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El trust de los tenorios y El puñao de rosas en el Teatro de la Zarzuela

El trust de los tenorios/El puñao de rosas, José Serrano/Ruperto Chapí, libreto de Carlos Arniches y Enrique García Álvarez/ Carlos Arniches y Ramón Asensio Mas. Programa doble en el Teatro de la Zarzuela, 6 de octubre 2011. Cipriano Lodosa, José Luis Patiño, Carmen Romeu, Julio Morales, Marco Moncloa, Concha Delgado […]. Dir. escena: Luis Olmos, dir. musical: Cristóbal Soler, Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela, dir.: Antonio Fauró.

Durante los primeros años del siglo XX una energía ubicua –y por ende misteriosa–, la electricidad, comienza a hacer su definitiva aparición en la vida cotidiana. Lucero de Madrid, el Teatro Apolo –por cierto uno de los primeros que contó con instalación de luz eléctrica– fue protagonista en su día de las dos obras que encienden hoy la temporada en el Teatro de la Zarzuela: El trust de los tenorios de Emilio Serrano (1910) y El puñao de rosas de Chapí (1902). Entre tanta y diversa descarga, una servidora, al salir de la representación, no puede menos que acordarse de aquella frase que leyó en su adolescencia en un libro entregado por su papá y firmado por Arthur Köstler que decía: “El muchacho tímido puede compararse con un cable de alta tensión: está rodeado de espesas capas de aislante que lo protegen pero al mismo tiempo le impiden todo contacto con el mundo exterior […]. Si las circunstancias son tales que se establece el contacto entre el núcleo vivo del cable y el medio ambiente, la corriente fluirá libremente y lo más probable es que ocurra un cortocircuito, con gran despliegue de chispas, mientras saltan todos los tapones”. Y es que cada una de las dos obras tiene las características que Köstler atribuye a su timidez: violentas descargas de luz y color en El trust de los tenorios a las que suceden intensas fases de introspección abrigadas por el calor del drama de Chapí.

La primera obra presenta el chisporroteo urbano a través de una gracia actoral –destacando en este sentido la enfática jovialidad de Cipriano Lodosa– que hace brillar el texto de Arniches y García Álvarez. La música, que no conduce el drama sino que se limita a colorear las ambientaciones exóticas, queda algo deslucida, ya que la sombra que arrastra la obra desde su nacimiento, de banda –que no es magnética, sino de charanga– emitió alarmantes señales a través de la orquesta que tuvieron también su reflejo en el desorden de los bailables y coros. Salvaron las partes musicales el flujo continuo de la voz de Julio Morales (en una brillante jota baturra) y la seguridad y densidad –quizás algo excesiva para el papel de cupletista– del templado timbre de Carmen Romeu.

Algo cegados por la violenta luminosidad anterior llegamos por fin a El puñao de rosas que, bien protegido de los cortocircuitos por las densas montañas de Sierra Morena en que se ambienta la obra –en una escena y vestuario de toque bellamente realista–, nos integra de manera mucho más profunda en el drama. Todo ello gracias a la presencia de música que unifica la obra de manera subterránea y que se fusiona con un texto, mu andalú y con musha grasia, también de Arniches, aunque esta vez en colaboración con Mas. Una segunda obra con una música mejor matizada por la orquesta, azuzada por unos protagonistas de buena calidad vocal e interpretativa. Destacan el cuerpo de la voz de Carmen Romeu (Rosario) –cuya proveniencia del mundo de la ópera casa muy bien con el sentido dramático de esta obra– o a la flexibilidad de Julio Morales (Tarugo), que después del despliegue –vocal y festivo– del su papel en el Trust se adapta perfectamente al apocado temperamento de su personaje, reconvirtiendo su anterior corriente vocal en señales intermitentes de candor y gracia, dentro de una vocalidad de tenor bufo. El zeñorito, Marco Moncloa, aunque contagiado por la sequedad del paisaje, supo estar a la altura, al igual que el resto de personajes secundarios, entre los que sobresalió la gracia natural de Aurora Frías (Carmen).

El espectáculo integrado por estas dos obras de los albores del siglo XX –perfectamente explicadas, por cierto, en unas magníficas notas al programa escritas por Enrique Mejías y que para nuestra desgracia ya no se reparten de manera gratuita entre el público– culmina con un final enternecedor. Y si a usted también se le saltó la lagrimita al acabar la representación, no tema, que no era de cocodrilo. Era más bien que, al ver cómo los colores brillantes del Trust se convertían en ocres al comenzar El puñao de rosas, se precipitó al quitarse las gafas de sol que le resguardaban de los destellos del espectáculo anterior, acción aparentemente inofensiva que sin embargo le dejaba completamente desprotegido para siguiente obra. ¡Temerario! Pero… ¿cómo iba usted a imaginar que bajo una sencilla zarzuela se ocultaba una luz tan intensa como para provocar que se le irritara la pituitaria, haciéndole derramar una furtiva lágrima?

Cristina Aguilar

Artículo publicado originalmente en Jugar con fuego. Revista de musicología
     
     
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