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Víctor Lenore abre la música indie a las controversias sobre estética y precariedad

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Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural. Víctor Lenore, Capitán Swing. Madrid, 2014. ISBN 978-84-942879-4-7.

Víctor Lenore ha escrito un libro que el panorama cultural del momento necesitaba: un texto provocativo, directo, agresivo a veces. Un panfleto con todas las de le ley cuyo objetivo obvio es montar gresca. Y vaya si lo ha conseguido. Indies, hipsters y gafapastas ha abierto el debate en un mundo, el de la prensa musical, en el que las discusiones tienden a centrarse en meras cuestiones estéticas. ¿Es mejor el último disco de Arcade Fire o el primero? ¿Son los Black Keys revolucionarios o involucionistas? ¿Cuáles son los 300 discos imprescindibles? Y así hasta la eternidad, con la pared amueblada de vinilos y un CD como punto en el horizonte y con las propias revistas musicales como obras de referencia. De modo que la aparición de un libro que tilda a la crítica musical de clasista, ajena a su entorno y obsesionada con los mismos sempiternos referentes anglosajones, y que ha generado tanta respuesta en el mundillo, ha logrado por lo menos que unos cuantos se revuelvan en sus sillas de trabajo. Ha logrado que algunos comiencen a cuestionarse si no ha llegado el momento de repensar un poco cómo escribimos sobre música, que es el camino a llegar a reflexionar sobre nuestra manera de pensarla y sobre el lugar que le otorgamos en nuestro mundo social y cultural.

He disfrutado enormemente leyendo el panfleto. Me he reído, me he visto reflejado en algún pasaje, me he sentido identificado con el autor y me he indignado un montón de veces. Tengo el libro subrayado, marcado con pegatinas, anotado en los márgenes. He seguido las broncas en Facebook y el blog y hasta he presentado un par de ponencias sobre la crítica musical en España echando mano del libro, a veces para rebatir ideas, a veces para hacer otras mías. Sólo por eso, por el inmenso abanico de temas que toca y por lo directamente que me han afectado, no tengo dudas de que este es uno de mis libros del año.

Dos son, a mi juicio, las líneas de crítica sobre las que el libro lanza sus andanadas. La primera, que los hipsters viven ajenos al mundo en el que viven. Son apolíticos, rehúyen todo tipo de acción colectiva, son salvajemente individualistas y su arma intelectual favorita es la ironía, con la que refuerzan su desprecio hacia los que son diferentes a ellos y evitan tomar partido. Puesto que esta corriente estética (llamarla tribu urbana sería desprestigiar a las que sí lo son) es la base del ejército de lectores y a menudo de escritores de cierta prensa musical, ella misma es la culpable de esos mismos pecados.

El individualismo lleva al consumismo como forma fundamental de crearse una identidad en este mundo líquido contemporáneo. Los hipsters basan su identidad en el consumo de determinadas referencias culturales y estéticas y unas adscripciones profesionales urbanas que esconden su precariedad: apenas ganan para vivir pero tienen trabajos creativos y gustos elevados que requieren de un constante trabajo de puesta al día. Son elitistas porque desprecian los gustos de la masa que no posee su mismo capital cultural, pero están alienados ya que no son capaces de reconocer que su afán de distinción es una huida hacia delante. Celebran el capitalismo, han abrazado los mitos del emprendedor y del coolhunter, sin darse cuenta de que el capitalismo es un monstruo que cambia constantemente de cara con el fin de adaptarse al entorno social y maximizar el beneficio, como ha señalado uno de los autores de cabecera de Lenore, el Thomas Frank de La conquista de lo cool.

En este sentido, Indies, hipsters y gafapastas no es sólo una crítica hacia ciertos entornos culturales y sus medios de comunicación. Es una exploración de las condiciones de producción de toda una generación de jóvenes urbanos a la que la actual reorganización capitalista está abocando a la precarización. Primero fue bajo el amable paraguas de la clase creativa que hace las ciudades más cultas y enrolladas (a costa de expulsar a todos los que no comulgan con sus credos y generando ingentes beneficios para la especulación inmobiliaria). Ahora bajo la menos simpática cara del ajuste presupuestario, la eliminación de servicios públicos y la exclusión de grupos sociales de una sociedad del bienestar cada vez más erosionada.

Tengo la sensación de que no era precisamente la intención de Víctor Lenore subrayar este último conjunto de temas, sino más bien hacer un ajuste de cuentas con su propio pasado, del mismo modo que lo ha hecho Nacho Vegas en el prólogo. Dos iconos del indie patrio, uno con la guitarra, el otro con la pluma, van de la mano revisando sus biografías, sus momentos de deslumbramiento, sus primeras dudas en la verdad suprema de la biblia indie y su ulterior caída del caballo para abrazar otros esquemas sonoros, otras temáticas y otras actitudes vitales, sociales y políticas. Es de agradecer la honestidad de estas revelaciones, y es llamativa la furibunda reacción que ambas han generado, como si renegar del pasado y abrazar nuevos credos no fuese, precisamente, una característica clásica de los artistas más creativos (véase Rodríguez Lenin, 2014).

