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En el último rincón de Bill Evans

ANDREAS PRITTWITZ
“Todos estamos deseando romper el...”

Mario Muñoz Carrasco

EL JAZZ NO ES SOLO MÚSICA
Jazz en imágenes en Ediciones Taschen

Ana M. del Valle

The Complete Balboa Jazz Club Performances, Bill Evans Trio, Gambit Records, 2008, Reedición remasterizada.

Faltaba menos de un año para la muerte de Bill Evans cuando el pianista estadounidense y su trío visitaron, por primera y última vez, España. Fue en diciembre de 1979 cuando durante dos tardes y dos noches el histórico trío sedujo a un público ansioso que abarrotaba un sótano del madrileño barrio de Salamanca convertido en club de jazz. El legendario Balboa Jazz Club recibió a un muy desmejorado Evans, visiblemente maltratado por la heroína y por la hepatitis que provocaba la tremenda hinchazón de sus manos. De una u otra manera, todos en esa estrecha sala, incluido él, sabían que cualquier noche podía ser la última.

Uno de los pases, el de la noche del 12 de diciembre, fue grabado por algún asistente sin el permiso de los músicos y editado al poco tiempo en tres álbumes por Ivory. En 2008, el sello americano Gambit Records, especialista en lanzar cuidadas reediciones de discos difíciles y de material inédito, hizo todo lo posible por mejorar el sonido del registro directo y se encargó de masterizar digitalmente los tres LPs. Aun así, el resultado deja mucho que desear. Por otro lado, la actuación del trío fue buena, sin más, sin grandes momentos destacables, pero hizo las delicias del centenar de asistentes que recibieron calurosamente a la leyenda viva –por poco tiempo– del jazz. Afectado por una vida personal llena de momentos amargos y, sobre todo, por el reciente suicidio de su hermano Harry, esa noche de diciembre no tuvo palabras para nadie, ni siquiera para presentar los temas.

De formación clásica, Bill Evans estaba más que familiarizado con la música de Liszt, Debussy o Ravel, cuyas técnicas compositivas asimiló y plasmó en su lenguaje pianístico. Caracterizado por la depuración técnica, por una pasión fría y por esa elegancia tan europea, pronto se hizo un hueco en la escena del jazz hasta entonces dominada por músicos negros, llegando a grabar en 1958 con el conjunto de Miles Davis el Kind of Blue, considerado uno de los discos cumbre de la historia del jazz. Al poco tiempo se convirtió en el pianista residente del Village Vanguard, el templo neoyorkino del jazz e, instalado allí y respaldado por el potente contrabajo de Scott LaFaro y la batería de Paul Motian experimentó con el conjunto a tres. En ese rincón de la séptima avenida, en los años 60, se reinventó el lenguaje del trío de jazz, entendiendo la formación como una unidad orgánica que, en igualdad de condiciones y en una conversación continua, puede llegar a funcionar con toda naturalidad.

En los sucesivos años, Evans se convirtió en uno de los pianistas del jazz internacional más influyentes. Pero a sus éxitos acompañaron los fracasos en la vida personal. Poco a poco se fue convirtiendo en un personaje huraño, obsesivo y autodestructivo que, junto a su seria adicción a la heroína y otras drogas, hicieron del pianista estadounidense una personalidad triste y apesadumbrada. Aun así, su arte musical seguía creciendo ajeno a las circunstancias: experimentó con múltiples formaciones pero siempre prefirió el conjunto a tres. Después de 11 años con Eddie Gómez (contrabajo) y Eliot Zigmund (batería), trío que se mantuvo hasta 1977, Evans probó suerte con multitud de acompañantes y, tras muchos devaneos, apostó por unos jovencísimos Marc Johnson y Joe LaBarbera en el contrabajo y batería respectivamente. Creado en enero de 1979, este trío sería el último de Bill Evans.

