¡Fuera la Giralda!

Una mirada de El gato montés más allá del folclorismo

NOCHE CON RITMO Y SIN LUNA
Lady Be Good y Luna de miel...

Javier Suárez Pajares

JOYAS Y TERNURA
Château Margaux y La viejecita

Carlos Añón

FONDO DE ARMARIO
Los diamantes de la corona en la Zarzuela

Javier Suárez Pajares

El gato montés. Manuel Penella. Teatro de la Zarzuela, del 23 de noviembre al 2 de diciembre de 2017.Nicola Beller Carbone (23, 25, 29 y 1), Carmen Solís (24, 26, 30 y 2), Milagros Martín, Itxaro Mentxaka, Juan Jesús Rodríguez (23, 25, 29 y 1), César San Martín (24, 26, 30 y 2), Andeka Gorrotxategi (23, 25, 29 y 1), Alejandro Roy (24, 26, 30 y 2), Miguel Sola, Gerardo Bullón. José Carlos Plaza (dir. escena). Ramón Tebar (dir.). Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid.


 

El 1 de junio de 1917 se representaba por primera vez en Madrid El gato montés de Manuel Penella en el Gran Teatro que ocupaba el local donde hoy se erige el Consejo Superior del Poder Judicial. La producción, tras estrenarse en febrero de ese mismo año en Valencia y haberse representado en Barcelona con gran éxito, llegaba a la capital precedida de un gran reclamo causado por las buenas críticas que la ópera había cosechado. En palabras de los expertos de la época: “el aplauso fue unánime” en un teatro “lleno hasta los topes”.

Su éxito no se limitó a los teatros de ópera española, sino que también tuvo un gran recorrido por América, tanto en las viejas colonias hispanas como en Estados Unidos. En diciembre de 1920 sería interpretada en el Park Theater de Nueva York, manteniéndose en cartel durante diez semanas consecutivas. El éxito de la ópera en los teatros del Nuevo Mundo fue, sin duda, mayor que en Europa, algo que no ocurrió por casualidad. Los propios críticos admitieron tras el estreno de El gato montés en Madrid que se trataba de una obra concebida para ser interpretada en los teatros americanos.

Manuel Penella durante su juventud se había embarcado en la aventura de “hacer las américas” ejerciendo los más diversos oficios, desde militar hasta pintor, dedicándose incluso al toreo, al igual que uno de los personajes principales de El gato montés: Rafael Ruiz. Durante estos años de juventud y en la gira que realizó por Argentina una vez consagrado como compositor en 1912, Penella tuvo la oportunidad de acercarse al público americano, de tal modo que cuando compone El gato montés lo hace no solo con un conocimiento profundo del mundo que plasmaba, sino también pensando en el público que más va a aclamar su obra: el americano. En un mundo mucho más lento que el actual las modas tardaban en llegar de un continente a otro; el verismo que tanto había triunfado en Europa era el último grito en América, y eso es precisamente lo que nos ofrece Penella en El gato montés.

Así, en esta obra encontramos numerosos rasgos del verismo: el regionalismo o la música popular, de la que se muestran no solo los sonidos que nos recuerdan a Andalucía, sino también los toques de corneta y los pasodobles sin los cuales es inconcebible el mundo de la tauromaquia. El intento de componer una música verosímil tuvo tanto éxito que el célebre pasodoble con el que Rafael entra en La Maestranza se ha convertido en melodía habitual para los paseíllos y lizas en el ruedo. Esta suerte de ironía mediante la cual lo académico pasa a ser popular no es sino un ejemplo más de lo que ya había ocurrido con, por ejemplo, la “Gran jota” de La Dolores de Tomás Bretón.  

No debemos olvidar otra importante característica de las óperas denominadas veristas: la moral heroica que adquieren personajes habitualmente marginados por la sociedad. En este caso, cabe destacar a los personajes principales: el bandolero Juanillo, cuyo mote da nombre a la ópera, y la gitana Soleá.

Sin embargo, no durarán en confirmar que hoy en día ni en Europa ni en América el verismo está de moda. Recuerden que empezaba este artículo haciendo referencia a que hace cien años se interpretaba por primera vez en Madrid. Desde entonces, no solo ha cambiado el público, sino también la propia intención de la obra. José Carlos Plaza no ha adaptado El gato montés para ser representada en América, sino en la España del siglo XXI, donde el casticismo tan asociado durante muchos años a la zarzuela ha quedado –por fin– apartado.

¡Fuera la Giralda y el puente de Triana! El dorado de los trajes de luces y, en definitiva, todo lo que recuerde al colorido de los escenarios de las zarzuelas y revistas de principios de siglo. Esto no es La verbena de la paloma, ni El cantor de México. Esto no es una zarzuela ni una opereta, es una ópera que tiene una historia dramática que contar. Fuera la luz y… ¡que entren las tinieblas! No vamos a ver la Sevilla de los coloristas carteles que anuncian la celebración de espectáculos taurinos en La Maestranza, ni el “alumbrao” de la Feria de Abril, sino la Sevilla de Francisco de Zurbarán: los tiempos duros, las tinieblas y la omnipresente religión.

El espectador que asista a las próximas representaciones de El gato montés no debe quedarse en la superficie de la obra –el folclore, el patriotismo o la tauromaquia–, sino que, en un ejercicio de intelecto y con la ayuda de la escena creada por José Carlos Plaza y la música de Manuel Penella, debe sumirse en las tinieblas y apreciar tanto lo más oscuro como lo más brillante del alma humana.

David Santana Cañas

     
     
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