Abriendo el foco, el ensayo de Lenore se emparenta en tono con otras obras recientes de compañeros de andanzas y de generación. El pasado año en Sociofobia César Rendueles (como Lenore, miembro en su momento de Ladinamo) pasaba revista a su anterior optimismo hacia la capacidad de conexión de las redes para concluir que estas no nos pueden ofrecer lo que más necesitamos en este momento, que es el cuidado mutuo. Más recientemente, David García Arístegui en ¿Por qué Marx no habló del copyright? revisaba las políticas recientes de propiedad intelectual para concluir que el movimiento de licencias libres no ha logrado solucionar los problemas de diseminación de conocimiento y la justa retribución a los autores, que han dejado en manos de meros formulismos legales lo que requiere de una acción laboral conjunta. Son obras de madurez de un grupo de pensadores que llegan a los cuarenta con un notable bagaje intelectual y también militante, y que reflejan los aires de cambio que soplan en este momento y una sosegada reflexión tras años de transformaciones generados, en buena medida, por la aparición de internet en nuestras vidas. Tras una fase de encantamiento y hasta de ensueño hemos pasado a un momento de realismo o de escepticismo en la línea de los libros de Morozov (2012) y Lanier (2011).

Ahora bien, como ya he señalado, el libro me ha generado diversos momentos de indignación. Aun compartiendo las líneas generales del diagnóstico, hay matices importantes que aplicar al discurso de Víctor Lenore. El primero, una confusión en torno al objeto de su reflexión: no se puede meter en el mismo saco a los indies, a los hipsters y a los gafapastas porque, por mucho que compartan escenarios urbanos, son especies de diversa índole. Estoy totalmente de acuerdo en la caracterización del hípster, una tribu urbana que no es tal, sino una tendencia de mercado muy bien etiquetada y empaquetada. Es un fenómeno asociado a la ironía, a la sensación de superioridad, al consumo desaforado y a las políticas urbanas de gentrificación, como una vuelta por la actual Malasaña evidencia (y no hablemos de Triball). No son una tribu urbana porque una característica fundamental de estas es su sentimiento de pertenencia: hay gente que se define como punk, mod o heavy, pero nadie dice de sí mismo que es un hípster. Como nadie se identifica con la etiqueta, todo el mundo puede criticarla aunque le sea aplicable: un ejemplo perfecto del método irónico, que permite decir auténticas barbaridades sin comprometerse en absoluto con sus enunciados.

Puede que estos hipsters escuchen música indie, pero cuando yo pienso en esta etiqueta me cuesta no pensar en la sala Maravillas, en la gira Noise Pop, en grupos fenecidos como El regalo de Silvia y en la excitación que uno sentía cuando escuchaba “Chup chup” de Australian Blonde en la radio después de algún corte del Nevermind, después de años esperando canciones que acabasen con el dominio de los epígonos de la movida en las ondas. Cuando escucho decir indie pienso en Sonic Youth, en Sedadoh, en Superchunk. Pienso en Subterfuge y Acuarela y Elefant y en la explosión de sellos independientes de los noventa. En resumen, en un momento de excitación vital, de proyectos colectivos, de exploración y de iniciativas que abrieron un nuevo panorama aunque fuese a pequeña escala. Un movimiento pequeño, de alcance limitado, pero con historia y memoria, y desde luego bastante menos ligado a modas, consumos y gentrificaciones. Y sí, lo reconozco, de obvia inspiración anglo. Tardamos años en aprender que hay vida más allá de Nueva York.

Ese indie está muy lejos de llegar a ser mayoritario. Recuerdo una vez pululando por la facultad haciendo tiempo para ir a La Riviera a un concierto de Beck y Sonic Youth. Cuando me iba encontrando compañeros y les explicaba mi plan, todo el mundo ponía cara de póker. El indie, ese indie, estaba muy lejos de ser la banda sonora de la clase dominante. El tiempo ha pasado, una nueva hornada de grupos ha surgido y sí, es cierto que esos nuevos artistas tienen un papel notable en la conformación de nuestro imaginario, posiblemente debido a que son los grupos que escuchan esas clases urbanas creativas explotadas que trabajan para marcas de referencia. No es que los directivos de Estrella Damm flipen con Love of Lesbian, es que resulta que esos señores han sido capaces de contratar por cuatro duros a un grupo de creativos cuyos referentes culturales sintonizan con los de una amplia capa de la población, precisamente aquella que crea tendencias y que los demás, con menos capital intelectual, se empeñan en imitar. No es que el indie sea la banda sonora de la clase dominante, sino el de la minoría creativa que conforma nuestro imaginario a su imagen y semejanza (aunque vivas en un pueblo de Soria y tus referentes cotidianos tengan poco que ver con los suyos).

