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De la autenticidad

“Cuando te planteas llevar algo a disco es porque tienes la certeza de que tu interpretación tiene cosas nuevas que decir”

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Queridos lectores, debo comunicarles el inmenso placer y satisfacción que me ha producido encontrarme con el protagonista de esta entrevista, a quien no tardaré en presentarles. Es un joven de Madrid que ya lleva a sus espaldas el esfuerzo de una carrera sólida y tenaz. Sus manos han pulsado las teclas de auditorios y salas bien repartidos por el mundo. Hace dos años la prestigiosa revista estadounidense Fanfare lo proclamó “Príncipe heredero de Alicia de Larrocha” tras la salida de su primer trabajo discográfico para el sello Warner, la Suite Iberia de Albéniz. ¿Adivinan ya quién es? Sí, se trata por supuesto del pianista Eduardo Fernández. El último sol de la tarde, que ha luchado contra las nubes y lluvias del recién pasado mes de marzo, nos acompaña a Eduardo Fernández y a mí a una tranquila cafetería del centro de la capital.

Buenas tardes Eduardo, en primer lugar muchas gracias por hacernos contar con su presencia. En mi breve presentación he mencionado las palabras con que la revista Fanfare se refería a usted a raíz de la presentación de su disco Iberia, más tarde me gustaría que nos dijese la significación que ese hecho tuvo para usted. Pero para dar comienzo a esta entrevista, me gustaría hacerlo con lo que la música es para usted, y entrando en sus recuerdos, ¿puede contarnos su primer momento mágico con la música y con el instrumento?

Buenas tardes, es un placer estar aquí esta tarde. Bien, en primer lugar la música para mí es una forma de vida, y el piano la mejor herramienta para expresarme. Mis primeros recuerdos musicales están ligados directamente a la interpretación. A los cuatro años ya tocaba el requinto en la banda de la que mi abuelo era director; los recuerdos que tengo de aquellos años son realmente mágicos, para mí todo aquello era un juego. Más tarde el acercamiento al piano fue un paso natural, quería tener en mis manos toda la sonoridad, la polifonía de la banda.

¿Recuerda de sus primeros años alguna obra clásica con especial cariño?

Sí. Hubo varias obras que escuché aun sin conocerlas y me impresionaron por completo. Aún recuerdo la impresión que me causó la primera vez que escuché los Estudiosde Chopin,y después el Tercer Concierto de Rajmáninov. Años más tarde escuché a Pollini en el Auditorio,de las primeras veces que vino a Madrid; tocaba algunos Nocturnos y la Segunda Sonata de Chopin. Ese concierto de alguna manera me marcó, creo que ese día tuve claro lo que quería hacer. Yo debía tener 14 o 15 años.

¿De dónde viene su pasión por la música?

Mi abuelo supo transmitirme su pasión por la música, me inculcó en forma de juego lo que de alguna manera él sabía que, con el paso del tiempo, sería algo más.

Comenzó con el clarinete y nunca lo abandonó, ¿relación simbiótica con el piano?

Por supuesto, incluso ahora mismo. Gracias a haber sido clarinetista desde los 4 a los 15 años, formando parte de bandas y orquestas, crecí como músico de orquesta. Nunca pensé que esto trascendiese a más hasta que varios directores se han percatado de que en los ensayos y conciertos había algo en mí que les llamaba la atención. Cuando les contaba mi faceta de clarinetista durante años, me exclamaban: “Claro, tú has sido músico de atril, entiendes el trabajo de la orquesta”. Todo esto me hace sentir muy cómodo trabajando con orquesta.

En su formación ha tenido maestros, ¿puede hablarnos de ellos?

Carmen Aguirre ha sido la maestra que más me ha influido. Ella supo poner los cimientos para que yo pudiera construir mi identidad en el piano. Heredera de Cortot y Tagliaferro, me enseñó a buscar la magia que hay tras cada detalle, tras cada nota, buscando siempre lo que el compositor quería decir en cada momento.

¿Debilidad especial por algún pianista?

En la actualidad Sokolov llega más lejos que nadie en el camino del que te acabo de hablar, la búsqueda del detalle, la magia que hay detrás de cada nota. De los históricos ¡podría decirte tantos! Ellos son la gran escuela. También tengo debilidad por Keith Jarrett, me parece el Bach del jazz.

Hablando de señas, ¿busca la suya?

Sí, por supuesto. Todo intérprete debe hacerlo. El camino de la interpretación es un camino para recorrer toda la vida. Todas las horas que pasas ahondando en un compositor, tanto en el piano como sentado en un sillón te van marcando un camino, el tuyo. Pero es un camino vivo, lleno de momentos sorprendentes, la interpretación es un ser vivo que va creciendo contigo.

El camino de la música a nivel profesional, de salas de concierto y discográficas es arriesgado, ¿en qué momento decide lanzarse a él?

Nunca existió ese momento, es un paso natural, no premeditado, desde que decidí que éste era mi camino todos los pasos que he ido dando han ido encaminados en la misma dirección: crecer como músico, como pianista.

