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La armónica de cristal Escúchalo en Spotify

El instrumento de la locura

En la Europa occidental de finales del siglo XVIII un instrumento hacía furor en los salones. En manos casi siempre de mujeres, sus melodías atmosféricas hacían volar los pensamientos de aquellos que lo escuchaban. Se dijo que sus frecuencias llegaban incluso a alterar los nervios, a algunos intérpretes se les agriaba el carácter y la supuesta locura que generaba llevó a algunas ciudades alemanas a prohibir su uso. Este instrumento, que surgió de la mente del polifacético y sorprendente Benjamin Franklin, es la armónica de cristal. 

De las copas musicales a la invención de Franklin

Por todos es sabido que al golpear una copa, ésta emite sonido. Igualmente, sabemos que al llenarla de más o menos líquido, su frecuencia es más o menos aguda. Pues bien, este entretenimiento de golpear copas con relativo sentido musical se había hecho muy popular en la Europa de principios del siglo XVIII. Pero fue en Inglaterra donde este juego, hasta entonces de carácter pseudo-científico, se sofisticó: en 1744, un irlandés llamado Richard Pockrich decidió afinar sus copas y alinearlas según su tono, para tocarlas, no ya con un bastoncillo, sino con las yemas de los dedos. Poco a poco los periódicos fueron recogiendo el impacto y la popularidad de las llamadas “copas musicales” y empezaron a hacerse conocidos algunos nombres de intérpretes. Una de ellos fue Ann Ford, una mujer que escribió y publicó el primer método para este instrumento, en el que describía con todo detalle cómo humedecer las yemas de los dedos y los grados de presión en los bordes de las copas. No sería la primera ni la última mujer que se dedicaría a ellas.

Algunos años más tarde, Benjamin Franklin se hallaba de visita en Inglaterra. Pero hagamos una pausa en el relato: el perfil de Franklin se muestra extraordinario y no podemos dejarlo pasar. Un auténtico ilustrado, fue considerado uno de los Padres fundadores de los Estados Unidos y se unió a la masonería casi al mismo tiempo en que iniciaba su actividad política. Además de esta vertiente, se prodigó como escritor, sobre todo de artículos periodísticos –su padre le había prohibido dedicarse a la poesía– y de algunos libros de temas diversos, como su tratado de ajedrez.

Pero existe un Benjamin Franklin imprescindible: el científico. Nombres como Isaac Newton o Joseph Addison le influyeron directamente, y su centro de interés principal fue algo tan mágico como la electricidad. En 1752 llevó a cabo un experimento clave protagonizado por una cometa en medio de una tormenta. Construida con un esqueleto de metal, la hizo volar con una llave atada al final del hilo de seda para constatar un hecho: la llave se cargaba de electricidad. Así, se supo que las nubes estaban cargadas de electricidad y que los rayos no eran otra cosa que descargas eléctricas. Su invento más famoso surgió a raíz de este descubrimiento: el pararrayos. Además de éste, Franklin fue el responsable de otros inventos, como las lentes bifocales, el humidificador para estufas, el catéter urinario flexible, el cuentakilómetros y también el que nos ocupa, la armónica de cristal.

Así pues, volvamos a Inglaterra. Corría la primavera de 1758 y Franklin había viajado de Londres a Cambridge para encontrarse con Edmund Delaval, un científico especializado en electricidad y colega en la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural. En ese encuentro, Franklin descubrió que Delaval tenía un juego de las famosas copas musicales y no sólo eso: las tocaba maravillosamente. Y debía de ser cierto, si damos crédito a las palabras de Thomas Gray, un asistente a una de sus interpretaciones en 1760: “Escuchamos la otra noche a Delaval tocar las copas de agua y quedé asombrado. No conozco ningún instrumento con un sonido tan celestial. Creí oír a un querubín dentro de aquella caja”.1

Tras ver y escuchar a Delaval, un pensamiento rondaba la mente de Franklin: aquellas copas podrían estar dispuestas de forma más conveniente, más cómoda. Así pues, unió su gusto por la música con su fascinación por la electricidad. Tomó veintitrés copas con un pequeño agujero en la base y las ensambló en un huso de hierro. Colocó el huso de forma horizontal en una caja de madera y conectó a éste un volante motor que permitía al intérprete rotar los vasos mientras los tocaba con una o ambas manos. Los dedos dejaban de girar en torno al borde. Ahora eran las copas las que giraban. Había creado la armónica de cristal.