¿Es por tanto el indie el nuevo mainstream? Lo dudo. Las listas de éxitos siguen siendo copadas por Pablo Alborán, Malú, Melendi y fenómenos televisivos como Violetta. Comparar la cantidad de personas que asisten a sus giras con las que pasan por los festivales indies da risa. Es cierto que el festival se ha ido configurando desde los noventa en un tipo de ocio juvenil veraniego muy rentable para todos, productores, músicos y consumidores. Te gastas una pasta, es cierto, pero pasas tres días en una fantasía de droga, sexo y rock’n’roll, al sol, rodeado de los amigos, escuchando música hasta hartarte y dándole a la botella hasta reventar. Es cierto que hay festivales más “pijos” y otros más populares, que no se puede comparar ni precios ni oferta ni asistentes del FIB y del Rototom, ambos en Benicassim, el primero copado por público británico, el segundo más popular y multicultural. Pero al fin y al cabo la cantidad de chavales que pasan por los festivales no deja de ser una fracción ínfima de los que pueblan las playas mediterráneas y los paquetes lowcost en Mallorca. Clases medias, es cierto, y blancas (como la mayoría del personal nacional).

Pasemos a hablar de los gafapastas. ¿Es la prensa musical elitista? Sin duda. Como todo fenómeno cultural, fabrica un adentro y un afuera, estás “conmigo o contra mí”. Es tan elitista como la crítica de libros o de arte, celebra ciertos artistas y movimientos y rechaza otros. A veces por moda, a veces por convicción; el gusto se construye a base de rechazar cosas que no te interesan para crear un canon de elementos dignos de apreciación. ¿Es malo compartir gustos y nada más? No lo creo; menos da una piedra. Todos podemos tener amigos con los que pasar excelentes momentos hablando de libros, música o arte pero con los que no haríamos otras cosas, del mismo modo que podemos tener amigos con los que jugamos al tenis y nada más. Más bien yo diría que el problema de la prensa musical es su autismo: en las revistas de libros, en las de cine, en las de arte, hay siempre referencias al contexto, a lo que está pasando alrededor, tal vez no en términos políticos pero si en diálogo con su momento. La mayoría de la prensa musical no hace referencia a estas cuestiones: en el tocho con el que RDL celebra sus 300 números no hay atentados de las Torres Gemelas, no hay 15M, no hay mundial de fútbol ganado por España, no hay tsunamis ni Lehman Brothers. No hay IVA cultural, no hay Ley Sinde, no hay Napster, por referir temas que afectan a la música directamente. La música es un fenómeno aislado del mundo, un poco de racaraca guitarrero, un poco de rumblarumbla de batería, un poco de dub y un poco de house. Sonido puro y duro, atuendos molones, portadas rotundas. Todo lo demás sobra. Después nos sorprende que, fuera del mundillo musical, a nadie le importe la música. ¿Por qué va a hacerlo, si no tiene relación alguna con nuestro día a día?

Después de 10 años trabajando en la prensa musical y otros tantos enseñando en una facultad de periodismo creo que estas son las primeras líneas en las que reflexiono sobre la naturaleza de la crítica y de los fenómenos musicales. Alrededor, muchas voces se han posicionado en torno a los temas que Lenore aborda en su libro, a veces de forma directa (Hernández 2014) a veces de manera un tanto especular (Manrique 2014). Solo por eso hay que señalar el valor de Indies, hipsters y gafapastas. Abrir el melón, obligar a tomar posturas, atreverse a posicionarse, agitar las tranquilas aguas de los entornos musicales para que los fondos fangosos empiecen a agitarse, es un mérito indudable. Muchos deseamos que el debate siga: “sé que duele, es la vida, solo la muerte no causa dolor” cantaban Surfin Bichos en “Mi hermano carnal”. Si se habla y se protesta es porque duele; por tanto estamos vivos. Que siga la bronca.

Héctor Fouce

Referencias

García Aristegui, David. ¿Por qué Marx no habló del copyright? Madrid, Enclave de libros, 2014.

Hernández, Abel. “Sobre lo indie en España” en La Columna del aire, 31/x/2014 http://elcultural.es/blogs/la-columna-de-aire/2014/10/sobre-lo-indie-en-espana-i/ (fecha de consulta: 12 enero 2015).

Lanier, Jaron. Contra el rebaño digital. Barcelona, Debate, 2011.

Manrique, Diego. “Podemos, la vuelta de la canción protesta” en El País, 18/xi/2014 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/17/actualidad/1416249887_186476.html (fecha de consulta: 12 enero 2015).

Morozov, Evgeny. El desengaño de internet. Barcelona, Destino, 2011.

Rendueles, César. Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital. Madrid, Capitán Swing, 2013.

Rodríguez Lenin, Jesús. “Dándonos de hostias (dialécticas). Entrevista con Nacho Vegas”, Rock de Lux 327, abril 2014.

     
     
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