Joyas y ternura

Château Margaux y La viejecita en el Teatro de la Zarzuela

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Château Margaux y La viejecita, Manuel Fernández Caballero (música), José Jackson Veyán y Miguel Echegaray (libreto, respectivamente, en versión libre de Lluís Pasqual). Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Miquel Ortega (dir. musical), Lluís Pasqual (dir. de escena). Teatro de la Zarzuela, Madrid, 23 de marzo de 2017.

Hay obras musicales envueltas de ternura que sólo parecen existir cuando desprenden el olor embriagador de la nostalgia. Para Lluís Pasqual, encargado de realizar la adaptación libre de los libretos de Château Margaux y La viejecita, representadas durante estos días en el centro neurálgico de la calle de Jovellanos, este es el caso de la zarzuela y, concretamente, de La viejecita. En el coloquio posterior al ensayo contó algunas anécdotas, como que en su memoria quedaron grabadas a fuego las melodías de zarzuela que canturreaba su madre, y que también escuchaba en la radio de la España clerical-militar. O que, siendo aún niño, durante un viaje en coche de Reus a Barcelona junto a su padre y unos amigos, el primero le pidió que amenizara el viaje con su canto para evitar la modorra, y él, sin dudarlo, entonó y recitó durante todo el trayecto, en modo bucle, todos y cada uno de los números y versos de La viejecita. Este hecho “cambió su vida”: el alarde de memoria les dejó impresionados, motivo más que suficiente para que su padre decidiese que su hijo debía estudiar y olvidarse del negocio familiar, una panadería que Lluís Pasqual abrazaba con pueril seriedad.

Pero como dijo el filósofo español Antonio Escohotado, con la ternura debemos ser ambivalentes, pues aun siendo “la médula de mis huesos [...] corta como una navaja con sus nostalgias”. Es probable que de no ser por la ternura de un Lluís Pasqual que aún sueña ser Norma, no se hubiera llevado a cabo dicha producción: que ambas obras sean “joyas”, como opinan el musicólogo pionero Emilio Casares, el director musical de la producción, Miquel Ortega, o el propio Lluís Pasqual, se puede poner en duda. Lo mejor quizá sea la adaptación, que como una especie de obsesión freudiana convierte al espectador en parte del público de un programa de Radio Nacional de los años 50 llamado Camino a las estrellas, cuyo fantástico locutor, Jesús Castejón, engancha desde el inicio. Ello permite incluir elementos irónicos, paródicos y cómicos sobre el mundo ñoño y mandón del nacionalcatolicismo mesetario, como los arbitrarios aplausos de los militares sentados en primera fila, los anuncios de medicamentos, alimentos y otros productos entonados en dúo o a capela, o el pomposo escenario dorado de La viejecita, que no deja de destacar la ignominiosa distancia entre clases lindantes con el peso del estamento.

Es cierto que Ruth Iniesta resolvió con garbo y voz limpia su transformación en concursante andaluza en la versión radiofónica de Château Margaux, donde destacó ese indeleble y pegadizo vals de aire popular. También que Borja Quiza se enfrenta con soltura al doble papel de Carlos y la viejecita argentina, que hasta que Luis Sagi lo convirtió en un ridículo travestido –que en este caso invita a adentrarse en el terreno de la post-ironía debido al marco de la producción– pertenecía a una mezzosoprano. O que la orquesta estuvo correcta, si bien el original traslado del foso al estudio de radio disminuye su sonoridad. Pero la interpretación difícilmente socorre a obras cuyos problemas se encuentran en la propia esencia de su construcción.

Primero, los paupérrimos libretos, que Lluis Pasqual nos ahorra, al menos, en el caso de Château Margaux, cuyo caso es un claro ejemplo de la descompensación total entre música y acción dramática que por momentos caracterizó al género cuando pisaba el acelerador de las inanidades y exigencias de la corriente principal, que no mainstream. Además, uno de los máximos credenciales de la zarzuela era, como supo detectar Nietzsche en La Gran Vía, la caracterización y fechorías de sus tipos y personajes porque hacía emerger la crudeza de la existencia concreta con un ropaje vil o cómico. Todo lo contrario que en La viejecita. Segundo, en unos números que, en general y a pesar de la maestría y soltura con el color orquestal de Manuel Fernández Caballero, no trascienden más allá de la carcajada efímera y la sobremesa: no sobrepasan el instante.

Comentaba Lluís Pasqual que, como todos sabemos, la zarzuela sufrió el estigma de estar íntimamente relacionada con el franquismo por haber sido reivindicada por las autoridades de la época como un símbolo patriótico. Por suerte, esta sensación da sus últimos coletazos. Pero si allí había reivindicación política y nacional, aquí hay valoración positiva de lo autóctono por el mero hecho de ser un producto de nuestro patrimonio o un tierno recuerdo. Cuando la nostalgia actúa como una navaja, el pensamiento crítico merma, y en el juicio de la obra prima la personalidad sobre el resultado objetivo. Estas joyas parecen desgastadas. Ahora bien, la risotada y la reflexión están aseguradas.

Carlos Añón

Fotografía: Libertad Digital

     
     
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