La nueva formación rápidamente cuajó y alcanzó una complicidad pasmosa que asombraba a Evans. Los dos acompañantes eran músicos generacionalmente posteriores y, sin embargo, se entendían a la perfección con el pianista. La compenetración rítmica, la sincronía y la consistencia del trío eran como las de un motor recién engrasado y hacían de la formación algo mágico y capaz de explotar en cualquier momento. No tardaron en decidir entrar al estudio –sólo lo harían una vez–, y el resultado fue We Will Meet Again, un interesante álbum que Evans dedicó a su hermano recientemente fallecido. Recién grabado el disco, emprendieron una gira internacional por Sudamérica y Europa visitando 21 ciudades en 24 días (Buenos Aires, París, Roma, Niza, Madrid…) actuando tanto en clubes de jazz como en grandes auditorios. El evidente desgaste que con tanto viaje sufrió el trío conllevó que no estuviera al nivel más alto. Sin embargo, alguna de las actuaciones recogidas discográficamente fueron muy aclamadas por la crítica y recibieron importantes premios. Es el caso de The Paris Concert. Edition One, reconocido como mejor disco del año en Francia, y para algunos el más importante del pianista.

Durante su paso por Europa, el trío de Bill Evans recaló en Madrid y durante dos días actuó en el ahora desaparecido Balboa Jazz Club. El doble CD, Bill Evans. The Complete Balboa Jazz Club Performances, recoge el concierto del 12 de diciembre y es bastante representativo de la dinámica emprendida por el pianista durante sus últimos años: un Evans desgarbado que, con la cabeza vencida sobre el teclado fundiéndose pianista y piano, tocaba para sí mismo y sin mostrar ningún interés en el público, sólo en su música; y que volvía a ser la estrella del espectáculo en detrimento de sus acompañantes, porque este último Evans sufrió una especie de involución al traicionar su concepto original del trío camerístico que había alcanzado con LaFaro y Motian. La calidad del sonido del doble CD es pésima: el piano –bastante tosco– se escucha lejano, el contrabajo parece que está y la batería apenas se intuye. Tampoco se oye una palabra de Evans, aunque tampoco podían esperarse muchas. Pese a todo, el pase hizo las delicias de los asistentes, cuyos aplausos, gritos y ovaciones atronadoras quedaron registradas en la grabación.

La estructura del concierto –o del CD– responde a una planificación precisa que Evans seguía desde hacía años. Las dos horas de actuación se dividían en dos partes: la primera contenía seis o siete números contrastantes a modo de suite barroca, y la segunda comenzaba con Evans solo al piano interpretando uno o dos temas, seguidos de otros dos a dúo con el contrabajo para, a continuación, reunir al trío completo, que solía terminar el pase con Nardis, la página de Miles Davis que servía para el lucimiento de los tres componentes a modo de catarsis final. Quizá por la mala calidad de la grabación, algo que no explica Lawrence Steel en el libreto, se han perdido en torno a veinte minutos de música, lo que puede haber producido que la ordenación del pianista no se haya respetado, licencia poco inteligente que se han permitido los editores y todo un atropello al pensamiento musical del trío. De lo que nos queda de ese concierto del 12 de diciembre, se observa que la agrupación combinó cinco temas originales de Evans –algunos añadidos recientemente al repertorio como Laurie, Five y Bill’s Hit Tune con clásicos del repertorio del pianista, así como estándares de Gershwin o Mandel.

