Entrevista al grupo español de gipsy-jazz Menil, próximamente en Madrid

“El mundo del jazz se ha revitalizado en los últimos cinco años. No conseguimos que haya más público, pero sí propuestas más interesantes”

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Menil, Centro Cultural Salamanca, Madrid, 1 de diciembre de 2017, 21h.


 

Menil es un grupo de jazz que interpreta swing nacional. Su propuesta: difundir y modernizar el gipsy jazz de Django Reinhardt y Stephane Grappelli. Inspirado en el ambiente musical de teatros y cafés de los años 30, toma su nombre del distrito de París Ménil Montant donde nació su artífice, el guitarrista Fred PG. Junto a él conforman el grupo Raúl Márquez (violín), el apasionado autodidacta Javier Sánchez (guitarra) y Gerardo Ramos (contrabajo). Gracias al ático insonorizado de Fred, en 2015 grabaron su segundo disco con relativa tranquilidad, una revisión de estándares de los años 20 a 50 que incluye temas de Cole Porter, Charlie Parker, Angelo Debarre y Stochelo Rosenberg. Nos reunimos antes de un concierto a cuentagotas: Fred PG con su visión europea y plural que le ha permitido observar la necesidad de dar a conocer el gypsy-jazz en España; Javier escondido tras sus respuestas escuetas mientras calienta a la guitarra, y Gerardo, siempre afable, paciente con Raúl Márquez, que llega el último desde que, dicen, se le contagió la impuntualidad compartiendo cuarto con un gitano. Uno a uno, todos van entrando en la conversación. El próximo 1 de diciembre a partir de las 21h harán sonar de nuevo su jazz manouche en el Centro Cultural Salamanca.

¿Qué es lo que os define como grupo?

Germán: Partimos de la base de hacer este jazz gitano, jazz manouche en francés, un estilo que se generó en los años 30 en Francia, en París, cuando confluyó el swing que venía de EE UU con la música de raíz gitana procedente de Europa central. Esa mezcla dio origen a este estilo. Nosotros tampoco interpretamos el estilo de forma ortodoxa, lo hemos adaptado a nuestra manera de tocar, a una técnica y época propias, y eso ha dado lugar a algo nuestro.

¿Sentís más cerca a Stephan Grappelli o Django Reinhart que a Cole Porter, que viene del otro lado del Atlántico?

Fred: Sí, claro, esta música es de París.

George: Fred, que es de París, fue el culpable de que nos juntáramos como grupo. Él se dio cuenta de que esta música es poco conocida en España. Este estilo es muy melódico, muy asequible para una primera escucha de público que es aficionado al jazz, pero tampoco es un entendido. Es muy agradable de escuchar.

Fred: Aquí en España este estilo es muy poco conocido todavía. Ahora mismo en Francia hay un renacimiento muy fuerte de esta música, muchos jóvenes han empezado a tocar a un nivel muy alto, se ha puesto de moda. Estas guitarras, que son particulares de este estilo, se venden mucho, tienen una estética de los años treinta. Se han vuelto a fabricar millones de ellas. Se distinguen por la forma, tienen el diapasón más largo, son cuerdas metálicas. No es una guitarra clásica ni una guitarra folk, es una mezcla de ambas.

¿Cambia mucho el sonido de esta guitarra cuando la amplificas?

Fred: La enchufamos a una pastilla, que va aparte. La mía es más bonita, la de Javier suena mejor. Entonces yo me voy con la tuya… le digo a Javier. [risas]

Gerardo: Es un diseño de Guzz, Jorge Guzmán, un gallego que vive en Madrid. Guzz ha hecho ese diseño, y lo está vendiendo por todo el mundo.

Veo a toda la gente ocupada, andando mientras mira el móvil...

[Suena el teléfono, risas. De repente los músicos se preocupan de si han cancelado una mesa que habían reservado y todos perdemos la concentración por un momento]

¿Qué espacio hay para el jazz dentro de esta locura que vivimos hoy en día?

Germán: Somos rara avis, el jazz siempre ha sido un estilo minoritario y ahora lo sigue siendo. Pero aquí en Madrid ha habido un resurgimiento, hay más garitos que programan música en directo, jam sessions donde improvisar, oferta de grupos, gente joven que está pegando fuerte y subiendo el nivel. Hay una efervescencia, el mundo del jazz se ha revitalizado en los últimos cinco años. No conseguimos que haya más público, pero sí que haya propuestas más interesantes.

Javier: Además, a través de las redes sociales hay más acceso al jazz. Escuelas como Musikene, Esmuc, o Navarra han permitido que gente joven pueda estudiar en un sitio oficial.

Germán: Sí, antiguamente había tres opciones: la gente tenía que estudiar con profesores particulares, ser autodidacta y buscarse la vida por su cuenta, o irse a EE. UU. Ahora hay más escuelas, internet es una fuente inagotable de información, vídeos, solistas… Hay mucho material y más oportunidades para aprender jazz.

¿No tiene eso el peligro de que el jazz se vuelva más académico?

Javier: Que estudies en una escuela no significa que toques bien.

