Los músicos que no tuvieron voz en nuestro país…

Pero que ahora escuchamos con más fuerza que nunca

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Trío en Do mayor de Evaristo Fernández Blanco y Seconda Sonata Concertata a Quattro, op.15 de Julián Bautista. Trío Arbós. Cecilia Bercovich (violín), José Miguel Gómez (violonchelo) Juan Carlos Garbayo (piano). Fundación Juan March. 22 de noviembre a las 19:30.

Desde el primer momento el ambiente era serio en la Fundación Juan March. El público interesado, de mediana y avanzada edad, salvo algún joven e intrépido intérprete, conformaba un contexto recogido. La sala contribuía a ello, pues no había más de 300 asientos. La iluminación estaba cuidada dentro y fuera del escenario y esto acentuó esa elegancia adecuada y consecuente con la finalidad del concierto: conocer la música de un determinado periodo, la de la primera mitad del siglo XX y la trascendencia que ha tenido hasta nuestros días.

Este concierto pertenecía al ciclo Europa y sus fantasmas, y estuvo organizado por el Ayuntamiento de Madrid y la Fundación Juan March. Se abordaban con dos obras de cámara con una narratología en que un ponente, Jorge Fernández Guerra, explicaba en qué contexto fueron compuestas. Es poco frecuente que haya proyectos tan innovadores, en cuanto a temática, y los considero verdaderamente necesarios. Además, en este caso la importancia es también nacional. ¿Quiénes somos nosotros?

El Trío Arbós se enfrascó en la difícil labor de hacer partícipe al público de la realidad que vivieron los compositores Evaristo Fernández Blanco (1902-1993) y Julián Bautista (1901-1961) en dos fechas muy distintas, pero también muy relevantes: 1927 y 1936. El compositor español Jorge Fernández Guerra escribió una pequeña introducción que sucesos de la España del pasado. Primero contextualizó y presentó el Trío de Fernández Blanco. El cuidado cambio de las luces dramatizó más el momento.

El Trio Arbós abordó la obra directamente, sin pausa y acompañado, otra vez, de un cambio de luces. Incluso se podría decir que lo hicieron con la decisión y la fuerza de un país que quería un cambio, un sentimiento de renovación y de lucha por lo que confiaban: cuatro años después de su composición comenzaría una era de esperanza, la Segunda República. Esto conmovió al público, que, después de un primer momento de sorpresa, se mantuvo atento incondicionalmente hasta el final del Trío.

Frente al primer movimiento que desprende esperanza por un futuro nuevo, y donde se deja ver cierta complicidad entre el violín y el piano en ciertos gestos de excitación común, llegamos al segundo movimiento, donde hay un acorde constante, a modo de ostinato, que presenta desde el inicio el piano. Este acorde estructura y atormenta el discurso entre el violín y el piano que abordan otras secciones más próximas al lirismo romántico, pero sin dejar de usar, en ciertos momentos, armonía vanguardista. Si lo enfocáramos de manera alegórica podría considerarse dicho ostinato como el sentimiento con ansia de expresar el deseo de cambio por parte de los intelectuales que vivieron en el país de la Residencia de Estudiantes y la Generación del 27, transmitiendo confianza ante la ilusoria idea de una unidad nacional existente.

El último movimiento, más íntimo, interpretaba un tema musical ya en el lenguaje propio del siglo XX; incluso podría verse como una actitud del compositor, sin miedo a decir lo que opina, dentro del ya muy entrado contexto atonal que se vive en la tercera década del siglo XX. Un país nuevo y unido parecía ser su deseo. El público quedó contundentemente saciado ante dicho tema, enérgico, lleno de glissandos y disonancias. Desembocó en un final abrupto que fue acompañado de una fuerza gestual del violín con un sonido que amplió los horizontes de la sala y envolvió a los espectadores. El semblante sobrecogido del chelista, al terminar, acusaba su implicación sentimental.

No hay aplausos. Hay reflexión entre el público y, después, silencio. Nos despertó en este momento nuestro orientador, Fernández Guerra, incluso con brillo en los ojos. Su estado interior provocaba que se le quebrara la voz al final de las frases. Después el violista salió, más feliz de lo que el momento incitaba e, inmediatamente se abordó el discurso de Fernández Guerra sobre la Seconda Sonata Concertata a Quattro de Julián Bautista.

En su discurso hizo frecuentes alusiones a la figura de Adolfo Salazar, musicólogo, según su dejaban traslucir las palabras de Fernández Guerra, admirable tanto en su labor musical como personal. Aquí es donde Fernández Guerra acompañó un gesto de sonrisa amarga con la violinista. Tristeza. Había nostalgia, ya que se conservan las todavía cicatrices de lo sucedido. Poco faltaba decir con palabras, pero el discurso se alargó algo más de lo que hubiese gustado.

Con diferente fuerza fue abordado este primer movimiento de la Seconda Sonata de Julián Bautista, aunque resultó igual de sorprendente. Éste tenía más sentimiento amargo desde el inicio, quizá porque la música era algo más tardía (compuesta en 1937, diez años más tarde que la anterior obra y en los preámbulos de la Guerra Civil). Había una compenetración un tanto fría entre el violín y la viola incluso en los pasajes de diálogo. El piano, rítmico, dejaba el color armónico a la cuerda donde el público aceptaba el lenguaje del siglo XX de manera incluso cómica. La comicidad era suscitada en ciertas disonancias acompañadas de gestos muy expresivos que dinamizaban lo que resultó un movimiento con una ejecución bastante innovadora.

El segundo movimiento retomó dicha característica: no dejó de sorprendernos. Incluso hubo un incremento gestual, más acentuado, entre los intérpretes. La música no fue lo único que creó espectáculo. Esto le restó cierta importancia a la música en sí misma, pero el objeto de la reunión y la relación entre público-espectador se vio enriquecida. La pregunta-respuesta entre violín y viola se hizo más compenetrada. Estuvo acompañada de diferentes técnicas como el hoquetus, de origen medieval y que, lejos de arcaico, reforzó el ambiente familiar además de no dejar duda del dominio de un compositor que quería que todos llegaran al final del movimiento con el mismo sentimiento de haberlo conformado unidos. Después de esta aparente comedia, que provocó momentos de risas, llegábamos al tercer y último movimiento, que cerraba el concierto. La melodía, que afronta esta vez el piano, cambia a nivel general la organización musical, el carácter, el gesto de los intérpretes... Ahora la seriedad inunda el ambiente, desde los semblantes de los músicos hasta los del público. Este cambio de carácter fue mucho más acentuado porque veníamos de un movimiento totalmente diferente. No sabíamos hasta dónde llegaríamos, la incertidumbre se convirtió en una realidad fácilmente confundible con el miedo a lo inesperado. Unísonos en las cuerdas, que ampliaban la sonoridad, contribuían a ello. Todo esto era abordado con un mínimo movimiento entre los intérpretes. La interpretación fue bastante adecuada ya que consiguió crear un ambiente tenso después de los cincuenta minutos que llevaba el concierto.

Y todos levantaron sus miradas para terminar dando el último acorde como un suspiro inolvidable que no dejaría de sonar, de gritar, pidiendo atención, en la memoria del público.

Nadie aplaudió hasta que se escuchó la primera palmada tímida que rompió toda esa tensión acumulada. Fue casi teatral. Todos la siguieron y provocó un encendido de luces. Asistimos a un verdadero espectáculo, donde se dio voz a aquellos que aquí, en nuestro país, habían sido olvidados.

Tatiana Toledano

Fotografía: Cristina Aguilar

     
     
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