Re: Person I Knew (Bill Evans) es un homenaje musical del pianista a su antiguo productor Orrin Keepnews firmado en 1962. El carácter progresivo del tema, su estatismo y el papel discreto del trío sirven de preludio al propio concierto. Seguidamente, el piano toma las riendas de la interpretación de una melodía deliciosa de Gershwin, When I Fall in Love, donde a pesar de ser Evans el protagonista absoluto, es acompañado magistralmente por sus dos compañeros. Otra melodía lenta y apesadumbrada de Gershwin, My Man Has Gone Now toma el relevo. Aquí el papel activo de Johnson se realza con la improvisación tan lírica como virtuosa de su contrabajo tan bien entendido. Quizá uno de los momentos clave que tuvo lugar en ese estrecho sótano de Madrid se vivió durante Theme from M.A.S.H (Johnny Mandel), cinco minutos de efervescencia y de locura, de viaje por registros, timbres y lejanas regiones tonales. La labor de Johnson y La Barbera queda más que apuntalada en Blue in Green (Miles Davis), tema donde los continuos cambios de ritmo y de tempo de balada a swing harían sudar a más de uno, pero que el trío era experto en solventar. If You Could See Me Now (Tadd Dameron) es una de esas baladas en las que Evans prefiere tomar las riendas con el respaldo de sus acompañantes, que esa noche supieron estar a la altura. En Up with the Lark (Jerone Kern) queda explícita la complicidad entre los tres componentes a la vez que resalta la genialidad de Johnson, cuya improvisación le valió fervientes aplausos. Otra de las baladas interpretadas con elegancia y fineza por Evans y con él solo como protagonista es I Do It for Your Love (Paul Simon). Five (Bill Evans) es una melodía bop de aire cromático, cuyo trepidante y endiablado swing le sirve a Johnson como punto de partida para una larga improvisación. Uno de los temas propios de Evans es Two Lonely People, donde el pianista se recrea armónicamente en la introducción y Johnson se muestra exquisito. En el sencillo tema, también de Evans, Bill’s Hit Tune, el estadounidense aprovecha para desplegar sus dotes de acompañante preparando el terreno para el distinguido solo de Johnson, mientras que LaBarbera se reivindica como motor rítmico en los continuos cambios de tempo. Otro de los homenajes es Gary’s Waltz, dedicado a Gary McFarland: ahora Evans, seguido por sus compañeros, maneja a su antojo las armonías impresionistas y las fluctuaciones de la elegante melodía. Laurie es un tema dedicado a la hija del pianista en el que el propio autor explota sus habilidades técnicas e ilustra su gusto por las tensiones armónicas. En Like Someone in Love (Johnny Burke), un activo LaBarbera y un Johnson con un delicado sentido de la melodía abonaron el terreno para que Evans sacara su mejor registro y esa noche del 12 diciembre se viviera un momento especial en el Balboa.

Sí han respetado los editores de Gambit Records la posición final y la función de cierre de Nardis (Miles Davis). Con una duración monumental de más de 17 minutos, su severa tosquedad y aspereza preparan la apoteosis final del trío, donde sus integrantes se desinhiben y, completamente desnudos, dan rienda suelta a su creatividad con improvisaciones de seis minutos cada uno. Un cierre que no podía más que arrancar los alaridos de un público absolutamente entregado tras toda una exhibición de talento musical: los inconfundibles ornamentos melódicos y los característicos voicings de Evans; los geniales glissandi de Johnson, la sorprendente facilidad para combinar melodía y armonía, así como su habilidad para moverse por el registro agudo –siempre afinado–; más la inteligencia, previsión y capacidad rítmica de LaBarbera.

Se ha dicho que este último trío de Bill Evans, tan efímero, fue el de mayor calidad, que funcionaba como un motor recién engrasado y que la compenetración entre los tres músicos era más que prodigiosa. Lo cierto es que, en las postrimerías de su carrera, el pianista alcanzó sus mayores cotas de musicalidad quizá debido a la introspección impuesta por su situación personal y su delicada salud. Pese a todo, se sobreponía a sus fantasmas y, cuando subía al escenario, que surgiera la magia tan sólo era cuestión de tiempo. Es más que probable que The Complete Balboa Jazz Club Performances no pase a la historia como uno de los mejores CDs de la historia del jazz, ni siquiera como uno de los mejores de Bill Evans. Pero si pensamos que esta pobre grabación es el registro de la actuación del trío en un sótano un tanto sórdido de Madrid –con ese halo de secretismo que conlleva– y que, además, se presenta como uno de los pocos testimonios discográficos del último trío del pianista; nos damos cuenta de que estamos tratando con una pequeña joya –es verdad que sin pulir– que seguramente sabrán disfrutar todos los amantes de la música del pianista estadounidense.

Juan Carlos Justiniano López

Imagen tomada de: http://indianapublicmedia.org/nightlights/files/2011/03/Bill-Evans-After-Vanguard.gif.

     
     
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