Respecto al tipo de repertorio, ¿hay alguno con el que se sienta más identificado?

Siempre hay etapas en las que te encuentras más involucrado con un compositor que con otros, es irremediable. Pero respecto a la pregunta que me planteas, es imposible para mí contestar de forma rotunda. Cuando te adentras en el estudio de un compositor, inevitablemente te deja una huella, cada uno te deja su sello personal.

¿Y ahora?

Ahora estoy bastante volcado con Scriabin y especialmente con el último Scriabin. Un compositor totalmente absorbente… Aunque… pensándolo bien, esto es lo que siento siempre que estoy inmerso en un compositor. Estoy muy vinculado con el repertorio romántico: Chopin, Brahms, Schumann, Schubert, también con el post romántico como Rajmáninov. Por supuesto la música española también ocupa un lugar destacado en mi repertorio.

¿Tiene algún proyecto para Schubert y sus sonatas?

Mi primera opción antes de Brahms era Schubert, de quien tengo todas sus sonatas en repertorio, pero me parece que aún debo recorrer más camino para llegar a hacer algún proyecto sobre él.

Llegamos a la Iberia, disco que sacó en el año 2011. ¿Cuál es la historia de su Iberia?

De muy joven tuve la suerte de trabajar varias piezas del primer y segundo cuaderno de Iberia con Esteban Sánchez. Esto fue pocos meses antes de que él falleciera. Tardé diez años en retomar Iberia, pero creo que este tiempo fue el necesario para madurar mi visión sobre esta obra.

Sí, de hecho cuando salió a la venta su disco fue cuando la revista Fanfare le proclamó el príncipe heredero de Alicia. ¿Qué significó eso para usted?

Un verdadero honor, y un gran respeto hacia la figura de Alicia de Larrocha. En Estados Unidos ella siempre ha sido considerada el máximo exponente de la música española, así que cuando leí aquellas palabras me sentí enormemente halagado.

¿Qué aporta su Iberia a las ya existentes?

Está claro que cuando sientes la necesidad de grabar una obra de estas dimensiones es porque tienes la certeza de que tu interpretación tiene cosas nuevas que decir. Considero que se ha dejado en un segundo plano toda la evolución en la escritura de Albéniz hacia la disonancia, escondiendo quizás por molestas todas las disonancias, que poco a poco van tomando más presencia según avanzamos en Iberia. Estas disonancias nos muestran un nuevo mundo de colores, sonoridades, reflejos del folclore, marcas rítmicas… Todos conocemos la belleza de los dejes de un cantaor, o lo desajustado rítmicamente y desafinado que está un organillo. La genialidad de Albéniz fue capaz de captar todos estos detalles y plasmarlos en la partitura. En mi interpretación hay lugar para estas disonancias, sin que ello perjudique las múltiples líneas melódicas.

En su vida musical ¿qué papel ocupa lo hispano? Aparte de Iberia ha hecho otros trabajos relacionados con el mundo de la zarzuela, por ejemplo.

Para mí la música española es una de mis señas de identidad, y considero que como pianista español es importante mi labor de embajador con ella en otros países. En un principio temí que tal vez fuera un arma de doble filo y se me pudiera encasillar fuera de nuestras fronteras en este tipo de repertorio, pero nada ha tenido que ver con la realidad. Se han sucedido las ocasiones en las que en importantes festivales de Rusia, Estonia o Rumanía me hayan pedido específicamente programar por ejemplo Rajmáninov o Stravinsky.

Respecto al mundo de la zarzuela, he estado muy vinculado a él desde pequeño, mis comienzos en la banda están estrechamente ligados a este género. Hace un par de años resurgió de nuevo este interés a través de varios proyectos del Teatro de la Zarzuela y de la Fundación Juan March en los que me encargaron varias transcripciones de zarzuelas.

¿Cómo aparecen esas transcripciones en su vida?

Corría el 2007, tenía un recital para el ciclo Scherzo en el Teatro de la Zarzuela y pensando en qué bises podría ofrecer tras el concierto, se me ocurrió hacer un guiño divertido: ya que el concierto era en el templo de este género, qué mejor que hacer una transcripción sobre un tema conocido de zarzuela. Así surgió mi primera transcripción, La boda de Luis Alonso.

Esto de hacer transcripciones ¿es normal entre pianistas?

Siempre ha habido pianistas que han hecho sus propias transcripciones, Horowitz, Cziffra, Volodos…

Y, ¿le gusta?

Sí, creo que muchas veces es como una especie de desahogo, disfruto haciéndolo. En el próximo mes de junio estaré en Estival Cuenca, será un concierto de transcripciones en clave de jazz.

Ahora llegamos a Brahms. Después de Iberia éste ha sido el siguiente gran proyecto y ahora mismo está a punto de ver la luz. ¿Cómo surge, cómo elige los opus?

