Noche de ritmo y sin luna

Lady Be Good! y Luna de miel en El Cairo en el Teatro de la Zarzuela

FONDO DE ARMARIO
Los diamantes de la corona en la Zarzuela

Javier Suárez Pajares

CRUCES Y SOMBRAS
Una imagen crítica de Curro Vargas

María Elena Cuenca Rodríguez

UNA TONADILLA DE ANTOLOGÍA
(crítica en forma de memoria)

Javier Suárez Pajares

Lady, Be Good!, George e Ira Gershwin; Luna de miel en El Cairo, Francisco Alonso. Teatro de la Zarzuela. Nicholas Garret, Jeni Bern, Gurutza Beitia, Troy Cook, Sebastià Peris, David Menéndez, Enrique Viana, Manel Estève, Eduardo Carranza, […]. Emilio Sagi, dirección de escena. Kevin, Farrel, dirección musical. Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela. Madrid, 31 de enero de 2015.

Con la ínclita presencia del ministro Wert en el patio de butacas del Teatro de la Zarzuela, el pasado 31 de enero se estrenó en España el musical de George Gershwin Lady, Be Good! Gran noticia que, esta vez sí, atrajo al teatro de la calle Jovellanos un buen número de público infrecuente por cosmopolita al que le dieron gatos y liebres en proporciones iguales pues, junto al musical americano se ofreció una “versión escénica” acometida por Emilio Sagi de la opereta de Francisco Alonso Luna de miel en El Cairo.

La idea era buena por muchas razones. Porque el musical de Gershwin es una obra rotunda y de una frescura desbordante que encapsula el frenesí de los enloquecidos roaring twenties en los que se construyó la esencia musical norteamericana. Porque aunque los más célebres cantables desgajados de Lady, Be Good! suenan a cualquiera como parte de una cultura musical popular intemporal, no es fácil verlos insertos en su contexto teatral. También porque la producción conjunta de Lady, Be Good! y Luna de miel en El Cairo parecía positiva en todo lo que la primera pudiera contagiar a la segunda, conocida hoy sobre todo a través de una penosa versión televisiva producida en 1985 y tan amplia como infelizmente distribuida. Y porque ese estilo de zarzuela de los años cuarenta –híbrido entre la revista española, la opereta centroeuropea y el musical americano visto a través de la industria de Hollywood– es muy distinto de la acerada modernidad de Gershwin y más afín a propuestas como Show Boat de Jerome Kern, cuya versión cinematográfica se pasó en los cines de Madrid en 1938 y 1940. Por esto último, se podían haber planteado dos espectáculos en cierto sentido contrastantes. Dos ejemplos de la lírica popular, separados por casi veinte años, seis mil kilómetros y una guerra y media: uno surgido del Manhattan boyante de los felices veinte; otro del Madrid deprimido de la posguerra que se escapa por las bambalinas a un mundo ensoñado y exótico. Estas diferencias tan netas hubieran podido dar mucho juego si lo que se hubiera pretendido –citando la autoridad de un Borges, nada menos– no hubiera sido más que entretener en el sentido particular en el que Emilio Sagi, máximo responsable de la cosa, entiende la diversión teatral.

Y justo en este punto, la buena idea comenzó para mí a dejar de serlo, porque la distracción, el deleite, el entretenimiento o la diversión son experiencias que algunos no las entendemos necesariamente por la vía de la tontería que se nos metió a paladas. No ya en Lady, Be Good! donde, sin librarse de una tijera poco diestra que dejó colgando algunas partes del argumento, se respetó bastante la ingenuidad de un libreto elemental, pero sí en Luna de miel en El Cairo donde la trama original se eliminó total y absolutamente quedando los cantables ensartados en una ristra de sandeces. Es grave que esto se hiciera sin dar la cara y, más aún, que así se haya dejado al libretista, José Muñoz Román –un hombre que sabía de verdad de teatro–, en las patas de los caballos. Esto demuestra muy poco respeto a la creación porque en los créditos de la obra se atribuía la autoría del libreto a Muñoz Román y sólo se puntualizaba que la “versión escénica” era de Emilio Sagi –gran cosa que un director de escena se atribuya la versión escénica de lo que dirige– cuando la realidad es que del autor sólo quedaron las letras de los cantables mientras que todo el resto de los textos, y hasta el argumento de lo que se representó, no era suyo.

¿De quién es la responsabilidad entonces de lo que se vio en La Zarzuela? Pues entendemos que de Sagi, apoyado en el gracejo de la pareja cómica formada por Mariola Cantarero y Enrique Viana. De esta manera, cuando un observador tan agudo del teatro musical como Jorge Fernández Guerra escribe que “El libreto de Muñoz Román es bueno en el sentido de proporcionar cantables briosos al músico, pero la historia es de una idiotez que solo se hace perdonar cada vez que hay música”, en realidad no se está refiriendo a la historia de Muñoz Román, sino a la de Sagi, y eso se tiene que destacar como acto de justicia y reparación a un autor que no se merece un maltrato así.

