Vida, y transfiguración

Mariss Jansons y la Royal Concertgebouw

VIENA
Y punto

Daniel Muñoz de Julián

EL ELOGIO DEL SIMBOLISMO
La Pasión según San Mateo de Minkowski

Mario Muñoz Carrasco

CUANDO LA CONTENCIÓN DEVIENE...
William Christie hilvanando oratorios...

Mario Muñoz Carrasco

R. Strauss. Muerte y transfiguración. A. Bruckner Sinfonía nº 7 en Mi mayor. Ciclo Ibermúsica. Royal Concertgebouw Orchestra, Dir. Mariss Jansons. Auditorio Nacional. 6 de febrero 2013.

Muy pocas canas sobresalen ya entre la barahúnda de melenas rubias del Concertgebouw. En 2008, la revista Grammophone la situaba como la mejor orquesta del mundo, (incluso cuando no la dirigía Pedro Halffter). Con Mariss Jansons al frente, el progreso artístico e incluso espiritual de la formación permanecerá un tiempo a buen recaudo, imbuido como está su director de un impulso hacia búsqueda de la belleza. Jansons no aspira a tocar bien: aspira a lo inolvidable. A lo que él denomina “el nivel cósmico” de la ejecución musical, “ése donde te atrapa el sonido hasta un punto en el que no puedes prestar atención a ninguna otra cosa”. Sólo cuando el público (NOTA: con “público” no se refiere al de Madrid) reconoce de estado, entiende Jansons que ha estado a la altura. Su solidez asombrosa en el podio le permite entregarse abiertamente a la didáctica en cada concierto. Nos dice “esto es así de hermoso” a cada momento. Nos dice “el espíritu está aquí, en esta frase. Sólo un alma grande hubiera podido crear la melodía que ahora trazaremos para ustedes”. Emparenta en esta filantropía con la sensibilidad y generosidad ultraestética de Carlos Kleiber, del que sin embozo se reconoce admirador. Y si de lo material hablamos, su andadura como asistente de Karajan también deja su poso en una tendencia a lo brillante. Y la orquesta goza con ello, los atriles ríen entre sí (y ello no es en absoluto común en agrupaciones de prestigio tan excelso).

Regalaba al público en esta ocasión Muerte y transfiguración de Strauss. Y si la capacidad de Strauss de orquestar aquí está más allá de la naturaleza, la de Jansons lo está del elogio. Lo sublime, entendido como la medianía entre lo hermoso, lo inasumible y lo terrible, se encarnó en esta obra, que la orquesta (en la que descolló brillantemente el oboe del español Pedro Macías) no interpretó, sino que simplemente mostró en todo su esplendor, demorándose con gusto. Pero si la ejecución fue de verdad excelsa, aun pudo subir más hacia lo inolvidable que Jansons dice buscar en el caso de la séptima de Bruckner.

El planteamiento de Jansons fue perfectamente claro, el propio de quien sabe que no va a ninguna parte sino que el viaje es el propio camino. Los primeros violines fueron en este caso de una transparencia abrumadora, al igual que los bajos, que en esta orquesta son un puntal imprescindible, y dotan de vida cuanto pasa por sus arcos. Las abrasivas trompetas, casi incandescentes, subrayaron un scherzo para el que faltan palabras. Distinguiendo sin tentaciones explosivas la divergente altura de maderas y metales, Jansons perfiló un tercer movimiento rústico, absolutamente convincente, propio de un Bruckner despojado de santurronería y aferrado a una jarra de cerveza. Para el final, toda la orquesta fue una pura entrega en un “trio finale” que fue la última expresión de una intención sincera.

Daniel Muñoz de Julián

Foto tomada de: http://operalia-verdi.blogspot.com.es/2012/01/verdi-requiem-salzburg-2010.html.

     
     
Persíguenos en Facebook Persíguenos en Twitter Visítanos en Instagram Canal de YouTube Spotify ¡Suscríbete!