En una cajita de música

Madama Butterfly vive sobre las aguas

BRILLO ENTRE LAS COSTURAS
Andrea Kaufman sobre el escenario

María Elena Cuenca Rodríguez

AHORA TODO ES VIOLETA
Ángel González García, in memoriam

Cristina Aguilar

LA PASIÓN SEGÚN SAN GIACOMO
Il tabarro, Suor Angelica y Gianni...

Javier Pino Alcón

Madama Butterfly, G. Puccini (música), G. Giacosa y L. Illica (libreto). Vittoria Yeo, Manuela Custer, Vincenzo Costanzo, Julie Mellor, Luca Grassi […]. Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Myung-Whun Chung (dir. musical), Àlex Rigola (puesta en escena). Teatro La Fenice, Venecia, 26 de marzo de 2016.

Yace sobre la laguna de Venecia, abrazada por las aguas, una cajita que contiene música. Blanca por fuera, cuadrada, erguida; dorada por dentro, sonora.

Su antigüedad retumba en sus paredes. “¡Madera, madera, madera, madera…!”, grita nuestro cerebro cuando afinan las cuerdas. Nunca una condición tan física se ha hecho tan real en la acústica de un teatro. Una madera que vuela, que llena, que crece bajo la batuta de Myung-Whun Chung combinándose con otros timbres sin desvirtuar su naturaleza. Responden las paredes, encerradas, pequeñitas, sin esos palcos adicionales que alivian –poco– los bolsillos y que despiden hacia fuera sonidos que aquí quedan reservados para nosotros. Estos muros sobrellevaron con dignidad la primera muerte de Violetta; la Fenice, el fénix. Sigue sonando. ¿Qué es eso? ¿Serán los dorados? ¿La profusión de gente, incluso en el repleto palco presidencial en último día de función? No contestan. La espiral sonora sigue subiendo, camaleónica. Respira. ¿Yo o ella?

Una muñeca deambula por el escenario, envuelta en el blanco elegido por Àlex Rigola, que acentúa aún más su condición. “Soy todo yeso” decía Puccini en estos años tras su trágico accidente de coche. Y así parece clamar la Butterfly de Rigola, títere de las voluntades occidentales de Mr. Pinkerton, pero capaz de seducir con su aria inicial hasta a los violines.

Esperen, esperen, esperen... ¡Me equivoqué! No es una muñeca. Está viva, vaya si lo está. Se rebela, lucha con sus inflexiones de voz: María Callas. Le falta su nariz griega, pero Vittoria Yeo desgarra también las vocales más graves, emulándola. Su eterna compañera, Suzuki, despunta con una de esas voces de mezzosoprano gruesas que se inflan desde la escena para llegar a rozarte, literalmente, las pestañas. Esta Butterfly nos va a arrancar una lágrima, derramada por su sufrimiento, aun antes del final. El libreto pinta el paso de la inocencia adolescente hasta la madurez de alguien que recibe de la realidad un bofetón. Vittoria Yeo encarna a la joven que adolece de inocencia, sí, pero reforzada desde el principio por su gran carácter. Resiste, aunque sea vocalmente, a la sumisión a la que le obliga su papel. Pinkerton asume su pose de americano, a veces derretido por la ternura, sin prescindir de su ya sabida arrogancia, más sobreactuada que vocal.

Escucho Sadkó, escucho Tosca, escucho Japón; pero el drama es pucciniano. Nos engancha de la yugular desde el principio, ya de los pelos hacia el segundo acto. Me rodea el coro de susurros esperando el amanecer. Duele bonito. Àlex Rigola, ¡ay!, decide adornar esos tan controvertidos comienzos del tercer acto de Puccini con una pantalla que pinta la música. Las paredes se sorprenden, la orquesta afloja, el público mira al suelo; molesta la reiteración.

Tras este interludio el fénix vuelve tranquilamente a llorar. Resurgirá, como siempre, de las cenizas, que se sumarán a las paredes para contribuir al chasquido armónico de la madera. Mientras, con tanta inocencia inmolada, una tiene atrancadas en la garganta las palabras de aquel niño, clamadas al viento por ese Puccini cruelmente humano: “Mamma, perché non si può essere sempre felice? Io voglio essere sempre felice”.

Cristina Aguilar

Fotografía: Cristina Aguilar, Michele Crosera (portada).

     
     
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