concierto 19 entre Richard Strauss (1864-1949) y Johannes Brahms (1833-1897), realizada por Mª Cristina Ávila Martín. Los protagonistas de esta sesión fueron el mismo Richard Strauss y, en el papel del otro interlocutor, Josef Anton Bruckner (1824-1896).

Del primer compositor, la soprano Anne Schwanewilms cantó las Cuatro últimas canciones acompañada por la OCNE. Fueron compuestas en 1948, un año antes de su muerte, en el exilio en Suiza. El compositor seleccionó estos poemas cuando se encontraba en una circunstancia vital desoladora, siendo los tres primeros de Hermann Hesse, Früling (Primavera), September (Septiembre) y Beim Schlafengehen (Al irse a dormir) y uno de Joseph von Eichendorf, Im Abendrot (Al ocaso). “Richard Strauss ya no era el rebelde que había compuesto Elektra, sino un anciano devastado por la destrucción de sus amadas ciudades y de una cultura que había creído inmortal”, según Simon Rattle. Aunque la soprano Schwanewilms no se encontrara en sus mejores condiciones por haber sufrido una intoxicación alimentaria, la expresividad, sumada a la delicadeza del timbre de su voz, alumbró el auditorio. Ciertas sonoridades en el tratamiento de las maderas orquestales en September recuerdan a algunos pasajes de su ópera Der Rosenkavalier,como el dúo de Octavian y Sophie en el II Acto:Hat einen starken Geruch wie Rosen”.

Las Cuatro últimas canciones son un canto a la muerte, pero no trágicamente asumida, sino alegremente esperada. Las dos alondras que se alzan al vuelo en Im Abendrot –que describen el pasaje de manera programática a través de flautas realizando trinos– no son más que una alegoría sobre la muerte y el ascenso al cielo, como si de un réquiem a la cultura occidental, y con ello al posromanticismo y a la figura de Wagner, se tratase.

Pero el Diálogo que las Cuatro últimas canciones de Strauss entabló con la Séptima Sinfonía de Bruckner –cuyos estrenos, si bien están suficientemente distanciados cronológicamente, no se separan en más de un siglo como indica la autora de las notas al programa– es convergente a la inversa: si la primera obra trata de despedirse del posromanticismo, la segunda rinde homenaje el nacimiento de este estilo. Bruckner compuso esta sinfonía entre 1881 y 1883, revisándola posteriormente en 1885. La edición Nowak, la interpretada en el concierto, mantuvo muchos cambios que realizó el compositor en su revisión. El Adagio lo comenzó a componer cuando se enteró de la muerte de Wagner en 1883; por ello, a modo de homenaje, incluyó las tubas wagnerianas en la orquestación y realizó una oda fúnebre que resultaba característica por el juego cromático en las trompas, tan propio del lenguaje wagneriano. Al final de este movimiento, el clímax fue intenso hasta límites insospechados, cuando a uno de los percusionistas se le cayó el triángulo al suelo. El Scherzo, muy beethoveniano por cierto, resaltó la fuerza de los metales –algo desajustados– que tuvieron su máxima expresión durante el cuarto movimiento a través de temas de fanfarria, que se enlazaban con las frases melódicas de la cuerda.

Con todo ello se demuestra el nuevo capítulo de historia de la música que inicia Bruckner con sus sinfonías. Las numerosas críticas de algunos de sus detractores, Heinrich Schenker y Eduard Hanslick, le reprochaban algo de lo que este compositor podía vanagloriarse: los nuevos dispositivos formales y estructurales fundados en la percepción telescópica que abrían las puertas del lenguaje posromántico.

María Elena Cuenca Rodríguez

Ilustración:

Vincent Van Gogh, Trigal con amapolas y alondra.

     
     
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