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José de Lucía, José de Lucía, El pescador de estrellas, 2011

Hace algo más de un año, en la primavera de 2011, vio la luz el primer trabajo de José de Lucía, apodado entre allegados “De tripas corazón”. Antes de poder escucharlo, los que sí lo habían hecho me prometían algo diferente, de una calidad muy elevada. Cuando por fin llegó a mis oídos supe que no se equivocaban. Y es que el debut de José de Lucía posee una gran frescura, juventud, originalidad y sencillez. Su creador es sobrino de Paco de Lucía, hijo de Pepe de Lucía y hermano de la cantante Malú. Desde luego es este un ambiente idóneo para que un talento tan grande explote en su primer disco, aunque también es muy complicado saber gestionar el peso de semejante apellido.

El disco es puramente instrumental, si exceptuamos los coros de Alicia Gil en “Puerto esperanza”. La guitarra es la verdadera protagonista, subrayada con sencillas y efectivas líneas de bajo. Por supuesto las palmas, junto al cajón y la percusión se encargan de marcar estrictamente los diferentes tempos. También encontramos saxofón, mandola o tres cubano. Estos dos últimos son ejecutados por el guitarrista madrileño Julián Olivares, manteniendo emotivos diálogos junto a José en los temas “La conjura”, “Luz de agosto” y “Puerto esperanza”. Son piezas en las que la amistad que une a ambos se convierte en bellísima tertulia musical.

Una de las claves de la gran calidad en este debut se encuentra en los contrastes estilísticos. Constantemente se suceden las transiciones entre temas frenéticos, donde encontramos una grandísima fuerza gitana, y temas totalmente íntimos y delicados. La garra de los palos flamencos, en “Pulso” o “De tripas corazón”, choca enormemente con la sutileza de “El bosque”, “Madera y cobre” o “Alaire”, de una forma muy positiva para el resultado total del trabajo. Una variedad rítmica que se convierte en el tema central del mismo: desde bulerías, alegrías, rumba, fandangos, etc.

Son dos los aspectos fundamentales que hacen de estas ocho canciones una auténtica obra maestra. El primero es el aspecto melódico. Si bien en cuanto a rítmica, instrumentación o armonía el disco se mantiene en una línea flamenca bastante tradicional, es precisamente en sus melodías donde encontramos una revolución sustancial. En la Historia de la música han sido pocos los privilegiados compositores que contaban con un don especial, un algo que les permitía escribir las más bellas melodías: Mozart, Chopin, Wagner, etc. Sin ánimo de entrar en inútiles comparaciones, sí es cierto que José de Lucía posee ese don del que hablamos. Sus melodías son reconocibles, directas y claras, serenas, de gran belleza, familiares, tarareables, cargadas de emoción… Es difícil explicar desde un lenguaje analítico la calidad que poseen las mismas, sobre todo teniendo en cuenta su enorme sencillez. Quizá ese sea su secreto.

El segundo aspecto que lo hace tan especial es la manera en que José ejecuta la guitarra. Una enfermedad que afecta a su mano derecha le impide tocar con normalidad y le obliga a interpretar su música con púa. José ha conseguido sacar el lado positivo de un duro obstáculo. Y es que ha hecho propia esa novedosa forma de tocar, adueñándose de la situación y creando con ello un sonido totalmente original, que inunda el disco por completo. Es su sello propio, un canto enérgico y melancólico al mismo tiempo. Además ha grabado todos los temas con una guitarra acústica, dejando la guitarra flamenca de siempre.

Al terminar de escuchar los ocho temas es posible que podamos, incluso, conocer un poco mejor al artista, de una forma más cercana, ya que las composiciones poseen este sonido propio, aunque joven cargado de veteranía y vivencias. Todas las canciones contienen un tremendo peso emocional y una personalidad inconcebibles tratándose de un músico debutante. No dejo de estremecerme cada vez que escucho el último tema del disco, “Madera y cobre”. Es una despedida inigualable, un final insuperable, un equilibrio absoluto entre el desgarro del adiós y la esperanza de un hasta pronto. Las canciones tienen alma y José nos descubre su visión del mundo, las marcas de la vida, a través de las seis cuerdas. Sin duda es esto algo que hace mucha falta en las producciones actuales, buenos discos hechos desde el corazón, no desde el bolsillo –así lo relata Paco Ortega, productor del disco, en su blog particular–. La dificultad técnica de sus virtuosísticos pasajes, el intimismo de sus desgarradoras pero dulces armonías, la fuerza de sus ritmos, sus melodías únicas, etc. vuelven a hacer del flamenco una de las mejores músicas que tenemos en nuestro país y nos descubren que este joven guitarrista ha heredado el sentimiento, la creatividad y la genialidad de su familia. Música bien hecha, un trabajo para enmarcar, original y genial desde la primera hasta la última canción, de esos pocos discos que te enganchan desde que los escuchas por vez primera y te acompañan toda la vida.

Carlos Rubio Escudero

     
     
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