Fondo de armario

Los diamantes de la corona en el Teatro de la Zarzuela

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Los diamantes de la corona, Francisco Asenjo Barbieri. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 26 de noviembre de 2014. María José Moreno, Cristina Faus, Darío Schmunck, Ricardo Muñiz, Fernando Latorre, Gerardo Bullón, […]. José Carlos Plaza, dirección de escena. Oliver Díaz, dirección musical. Orquesta de la Comunidad de Madrid, Coro del Teatro de la Zarzuela.

Ya no tiene gracia. Esa historia de una reina aguerrida, justa, espabilada, desprendida, madre amante de sus vasallos, que salva el reino de la rapiña de unos gobernantes idiotas, ha perdido hasta la poca gracia que tuviera hace unos años, cuando se estrenó esta producción de Los diamantes de la corona de Barbieri, con un libreto fusilado por Camprodón de un original de Scribe, y una puesta en escena de José Carlos Plaza. Acababa abril de 2010. Las cosas, de repente, se pusieron mal, pero casi un lustro mejor de lo que están ahora. Al talante le apretaron todas las tuercas los tiburones del mercado y comenzó una decadencia que en poco tiempo daría paso a la más siniestra desfachatez. Sorprendió entonces una zarzuela grande, buena, poco conocida y muy bien representada, y la gente rió de buena gana, como si no fuese con ella, el trasunto de un libreto sencillo y más sencillamente expresado como si fuera un cuento en un teatrillo de papel pintado. Una estupenda ocurrencia de Plaza muy bien recibida, premonitoria de lo que quizá nos espere y, vista desde la perspectiva de estos años infaustos, una muy buena metáfora de lo que fue la vida que nos habían vendido: una burbuja o un carísimo decorado de cartón piedra cobrado a precio de oro y cuatro cacharros con obsolescencia perfectamente controlada que ya han dado de quiebra. Pero entonces todo sonaba a broma.

Ahora toca tirar de fondo de armario y creerse que, cuando Pinamonti lió a Frühbeck para debutar en el foso de La Zarzuela, en vez de hacer algo digno de su altura como un Juan José de Sorozábal –vergüenza de este país y su paupérrimo gobierno cultural que todavía permanezca sin estreno–, saliera con el proyecto de reponer Los diamantes de la corona. Creámoslo sin más y entendamos que Frühbeck hubiera sido la gran novedad, la razón de ser y el principal reclamo de esta temprana reposición. Pero al gran director se le cumplieron los días bastante antes y tuvo que ser sustituido por Óliver Díaz, que ha resuelto la papeleta con implicación y brillantez. Salvo que a Frühbeck difícilmente se le habría colado el tenor argentino del reparto del estreno –sin lustre en lo cantado, con pocos recursos en lo actuado y con ninguno en la declamación–, en lo musical no se hubiera pedido más –que ya es mucho decir– a un director que supo comprometer, concertar y lucir la Orquesta de la Comunidad. La parte femenina, con la soprano María José Moreno y la mezzo Cristina Faus el día del estreno, además de tener (y bordar) el genial número del bolero “Niñas que a vender flores”, estuvo perfectamente servida en esta representación. Pero es significativo que lo mejor de la parte musical –y en esto hay cierto consenso– fuera el Coro del Teatro de La Zarzuela dirigido por Antonio Fauró. Los veinte años recién cumplidos de Fauró como director del coro titular de La Zarzuela se notan para muy bien: su gente está cómoda, suelta, domina el espacio escénico cantando en cualquier disposición con el mismo equilibrio y, además, se lo pasa bien. Y en Los diamantes de la corona, donde el coro tiene un papel abundante y de altura, se lo pasó en grande, contagió al público desenfado y entusiasmo, y cosechó los aplausos más nutridos del estreno. Creo que hay que celebrar y reconocer la labor de Fauró al frente del coro de La Zarzuela, como se hizo con la visualísima actividad de Pedro Moreno, diseñador de vestuario –una mezcla de figurinista y sastre de alta costura–, cuyo trabajo para esta ocasión es de gran altura y destaca especialmente bien entre tanto cartón. Su fantasiosa recreación de lo histórico es un elemento fundamental de este montaje y uno de los grandes aciertos de un hombre de teatro tan avezado como Plaza en esta visión actualizada de una escena decimonónica. También se le aplaudió mucho en el estreno y el Teatro de La Zarzuela hizo una exposición de sus vestidos y diseños.

A falta de un Frühbeck que llevara a La Zarzuela un público más sinfónico y operístico, el que aplaudió esta representación sería prácticamente el mismo, pero más pobre y maltratado, que el que lo hiciera hace casi cinco años, porque una de las cosas que no se están haciendo con la decisión necesaria es la promoción del teatro lírico español y la búsqueda y consolidación de una audiencia renovada. Ideas no faltarían, pero para llevarlas a cabo hace falta una cierta inversión, y ahí hemos topado con el diablo que va a poner en jaque, creo yo, hasta la supervivencia del género: vamos a morir por estrangulamiento, poco a poco, despacito.

Por más que buenos y revestidos nostálgicamente de merecido homenaje a Frühbeck y a Pedro Moreno, Los diamantes de la corona no aportan gran cosa, ni a la zarzuela en sí, que lo necesita, ni a esta temporada del Teatro de La Zarzuela. Ahora sí, mejor mil veces esto bueno conocido que la última Carmen en lengua española cuyo susto, a mí por lo menos, todavía me dura.

Javier Suárez-Pajares

     
     
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