Siempre que trabajo en un compositor intento ahondar al máximo en el universo personal de cada uno, esto significa abordar casi la totalidad de su repertorio, además de empaparme de todo lo que pudo rodear al compositor en su momento y en su entorno. Me pasó con Albéniz y después con Brahms. Inevitablemente, cuando realizas este tipo de estudio finalmente sientes una total admiración hacia sus obras cumbre. En Brahms descubres que en las últimas piezas está la esencia de toda su vida, de la sabiduría que ha recopilado, de los millones de notas que había escrito hasta entonces. Siempre había tenido un enorme respeto a tocar algún Intermezzo aislado, hasta el punto que nunca había tocado ninguna de las piezas de los últimos opus, precisamente porque tenía ese sentimiento de respeto hacia algo que no estaba preparado para comprender aún.

Es el último piano de Brahms, y saldrá a la venta en los próximos días. ¿Cómo se siente?

Estoy muy ilusionado con este nuevo proyecto. Cuando realizas una grabación hay tres momentos claves: el inicial, en el que sientes que quieres grabar porque tienes la convicción de que tu versión tiene esa seña de identidad; el siguiente obviamente es la sesión de grabación, que es como un parto, y por último cuando esa grabación ve finalmente la luz.

Respecto a grabaciones de Brahms, ¿prefiere alguna en especial, como las de Julius Katchen, por ejemplo?

Cuando te planteas, al menos en mi caso, llevar algo a disco, es porque sientes que tu interpretación tiene algo nuevo que aportar. En ese momento pierdes cualquier referencia en pro de conseguir tu verdadera identidad, en busca de la autenticidad, esa seña propia que une a un intérprete con el compositor. Sería nefasto intentar grabar un espejo de otra versión: por muy genial que sea la imagen, el reflejo nunca será mejor que esa imagen “auténtica”. Y sí, por supuesto, Julius Katchen es genial, ¡sobre todo con Brahms!

Después de Brahms ¿tiene más proyectos?

En proyectos futuros tengo en mente los preludios y sonatas de Scriabin y me encantará poder abordar este universo en el que estoy totalmente inmerso ahora, igual que estuve en su momento con Brahms.

Usted tiene una trayectoria concertística más internacional que nacional: su salida de España ¿fue de forma natural o fue forzada por la situación?

Bueno, entiendo que esta salida es referida a salida profesional, porque afortunadamente sigo viviendo en mi Madrid natal, ciudad que adoro. Hoy en día no es problema tener una agenda de conciertos en cualquier rincón del mundo. Además me resulta muy enriquecedor estar en contacto con otras culturas. Así que en absoluto ha sido una situación forzada, sino un paso natural dentro de mi carrera.

Momentos antes de entrar a un concierto ¿Tiene usted alguna manía?

Mi única manía es no tener ninguna. Hacer vida normal, porque para mí un concierto es parte de mi vida. Sí, es especial, por supuesto, pero no es algo puntual que me tenga que causar ningún trastorno.

Respecto al público, ¿qué es para usted?

El público es indispensable para que se produzca esa magia que existe en los conciertos, cuando intérprete y oyente conectan sus almas de forma atemporal.

¿Alguna vez ha sentido miedo hacia el público?

No, miedo no. Respeto sí. Hay una anécdota a este respecto que recuerdo, cuando en la Filarmonía de San Petersburgo toqué el Op. 39 de Rajmáninov y Petrushka de Stravinsky. Pensé: “Voy a tocar dos obras cumbres de compositores rusos en uno de los santuarios de la música rusa…”. Sí, me produjo una sensación distinta, pero no era miedo. Cuando terminé los Études Tableaux escuché un brrrrrravo, con todas las erres del ruso y fue uno de los momentos de aplauso que más alegría me han dado nunca. Me dio un plus de tranquilidad para Petrushka, obra que no se puede tocar con tranquilidad… [Risas].

Aparte de su carrera como concertista y su vida dedicada al piano, ¿ve otro modo de vida que no sea este?

No, de momento no me lo planteo, no concibo mi vida de otro modo.

¿Se ve usted con setenta años tocando?

¡Ojalá! Yo siempre pongo un ejemplo que admiro: Rubinstein tocando con 86 años el Primero de Brahms con todos los músicos de la orquesta mirándole ensimismados. Se retiró un par de años más tarde… ¡pero por problemas de vista!

Finalizando esta entrevista, si mañana le llevase a una isla desierta y le dejase llevar cinco cosas, ¿qué se llevaría?

¿Qué me llevaría…? Papel pautado, lápices, sacapuntas, borrador y… ¡vaya, me sobra una! ¡Ah, y una botella para meter el resultado!

¿Nuestra próxima cita con usted?

Será el 25 de mayo en el Palacio de Cibeles a las siete de la tarde. Tocaré el mismo repertorio del nuevo CD y aprovecharé para hacer la presentación de este trabajo aquí en Madrid. Y la siguiente el 22 de junio en el Auditorio Nacional de Madrid.

Muchas gracias Eduardo, ahora dejemos que nuestros lectores disfruten de su música. ¡Hasta el 25!

Mª Cristina Ávila Martín

Fotógrafo: Luis Gaspar

     
     
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