Germán: Siempre hay una parte del camino que tienes que andar tú. Sólo tú vas a conseguir un sonido propio o una forma particular de tocar. Eso te lo vas a cocinar tu solo, con la información que puedas haber obtenido en escuela, en internet o como sea. Una parte ahí es tuya, y eres tú el que tienes que crecer. De eso Javier puede hablar, porque es muy autodidacta.

Javier: Estudié armonía con un profesor hace un montón de años. Yo ya tocaba la guitarra, pero quería saber por qué sonaban bien, no podía ser inspiración, eso no es que no exista, pero no me parecía real. Se engaña un poco a la gente con eso, que tienes que nacer con talento… No me lo creo. Estudié armonía con un tipo que me enseñó la relación entre el ritmo, la melodía y la armonía. Fui comprobando por mí mismo que eso que me había dicho era verdad, fui analizando y veía que coincidía con lo que me había enseñado teóricamente. Pero con la guitarra sí he sido autodidacta. Me enseñaron los acordes básicos, después tuve un profe guitarrista, pero tampoco me enseñó nada en especial. Pero acabé en el jazz por él, me abrió esa puerta. El estudio de la guitarra ha sido por mi cuenta, pasando la teoría al instrumento, independientemente de que sea guitarra o piano. La música la aprendí directamente. No tuve a un guitarrista que me enseñara este acorde es así, esta escala es de esta manera… [toca].

En música clásica tenemos el fantasma de qué será eso del groove en jazz…

Fred: Hay un tema que se llama “It don’t mean a thing, if you ain´t got that swing”. Significa no tiene sentido si no tienes swing. Y es verdad, si un tema no camina, uno se aburre.

Javier: yo creo que es una lucha con el ritmo. Depende de las frases que hagas, pero sobre todo del ritmo. Ahora lo sé desde hace muchos años, pero antes, cuando veía a alguien tocar y no me gustaba, no sabía por qué era. Me acabé dando cuenta de que era porque no tenía buen ritmo. Puedes tocar las notas bien o no, pero si el ritmo no está bien, para mí no vale para nada. Esta música no es como la música clásica, en la que tienes diferentes tempos dentro de la misma obra. Nosotros marcamos un tempo y lo intentamos mantener... Menos Raúl que quiere siempre tocar más rápido [risas]. Puede haber un final que sea a un tempo más rápido, pero en general se elige un tempo y se mantiene.

A mí me asombra la capacidad rítmica africana, cómo tienen el ritmo tan integrado que parece que les nace de dentro.

Javier: Pero es práctica. Si les sale bien es que han practicado más que otros. Porque ni todos los gitanos tocan bien ni bailan bien, ni todos los africanos tocan bien la percusión.

Germán: A lo mejor influye que desde muy pequeñitos lo han tenido muy cerca, desde edad muy temprana, eso marca tu educación.

En el ámbito de la música clásica, los conciertos son un arma de doble filo porque, aunque ruedas las piezas, también las puedes “viciar”. ¿Existe ese peligro en el jazz? En caso afirmativo, ¿cómo habéis logrado compaginar los conciertos con la grabación del disco para que el resultado sea fresco?

Gerardo: Sí, hay días que conectas mejor que otros a la hora de interaccionar con los demás.

Javier: Aparte de que nos da de comer, hay mucho que hacer, así que si estás saturado de una cosa te pones a hacer otra.

Gerardo: O te vas a la piscina… [risas]. En este segundo disco el proceso se ha prolongado. Lo grabamos en casa de Fred, que tiene un estudio en su ático, con lo que ganamos del primer disco, que grabamos en directo.

Raúl: Hay que alimentarse con las historias. Yo estuve de gira con una compañía de flamenco, y mi compañero de cuarto era gitano. Estuvimos por todas partes: Japón, Sudamérica… No se trata sólo de música, es un modo de vida.

Después de la entrevista hay concierto. Los camareros se empeñan en colocar a todo el mundo en su sitio. Desfilan los temas de Stephan Grappelli, Cole Porter o Charlie Parker ante una audiencia atenta, a excepción de una extranjera, que baila demasiado borracha para atender. Gerardo extiende con su sonrisa un aura de bienestar, los abarca a todos, cómodos en torno a él. Me conmueve su preocupación, ya empezado el concierto, porque todos sus invitados consigan sitio en el local, excesivamente estricto con las entradas. Él y Fred son imprescindibles para aglutinar el grupo, que en palabras de Raúl: “funciona muy a nuestro pesar”. El violinista, que durante la entrevista apenas ha hablado, se transforma sobre el escenario. Nostálgico, animal, ágil, intercala algún pasaje clásico con su danza musical. Se agradecen los solos de Javier, el timbre dulce y grave de un be-bop acelerado que domina, aunque no es su estilo preferido. Entre el público destaca un grupo de ruidosos que trata de hacerse entender por encima del violín. Son una isla en el mar que asiente concentrado al compás de este ritmo salvaje. Una mujer con rosas en el vestido se abanica con los ojos cerrados, bañada en luz roja. Las últimas palabras de Raúl flotan en el aire: “no se trata sólo de música, el gipsy-jazz es un modo de vida…”. El trance surte efecto: ya no se distingue a la mujer, de las rosas, del rojo, del bálsamo del gypsy-jazz.

Camila Fernández Gutiérrez

Fotografía: Tania Martínez Raposo y Andrea Antelo Magán

     
     
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