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Cuarteto op. 33/6 de Haydn, Cuarteto nº 1 de Janáček y Cuarteto nº 15 en Sol Mayor, op. 161 de Schubert. Fundación Juan March, 15 de febrero de 2017. Cuarteto Armida.

El pasado miércoles tuvo lugar el primer concierto del ciclo “La disolución de los géneros: cuartetos sinfónicos” de la Fundación Juan March. El repertorio resulta llamativo en el conjunto del ciclo por la variedad estilística, por un repertorio que escasea en las salas habituales de concierto y por los diversos autores que se conjugan, muy en la línea programática de la Fundación. Aún quedan por degustar los dos próximos conciertos del ciclo pero el primero ha sido ya muy potente, y no sólo por el repertorio sino por la propia agrupación, el Cuarteto Armida, que afirma su presencia con tan sólo alzar los arcos.

El ensemble, que tiene su sede en Berlín, dejó el listón muy alto con su interpretación del Cuarteto op. 33/6 de Haydn, con la que se ganó el beneplácito del público. En seguida demostraron tener un sonido muy propio y particular, y de un empaste inusitado. Hacía tiempo que no escuchaba tantos armónicos en un cuarteto de cuerda. La transparencia y claridad relucían soberanamente mientras la conexión entre los músicos traspasaba lo musical, demostrando una profunda comprensión y trabajo sobre la obra. Aunque los roles de los instrumentos están muy fijados, llevándose el violín primero el mayor lucimiento y carga melódica, no dio la sensación de que estuviera “tirando” de los demás; todos remaban a una. Parece algo muy evidente y es lo esperable, pero no es una dinámica que siempre se encuentre, ya que se tiende a delegar en el cabeza del conjunto. En el Cuarteto Armida, sin embargo, todos los componentes estaban bien asentados y, realmente, construían juntos. Por otro lado, aunque en relación, el continuo diálogo de los instrumentos estuvo muy bien llevado y ejecutado, así como los juegos contrapuntísticos.   

En contraste con “el padre del cuarteto de cuerda”, nos encontramos con Janáček y su Cuarteto nº 1, apodado “Sonata a Kreutzer”.1 De las tres obras de este concierto es, quizás, la que más sorprende por su modernidad y sonoridad. Como se comenta en las notas al programa parece que el compositor checo hubiera olvidado su entorno y herencias musicales, o bien fue extremadamente original. La obra se escribió en 1923, pero me atreveré a decir que en momentos puede remitirnos a los cuartetos del compositor, calificado como minimalista, Terry Riley, de la década de los 70. Y es que sorprende descubrir los puntos en común entre estos dos autores. La tonalidad se entremezcla con la modalidad, mientras que los ostinatos y células o temas repetitivos persisten casi sin variaciones. En general, es una obra muy seccional, que quiebra el discurso retórico esperable, y muy contrastante entre sus partes, ya no sólo por los materiales musicales en perpetuo cambio, sino por la expresividad y los efectos sonoros empleados. Así pues, encontramos indicaciones como acuto, tremolo sul ponticello, stringendo, marcatissimo, forte risoluto, malinconico2 Por otro lado, se acude a la disonancia sin tapujos ni preparación alguna, y no como un elemento expresivo más, sino como ingrediente intrínseco a la obra que construye su carácter y sonoridad, otro punto en común con Terry Riley.

La segunda parte se dedicó al Cuarteto nº 15 en Sol Mayor, op. 161 de Schubert, que impresiona por su construcción pues apenas hay variación temática. En una orquesta sinfónica esta escritura se encauza fácilmente al poder combinar distintos timbres, pero en el cuarteto tenemos sólo a la sección de cuerda, de forma que en seguida se agotan las posibles combinaciones y juegos tímbricos. A pesar de ello, paradójicamente, de las tres obras quizás es la que hace mayor referencia al título del ciclo, “cuartetos sinfónicos”. De hecho, este Cuarteto nº 15 es una escritura arriesgada por parte de Schubert. Si bien nos encontramos ante una obra de gran envergadura, que escribió dos años antes de su muerte, en momentos pierde direccionalidad, al tiempo que la intención se disuelve. En este sentido, permítanme conceder el beneficio de la duda a los músicos.

En cuanto a la interpretación nos gustaría definir algunas pinceladas ya dadas y añadir algún comentario. En general, pero especialmente en el Schubert, se echó en falta un cello más presente y rotundo. Si bien es cierto que no paseaba mucho por el registro grave, se echó de menos algo más de contundencia, pues su timbre y color parecían asimilarse demasiado al de violines y viola, diluyendo su sonido. Aun con ello, el grupo demostró una conexión muy afianzada, lo cual se manifestó en la expresión musical, que si bien comedida incluso en los momentos álgidos, estuvo muy bien conducida y llena de sutilezas. El Cuarteto Armida, como ya hemos dicho, destaca por su particular sonido, su profunda comprensión del texto musical y, por qué no decirlo, por la energía que emanan desde el escenario. Esta agrupación lleva cerca de diez años de constante actividad (con los mismos componentes), tiene ya cinco discos publicados y, sin duda, seguirá trazando su sendero artístico.

1 En este caso no se está haciendo referencia a Rodolphe Kreutzer (1766-1831), cuyos estudios todavía perviven en la didáctica violinística. El sobrenombre se debe a la novela homónima de Tolstói, publicada en 1889.

2 Aunque éstas serían las indicaciones traducidas de las anotaciones originales de Janáček en checo, no dejan de ser relevantes.

 

Raquel López Fernández

Si quieres escuchar el concierto, pincha en el siguiente link: www.rtve.es

Fotografía: www.armidaquartett.com

 

 

     
     
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