No hay otoño sin tarta de manzana


 

Lunes, martes, miércoles, jueves… Los días pasaban por ella, pero el tiempo no podía frenarla. Se despertaba a las seis de la mañana. Le gustaba ver amanecer y pensar que tenía más de veinticuatro horas por delante. No compartía su vida con nadie, vivía para sí. Sin embargo, nunca estaba sola. Su tocadiscos era su compañero inseparable, aunque también tenía una radio y un reproductor de CDs. Sus hijos querían que fuera una abuela “modernilla” y se lo habían regalado unas navidades.

—Bueno, muchas gracias hijos míos… Pero… ¡Vaya regalos más raros me hacéis todos los años! El año pasado el cacharro ese de cocina que tiene vida propia (ya no me atrevo a dejar la cocina sin alguien vigilando), ahora esto… ¿Éste funciona solo también? Espero que no, que sabéis que tengo mucho respeto a los cachivaches autónomos. Seré modernilla y lo que queráis, pero sigo siendo desconfiada.

—Mamá, por favor, ¡Ja, ja, ja! ¡Tienes unas cosas! Claro que no funciona solo. Tienes que ponerlo tú en marcha. Pero vas a tener toda la música del mundo y sin parar. ¿Qué te parece?

Antes de responder, esbozó una sonrisa picarona. Después habló:

—Vale… Me habéis convencido —y soltó una sonora carcajada.

Su pelo había mutado: ya no era como el ébano, sino como las nubes en invierno. A menudo se olvidaba de que habían pasado setenta años desde que llegó al mundo. Tal era su curiosidad e inquietud vital que la cotidianeidad se presentaba como algo nuevo cada vez, con detalles por descubrir. El mismo caramelo con un envoltorio diferente en función de lo que se observara.

Una vez se enamoró, pero por poco tiempo. Todo su amor lo guardaba para su nieta. En ella encontraba una fiel amiga. A pesar de su corta edad, Neris era una niña inquieta, soñadora, alegre y reflexiva. Compartían la manera de ver la vida, aunque llegaran al mundo en momentos diferentes, y también la forma en que debían afrontar los problemas. Sus vidas no eran fáciles. En el caso de Neris, había visto mucho, quizá demasiado, de la realidad humana. El colegio era un lugar hostil para ella, no encontraba su lugar y, sobre todo, no le daban la oportunidad de encontrarlo. Pero Neris sabía que sólo ella tenía el poder para dirigir su vida hacia la felicidad. No podía depender de los demás; debía ser como su abuela, una mujer “árbol”. Se estarán preguntando qué significa esto. Es sencillo: una persona robusta en sus valores, pero flexible cuando se aproximan vientos de cambio; cuyas raíces se asientan en un sustrato fértil y rico que le permite no depender del agua de la lluvia.

—¡Abuela, abuela! ¿Qué preparamos hoy para merendar? —preguntaba Neris conmovida por la expectación.

Su abuela se quedó pensativa, sacó su libro de recetas y comenzó a hojear.

—¿Qué te parece si hacemos tarta de manzana? —le dijo sonriente.

—¡Sííí! Me encanta la tarta de manzana. ¡Vamos, abuela, que tengo hambre! Vamos a hacerlo rápido…

—Neris, en la cocina, como en la vida, no hay que tener prisa. Hay que dedicarle el tiempo que necesite, añadirle el amor que requiera y esperar lo que corresponda. La impaciencia no conduce a ningún sitio más que a perder el rumbo —su nieta quedó anonadada y en silencio.

Su abuela la solía sorprender con pequeñas reflexiones, casi haikus, sobre todo cuando estaban cocinando. Para su abuela, preparar dulces era una especie de meditación: la mente en blanco, embriagada por el olor del horno, sumergida en el ruido de las varillas al batir el huevo, absorbida por el cálculo exacto de las cantidades de cada ingrediente…

Después de este pensamiento en voz alta, la abuela se acercó al tocadiscos y puso la “Conga Blicoti”. Sin poder evitarlo, nieta y abuela meneaban sus caderas al ritmo de la música mientras preparaban los ingredientes. La masa quebrada, la crema pastelera, las manzanas, el jugo extraído de la cáscara de manzana… ¡Y al horno!

Neris y su abuela pasaban tardes enteras así. Rodeadas de música y olores maravillosos. La abuela sabía qué canción iba mejor con cada receta. No era algo aleatorio o casual: para las magdalenas, Ray Charles con “Hit the Road Jack”, o “Hallelujah I Love Her So” para rellenar bien los moldes y ver subir la mezcla en el horno; para el arroz con leche, Elton John con “Tiny Dancer” –así removías el arroz con armonía y calma–; el tronco de Navidad con Tomaccos y su “Christmas Eve” –su hija le regaló el disco con el reproductor–; para el pan, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 9 de Mahler; para las galletas, el Trío en mi menor de Louise Farrenc, que ayudaba a trabajar sin prisa pero sin pausa; para las tartas, “All Day and All of the Night”, así no perdía fuerza de batido para la base de bizcocho ligero. Y un largo etcétera.

Neris preguntaba sin cesar:

—¿Qué canción es ésta, abuela? ¡Cuéntame la historia!

La abuela le relataba mil historias. A veces reales, otras no tanto. Pero un día, contando esas historias, se le escaparon unas lagrimillas. Estaban llenas de alegría, pero también de recuerdos y melancolía. Fue con “Nature Boy” en la versión de Ella Fitzgerald y Joe Pass.

—Esta canción dice una cosa muy importante, Neris. Habla del bien más preciado de la humanidad: amar y ser amado. El amor es la virtud más valiosa del ser humano. Aunque se nos olvide… Como nos queremos nosotras, como se quieren papá y mamá; pero no sólo eso, Neris. Como el panadero nos saluda también es amor. Como una persona ayuda a otra a encontrar una calle también es amor. Como nos ceden el paso cuando voy contigo en el metro también es amor. ¡Está en todas partes y en ninguna a la vez! Es muy fácil que se esfume.

—¡Es verdad, abuela! Pero, a veces no enseñamos ese amor a nadie. ¡No sé! A mí me da vergüenza decir “hola” al panadero.

—¡Ay, Neris! —suspiró mientras acariciaba la cabeza de su nieta—. Poco a poco la vergüenza se disipa, se diluye. Porque te das cuenta, con el paso del tiempo, de que quien guarda lo que siente ha sentido sin sentido. Es mejor mostrar lo que uno siente con naturalidad y espontaneidad, aunque no sea lo más fácil.

Y fue entonces cuando dos lágrimas brotaron sin querer. Neris se quedó boquiabierta. Súbitamente, se lanzó sobre su abuela con un gran abrazo.

—¡Abuela! Ya verás que no. Prometo enseñar mi amor; yo te doy muchos kilos y así tienes de sobra, aunque la gente deje de darlo. ¿Te parece?

—Sí, Neris —y sonrío mientras la apretujaba entre sus brazos con ternura.

Olía a manzana y canela. La lluvia tintineaba sobre los tejados. Los árboles se habían puesto sus galas carmines. Neris y su abuela bailaban de nuevo al ritmo de “Louisiana”. Mientras tanto, las iba abrazando un calor tan dulce como la tarta. La campanilla del horno daba el aviso siguiendo el compás de la canción. Era el momento de sacar el manjar y disfrutar de ese pedacito de amor que habían construido juntas. ¡Mmmm!

Fotografía: Zoila Martínez Beltrán.

     
     
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