Del sonido de los ángeles a los aullidos de la locura

Desde su invención, el instrumento adquirió una gran popularidad en el continente. Una de las responsables de su expansión fue Marianne Davies, una virtuosa que recibió su armónica probablemente de manos del mismo Benjamin Franklin. Giró por Europa en 1768, aterrizando en los círculos sociales más altos. Más tarde, en 1773, llegó a ser conocida por la familia Mozart, haciendo que Leopold, el padre del celebérrimo genio de Salzburgo, quisiese adquirir una armónica de cristal para él. Davies también conoció al médico Anton Mesmer, responsable de la teoría del “magnetismo”, quien se enamoró literalmente del instrumento y lo utilizó para inducir el estado de hipnosis a sus pacientes.

Otra de las virtuosas de la armónica fue Marianne Kirchgessner, que fue famosa en Europa a finales de siglo. Esta alemana había quedado ciega a los cuatro años a causa de la viruela y, huérfana de madre, se dedicó como pudo a tocar el piano, sin ninguna instrucción formal. Un día, un alto cargo local la oyó tocar y quedó tan sorprendido que la envió con el maestro de capilla de Karlsruhe, Joseph Schmittbauer, para que aprendiese a tocar la armónica de cristal. Su progreso fue asombroso: casi diez años de gira por el continente a partir de 1791 le llevaron a conocer a gran cantidad de gente, incluido Wolfgang Amadeus Mozart. La admiración de éste por su técnica quedó plasmada en una partitura: la del Quinteto para armónica, flauta, oboe, viola y violonchelo K617 que escribió para Marianne.

Pero no todo fueron alabanzas para esta creación musical del Siglo de las Luces. Algunos nobles que trataron su melancolía con sesiones de música interpretada con armónica de cristal, inicialmente con éxito, empeoraban y sufrían ataques de nervios. Algunos intérpretes empezaban a enfermar. Aparecían las crisis de ansiedad, las cefaleas, los desmayos. Se paralizaban tobillos y muñecas, se deterioraba la memoria. La magia de este instrumento se oscurecía y nadie parecía saber por qué. Algunos teóricos apuntaban a la persistencia de armónicos agudos continuos y al contacto de los dedos con la superficie vibrante de las copas. La preocupación llegó a tal extremo que en algunas ciudades alemanas la policía prohibió cualquier uso de este instrumento. Había empezado el declive.

En medio de este ambiente, un belga, hijo de un mercader, aún habría de añadir más interés al mito oscuro de la armónica de cristal. Fascinado por lo sobrenatural, Étienne-Gaspard Robertson fue el creador en París de un espectáculo muy particular. Experimentando con espejos y los primeros prototipos de proyecciones de la llamada “linterna mágica”, llevó su potencial al máximo, jugando con las emociones humanas e induciendo el más puro terror en sus espectadores. Fueron las llamadas Fantasmagorías.Primero en pequeños teatros, más tarde en ubicaciones sugestivas y casi mágicas como el convento de los Capuchinos, apagaba la luz de las velas para hacer aparecer ante los ojos de los asustados espectadores los más diversos espectros y apariciones; siempre, cómo no, con una misma banda sonora. La música que salía de la armónica de cristal.

El fin de un ciclo

Como es habitual en la mayoría de casos, la vida la conforman ciclos, y el de la armónica de cristal llegaba a su fin. O al menos, entraba en un período de reposo a partir de 1830. Curiosamente, e incluso durante el período de mayor fama de este instrumento, las copas musicales nunca dejaron de tocarse, y tampoco lo hicieron una vez que la invención de Franklin se convirtió en una pieza de museo.

Pero no podemos acabar estas líneas sin aclarar la causa de la maldición de la armónica. Un motivo que ya hoy, a nuestros ojos, se antoja poco misterioso. No fue otro que la intoxicación por plomo, causa de enfermedades como el saturnismo. Si fue ésta o no la única razón del descenso de su popularidad entre la alta sociedad de principios del XIX, nunca lo sabremos, pues sobra decir que el plomo estaba presente en gran cantidad de objetos domésticos de la época. Pero si una cosa podemos afirmar es que el sonido del cristal no perdió nunca su cualidad mágica. Y es que para personas como Goethe, el gran escritor romántico, en el sonido de la armónica se podía oír “el alma del mundo”.

María Montes

1 FINGER, Stanley. Doctor Franklin’s Medicine. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2006.

Imagen tomada de: http://www.thomasbloch.net/AngelicaKaufmann.jpg (interior) y http://www.thomasbloch.net/FranklinJoueArmonica.jpg (portada).

Publicado en diciembre 2013

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