Nombres del olvido

Capítulo I: Memorias de un músico de Carabanchel

ANDREAS PRITTWITZ
“Todos estamos deseando romper...”

Mario Muñoz Carrasco

XOEL LÓPEZ
Un pirata del Atlántico

Cristina Aguilar

NUEVOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA
Prácticas emergentes en la industria...

Héctor Fouce

La vida del músico es más compleja de lo que se ve a simple vista. El concierto que puedas estar disfrutando en un auditorio o en la Riviera es fruto del trabajo de una vida dedicada a la música, son horas, horas y más horas para alcanzar la perfección en forma de pieza de tres minutos.

Pero claro, no todos llegan a la fama o a formar parte de una orquesta de renombre. La gran mayoría, tras una dura vida de dedicación y más conocimientos que un músico conocido, viven apartados de las luces de los focos.

A pesar de ello, como decía el músico Frank Zappa: “Sin música para decorarlo, el tiempo es sólo un puñado de aburridos plazos límite de producción o fechas en las cuales deben pagarse las cuentas”.

En este espacio se hará honor a todos aquellos que viven por y para la música, que lo han dado todo, pero que no conocemos.

Por todos esos “héroes” musicales que hacen este mundo más melódico, esto es para vosotros.

Capítulo I: Memorias de un músico de Carabanchel

Eran las cinco de la tarde y el sol calentaba la estancia a través de los cristales de la estación. Mientras esperaba a que llegara mi tren me senté frente a una pequeña tienda de golosinas viendo cómo a los niños les brillaban los ojos al pasar.

Una voz a mi lado me dijo:

—¡Quién fuera niño otra vez!

Me giré y vi a un hombre sonriéndome amablemente. Cargaba una funda de guitarra sobre los hombros.

—¿Tocas? —le respondí a modo de saludo.

—Bueno… Eso intento o llevo intentando desde hace algún tiempo —dijo riéndose.

—¿Cuándo empezaste? Si se puede saber, claro. —Devolviéndole la sonrisa. Era extraño, pero el hombre transmitía un sentimiento de familiaridad que me intrigaba.

—¿Cuándo empecé? Se podría decir que cuando los dinosaurios habitaban el planeta y me encontraba en plena pubertad —dijo riéndose y yo con él.

—Pues por aquel entonces… —Me mantuve en silencio, que dio paso a su historia.

—Aún recuerdo cuando iba a hurtadillas a la habitación de mi padre a robarle la radio para escuchar a escondidas una música que procedía del otro lado del charco. Nombres como Led Zeppelin o Creedence eran los más sonados, aunque con Franco aún vivo no llegaba ni una décima parte de la música internacional. Aquí solo había peineta y toros.

»Cuando tienes 16 años y en tu educación no has recibido ningún tipo de conocimiento musical, todo lo que tiene que ver con la música te resulta un mundo, y más si acabas en un internado de formación profesional…

—¿Un internado de formación profesional? ¿Existían internados de este tipo? —le pregunté extrañada.

—Por supuesto. Eran lugares donde acaban los jóvenes conflictivos, básicamente —respondió rotundamente—. Aunque yo era un buen muchacho —me dijo con cara burlona mientras se reía.

—Entonces, ¿por qué acabaste allí si tan “buen muchacho” eras? ¿Te pillaron con la radio en mano y te castigaron? —seguí con la broma, aunque con bastante curiosidad.

—Jajaja, ¡cierto!

—¿En serio? —No podría creer que ese fuera el motivo.

—No, la verdad es que era broma. Mis padres creyeron que era lo mejor. Mandarme a un lugar lejos y apartado de mi mundo donde aprendería un oficio, a pesar de tener buenas notas y de que mis hermanos acabaron en la universidad. Pero esos son cosas del pasado…

—Ah… Y ¿cómo empezaste en el mundo de la música?

—Bueno, por aquel entonces, virgen de todo conocimiento musical que no fuera lo que escuchaba por la radio, poder tocar una guitarra lo veía como algo complejo, aun así, durante aquellos largos fines de semana en Zaragoza, lejos de mi ciudad natal (Madrid), no había mucho que hacer, por lo que coger la guitarra de tu compañero puede ser lo más divertido.

»Todavía me acuerdo del Romance anónimo con el que empecé a trastear con la guitarra, la verdad es que no era tan complicado como pensaba y aprendí rápidamente la colocación de los sonidos, y sí, digo sonidos porque no sabía ni cuáles eran las notas, ni lo que era una escala. Esas cosas se escapaban a mi conocimiento.

»En uno de los viajes a casa con 17 años comenté que sabía tocar la guitarra para el asombro de mis padres, que me regalaron tan deseado instrumento.

