Judith Jáuregui alcanza el éxtasis

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Concierto-presentación del CD X. Judith Jáuregui. Cinco preludios, op. 5 de Alexander Scriabin; Balada nº 1 en sol menor, op. 23 de Fryderyk Chopin; Nueve preludios, op. 1 de Karol Szymanowski; Sonata para piano nº 5 de Alexander Scriabin. Concierto celebrado en el Palacio del Marqués de Salamanca de la Fundación BBVA, 10 de noviembre de 2016.

Decir a estas alturas que el mundo del disco está en crisis resulta una obviedad. Pero no por obvio está de más recordarlo para valorar el esfuerzo que muchos artistas están llevando a cabo para presentar productos de una enorme calidad. Éste es el caso del cuarto disco de Judith Jáuregui, segundo con su propia discográfica BerliMusic. Sin embargo, el objeto de este artículo no es el disco, sino el concierto que se celebró el pasado jueves 10 de noviembre en la Fundación BBVA.

El acto comenzó con una breve presentación del CD por parte de José Luis García del Busto, en la que esbozó las intenciones de la pianista en su nuevo trabajo. X hace referencia al Poema del éxtasis de Scriabin, compositor que vertebra el disco y cuya Sonata para piano nº 5 está íntimamente relacionada, ya que para su composición utilizó varios versos del poema. Además de la pieza del compositor ruso, la pianista también interpreta la Balada nº 1 en sol menor de Chopin. El músico polaco no sólo inspiró a Scriabin en su primera etapa, sino también a Szymanowski, del que se muestra un ejemplo en el CD a través de sus Nueve preludios op. 1.

Pero una cosa es el disco y otra el concierto, y en éste, aunque se pudieron escuchar la mayor parte de las obras que aparecen en X, el orden fue diferente, provocando que también el discurso cambiara. Judith Jáuregui comenzó con los Cinco preludios op. 15 de Scriabin, lo que hizo que el público se sumergiera directamente en el mundo que quería reflejar a través del programa. En ellos destiló una gran elegancia y musicalidad. La expresividad interpretativa fue in crescendo según avanzó el concierto. Lo mejor estaba aún por llegar.

A continuación le tocó el turno a Fryderyk Chopin y a su monumental Balada nº 1 en sol menor, obra que no es nueva para la pianista: con ella inauguró en su ciudad natal, San Sebastián, la sala de cámara del Kursaal. Judith Jáuregui se centró sobre todo en su carácter trágico, por encima del virtuosismo. A lo largo de la obra ahondó en las zonas más profundas del compositor polaco, el cual es mucho más que bellas melodías, y a través de ella la pianista nos llevó tanto por mundos elevados como por mundos oscuros y tortuosos. También le supo imprimir una gran fuerza a su espectacular final, lo que hizo arrancar al público los primeros bravos de la tarde.

Después, como si de un abrazo se tratara, al quedar rodeado Chopin por dos de sus más brillantes seguidores, aparecieron como por arte de magia los Nueve preludios, op. 1 de Karol Szymanowski. En ellos Judith Jáuregui destapó el tarro de las esencias, brindándonos un pianismo de altos vuelos. Demostró cómo se puede hacer Arte con mayúsculas a través de “sencillas” piezas que no se encuentran en el repertorio, y a las que generalmente no se les presta mucha atención. El virtuosismo no sólo se encuentra en la velocidad de los dedos, en las escalas espectaculares, en las octavas, etc. También se muestra cuando se es capaz de sacar toda la paleta de colores que puede ofrecer un instrumento como el piano. Y vaya si lo hizo la pianista donostiarra. Nos elevó a cimas muy altas con un fraseo que parecía imitar la voz humana con su elocuencia. Un bellísimo lirismo alzaba el sonido con plena libertad y gran riqueza de armónicos, exhibiendo un timbre rico en colorido.

Para terminar, la apoteosis y el éxtasis final llegaron con la Sonata nº 5 de Alexander Scriabin. Qué mejor pieza para finalizar un concierto en el que abunda lo trascendental que con esta sonata en un solo movimiento, en la que el compositor persigue la idea de lo absoluto. Tanto técnica como expresivamente es de una gran exigencia. De hecho, Sviatoslav Richter la consideraba la pieza más complicada junto con el Mephisto Waltz nº 1 de Franz Liszt. Judith Jáuregui puso toda la carne en el asador desde el abrupto comienzo con el que se abre la sonata. A lo largo de ella supo enlazar perfectamente la sucesión de los momentos líricos con los momentos tensos y rápidos que se van encadenando, entendiendo perfectamente el discurso que Scriabin plasmó en la partitura. Esto hizo que el público acabara entregado al final de este viaje interior al que nos invitó la pianista, en una fría y otoñal tarde en la ciudad madrileña. Después, como agradecimiento, y según sus palabras, quiso volver al origen de todo ello a través del Nocturno nº 20 de Chopin, con cuyo lirismo volvió a envolver a la sala.

Fue un concierto en el que se cuidaron todos los aspectos. Desde la colocación de varias pantallas para mejorar la visibilidad de los espectadores, hasta las notas al programa realizadas por Felipe Santos. Judith Jáuregui volvió a demostrar la calidad pianística que atesora y el gran futuro que tiene por delante, con una carrera que va in crescendo.

Javier Martínez Luengo

     
     
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