Golosinas y besugos trágicos Escúchalo en Spotify

La Filarmónica de Londres en Madrid

DEL ENTENDIMIENTO ENTRE MÚSICOS
Diálogos cruzados

Mª Cristina Ávila Martín

BRAHMS Y EL RESTO ES MALEZA
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Mario Muñoz Carrasco

Ciclo Ibermúsica. J. Brahms, Obertura Trágica, op. 81. W. A. Mozart, Concierto para piano y orquesta núm. 17 en sol mayor, KV. 453..A. Bruckner, Sinfonía núm. 1 en do menor, A. 77 (Versión de Linz, 1866). London Philarmonic Orchestra. Dir.: Vladimir Jurowski, Nicholas Angelich (piano). Auditorio Nacional, 15 de diciembre 2012.

Según Aristóteles, la tragedia clásica permite ver reflejadas en el escenario distintas formas de comportamientos humanos, enfrentando las pasiones comunes de la vida como un todo, ofreciendo la posibilidad de abarcar la perspectiva total de la existencia, y experimentar la consecuencia de las acciones y la expiación de los errores. También es sabido que, según La poética, una buena tragedia se compone de tres principales componentes dentro de una acción compleja: la peripecia, el reconocimiento y la pasión. Pues bien, este concierto no podría tener una estructura más acertada. A modo de metáfora vamos a ir trazando nuestra tragedia griega.

La obra, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Londres en homenaje a Georg Solti, tendría como “peripecia” la Obertura Trágica op. 81 de J. Brahms, o bien Obertura fúnebre, como el autor la definió también y señala Arnoldo Liberman en el programa de concierto. En esta sección de la tragedia las cosas se tornan en sentido contrario, y dicha inversión debe acontecer, en palabras de Aristóteles, o por necesidad o según probabilidad. Esto sucede por la comparación con la obra que la precede cronológicamente, Obertura para un Festival Académico, compuesta en el verano de 1880 en Bad Ischl, hermana de la otra, una siendo risueña y la segunda llorosa; una expresa la alegría juvenil y la otra pura nostalgia. Y es verdad que la obra puede llegar a reflejar cierta tristeza al público que descubre que, por motivos acústicos en la grabación directa al concierto, se ha modificado la disposición instrumental clásica con la que hubo de haberse interpretado en el concierto de manera adecuada. ¿Fueron cuestiones económicas las que imperaron en tomar la decisión de que la calidad sonora viniera a posteriori en la grabación y no en directo? No lo sabemos, pero cierto es que uno siente un estado de aflicción cuando le venden besugo al horno, con su alto precio en el producto, y descubre que sabe a golosina –que aunque tenga un dulce y sabroso gusto, sigue sin ser besugo–. No obstante, el trabajo orquestal contrapuntístico y el protagonismo de las intempestivas trompas hicieron desatar el clamor en un público eufórico ante el resultado sonoro.

Siguiendo con nuestra tragedia y desarrollado el conflicto ocurrido durante la peripecia, llega “el reconocimiento”, es decir, la inversión o cambio de ignorancia a conocimiento que lleva a amistad o enemistad de los predestinados a mala o buena ventura. Se produce en manos de la batuta del buen director Vladimir Jurowski junto con Nicholas Angelich como protagonista al piano, con el Concierto para piano y orquesta núm. 17 de W. A. Mozart. Cualquier amante de la música de Mozart descubre escuchándola un sinfín de ambigüedades que conducen al esclarecimiento final. Un conjunto de tribulaciones infinitas de la raza humana que llegan a dar a luz el conocimiento del Absoluto. Todo ello se refleja con el delicioso sonido extraído de las frases de piano que se enlazan con el acompañamiento orquestal. Los temas pasan de ser claros y delicados en el Allegro, cambiando su carácter hacia un estado de conflicto e inquietud del Andante,esta vez sí, con una correcta disposición instrumental historicista. El tercer movimiento es una confrontación entre lo trágico y amargo de algunas de sus variaciones con lo bello y dulce de su primer tema.

Como ocurre en toda tragedia, se debe producir un cambio de dicha a desdicha, pues si no, no se debería incluir dentro de este género. Pero bien sucede que, como en palabras de Georg Trakl cuando dice “Yo estoy siempre triste cuando soy feliz”, la desdicha que se produce en la Sinfonía núm. 1 en Do menor es simplemente maravillosa. Con esta obra se produce “la pasión” –definida como una acción perniciosa y lamentable– como muertes en escena, tormentos y heridas y cosas semejantes. El tormento de Bruckner es la pregunta sobre el destino final. La orquesta pasa a ser un órgano de muchos timbres que deja entrever al público que aquello que tenían por cierto y consagrado, conseguido con el concierto de Mozart, se torna en incertidumbre hacia una sola pregunta eterna. En “la pasión” no puede caber más que desdicha. Vuelven las tribulaciones representadas por cromatismos de influencia wagneriana, los grandes contrastes de fff a ppp y los arpegios interminables hacen bajar del cielo a la tierra y subir de nuevo. Con todo ello finaliza nuestra tragedia y se consigue el objetivo deseado por Bruckner: que los hombres consiguieran escuchar a Dios con su música.

María Elena Cuenca Rodríguez

Imagen de portada: quinoff.blogspot.com.
Imagen interior: qtpthescript.blogspot.com.es.

     
     
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