¿Que estos libretos no son buenos y necesitan cortes para hacerse aceptables para los públicos de hoy? Posiblemente, pero antes de nada habría que conocerlos y tratar de entender cuál era su sentido, de la misma manera que se hace con el libro de la obra de Gershwin que ningún crítico teatral se atrevería a juzgar mejor que el de Luna de miel en El Cairo. Porque, en el fondo, los dos libretos originales hacían prácticamente lo mismo: colocar una serie de números musicales dentro de una historia de enredo conducida por un actor característico –el abogado Watty Watkins en Lady… y Don Moncho, un gallego que hizo fortuna en Nueva York, desaparecido en esta versión de Luna…–, con juego de falsas identidades y un final feliz en el que bodas múltiples resuelven las tensiones de al menos dos parejas de personajes. En esos argumentos pasa cualquier cosa y caben naturalmente músicas extemporáneas y exóticas como la canción suiza “Swiss Miss”de Lady, Be Good! o la tirolesa de Luna de miel en El Cairo (eliminadas ambas de esta producción), o la hispanomexicana “Juanita” incrustada por Gershwin y no muy diferente, en cuanto a su función, de inserciones como la canción tapatía o el pasodoble flamenco de Alonso. Pero lo que siempre y en todo lugar se tuvo claro fue que alguna ilación era esencial para el género. Incluso las revistas más disparatadas la tenían, porque, de otro modo, se caería en el terreno del vodevil u otro tipo de espectáculo de variedades que necesitaría, para funcionar sin apenas argumento, otros contenidos además de las canciones: mucho más baile, malabares, magia, destape… Sin nada de esto, y sin argumento, Luna de miel en El Cairo quedó en la versión de Sagi como una disparatada e insulsa sucesión de números musicales cantados en unos decorados que ilustraban, sin más aunque muy bellamente, las canciones. La pareja lírica protagonista, que debía formarse con una gran vedette y un galán, interpretados aquí en un interesante “modo zarzuela” por Ruth Iniesta y David Menéndez, quedó en un segundo plano, mientras que la pareja cómica –Cantarero y Viana–, apoderada del espectáculo, hizo lo que pudo para avivar unos textos muy difíciles de sostener.

Algo así, pero con más fortuna, pasó en la concepción original de Lady, Be Good!, una obra hecha a la medida de los hermanos Adele y Fred Astaire, con intervenciones relevantes de otros fenómenos de las tablas neoyorquinas de los años 20 y 30 como Cliff Edwards, en el papel de Jeff White, y Walter Catlett como Watty Watkins. Adele, mujer talentosa, bellísima, espontánea y alocada, y su hermano Fred, soso y cabal, hacían de ellos mismos, igual que Cliff Edwards, que se las arregló para colar en la representación algunas canciones de su cosecha, o el dúo de pianistas formado por Phil Ohman y Victor Arden, que lo mismo interpretaban su rol dentro del argumento como amenizaban los entreactos. Lady, Be Good! trataba así de romper la “cuarta pared” del escenario, característica a mi juicio esencial de esta obra a la que debería darse alguna solución y aprovecharse en cualquier representación moderna: algo así como la orquestina de circo que sacó Ignacio García a la calle en su realización de Black, el payaso de Sorozábal, otra “versión escénica”, dicho sea de paso, aunque, en este caso, bastante más trabajada. Hoy día, sin los Astaire ni monstruos equivalentes sobre el escenario, los hermanos Susie y Dick Trevor vuelven a ser simples personajes de musical y eso permite la reincorporación al mismo de una canción que fue clave en la creación de Lady, Be Good!: “The Man I Love”, que los Gershwin descartaron en su día para mantener el ritmo vivo de la obra y evitar que Adele Astaire –frivolidad en estado puro– cayera en un sentimentalismo que no iba con ella. En el reparto de la producción del Teatro de La Zarzuela destacó el registro central de Jeni Bern (Susie), bien acompañada por Nicholas Garret (Dick) y, muy por encima del resto, Carl Danielsen en el papel de Jeff White quien, sustituyendo el ukelele de Cliff Edwards por un piano de media cola, bordó sus dos intervenciones: “Fascinating Rhythm” en el primer acto y “Little Jazz Bird” en el segundo, donde incluso se marcó un pequeño solo de claqué. El micrófono que pusieron a Danielsen no hubiera venido mal al resto de las voces del musical –salvo la de Jeni Bern–, que quedaron en gran medida tapadas por la potencia de la Orquesta de la Comunidad de Madrid desatada por la energética dirección de Kevin Farrell. No es fácil que una orquesta de esas dimensiones asimile de un día para otro el swing que Farrell demandaba, pero se apuntaron maneras que posiblemente luzcan mejor tras el día del estreno. Como era de esperar, algunos elementos del musical de Gershwin se contagiaron para bien en la música de Luna de miel en El Cairo, como las típicas reprises reorquestadas y algunos acentos cambiados de lugar para dar alguna cojera sincopada a los pasos marchosos de Alonso. Por lo demás, destacó la escenografía de Daniel Bianco, iluminada por Eduardo Bravo, a cuya altura estuvieron los vestidos de Jesús Ruiz y las coreografías de Nuria Castejón, todos colaboradores habituales de Emilio Sagi.

Sagi es historia viva de la zarzuela del siglo XX, su trabajo en este campo merece los mayores elogios y, aunque no será su versión de Luna de miel en El Cairo la que mejor le represente, lo cierto es que consiguió su objetivo: divertir, sin más. Y el ministro pareció pasárselo en grande, que no hay nada mejor que echar unas risas para distraerse tras un duro día de machacar un poco más las enseñanzas públicas. Jijí, jajá…, me parto.

 

Javier Suárez Pajares

     
     
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