—¿Y de dónde sacabas el repertorio para tocar?

—Esto puede que le resulte raro a todos esos millennials… pero no teníamos internet. La mayoría de las canciones eran de oído. Las fuentes de información en aquel entonces eran la biblioteca, los corrillos de los cotillas y los supuestos conocimientos de tus amigos.

»Con la suerte de conseguir alguna tablatura, el que me dijeran que existía una nota que se llamaba si y era la del medio de aquel conjunto de líneas, y de dar la tabarra para conseguir más información e imitar de oído lo que escuchaba por la radio, fui aprendiendo cada vez más. Mis pinitos musicales para el público consistían en tocar en la calle, y llegué incluso a formar un grupo con gente del internado y de fuera.

»Cuando regresé a Madrid estaba solo, sin los amigos que había tenido aquí, a lo cuales les perdí el rastro cuando me fui a Zaragoza y los que hice allí al regresar a Madrid. Que conste que intenté quedarme allí por todos los medios posibles, pero mi destino era regresar a la capital. Por suerte tenía un hermano, así que salía con él y sus amigos y poco a poco volví a hacer mi grupo de amigos y algún que otro grupo de música.

»En aquellos tiempos tener un grupo no eran tan difícil, sobre todo si lo comparamos con la problemática de encontrar un lugar de ensayo. Nuestra creatividad fluía locamente para idear planes de insonorización en las casas en las que vivíamos. Esto no funcionaba demasiado, tocábamos una vez y nos echaban y así íbamos rotando de casa en casa.

»Una de nuestras ocurrencias de ingeniería sonora era la de forrar una habitación con poliespán, lo cual no tenía mucho sentido porque no hacía nada, pero nosotros no lo sabíamos. Era para vernos… unos chavales de veintipocos cargando con placas enormes de poliespán por todo Madrid.

Le miré con asombro y por muchos esfuerzos que hice no pude hacer otra cosa que reírme. La imagen que de unos jóvenes que intentaban forrar las paredes de las casas sin que se enteraran los padres, obviamente sin éxito, me resultaba un tanto graciosa.

Había algo en él que se me hacía atrayente; ya fuera su naturalidad, la manera en que contaba su historia o que me recordaba a alguien lejano. Me decidió a seguir con la conversación.

—Pero además de ensayar, ¿dónde tocabais?

—En su día me decidí junto con los que componían el grupo a tocar en la calle, bueno en los sótanos de Atocha más concretamente, cuando existían, sería el año 1978 al 1979. La razón salió porque...

¡¡Atención señores viajeros, Renfe informa: El tren de larga distancia con destino a Zaragoza por motivos ajenos llegará a la estación con retraso. Disculpen las molestias y estén atentos a los siguientes anuncios!!

— Vaya… —Le miré con cara de resignación.

—Mi tren se retrasa.

—Si tu tren todavía no ha llegado, te invito a un café y me sigues contando.

Una vez sentados en la cafetería prosiguió con su relato.

—Yo realmente iba con la guitarra a todos los lados, entre semana al parque más próximo, y los fines de semana por el centro de Madrid. Se había convertido en una extensión de mi cuerpo. —Río.

—Tocábamos en la calle, lo hacíamos por la mañana y con lo que sacábamos almorzábamos en un bar de Atocha donde ponían unos bocadillos que llamaban Ovnis, con su cervecita y todo, y luego repartíamos lo que sobraba, que sería entre 100 a 150 pesetas por persona de aquel entonces.

—¿Pero no tocabais en más sitios que no fueran en la calle? Me refiero a cómo os manteníais, u ¿os ayudaban en casa? —Estaba completamente inmersa en la historia.

—Para nada, no tenía más trabajo que el de vender pañuelos en los cruces y lo que ganaba tocando en la calle. En mi casa no tenía mucho apoyo y sentía la presión de que volviera a mis antiguos estudios.

»Llegó un momento en el que o nos lo tomábamos en serio o había que cambiar las cosas, por lo que acabamos montando otra formación, otro nombre y comenzamos a componer nuestros propios temas. Hacíamos el tipo de rock que había, algo como el de Leño, Barón Rojo o más concretamente a Bloque o Led Zeppelin.

»También he de decirte que esto de montar un grupo es poner dinero constantemente, por lo que llegó un momento en el que tuve que dejarlo. Aunque fue una época muy bonita e importante para mí, el desgaste, la falta de dinero, apoyo y la presión de mi madre hizo que al fin y al cabo tirara la toalla. —Su mirada se tornó triste y lejana, y con una mueca de dolor terminó.

—Lo dejé.

¡¡Atención señores viajeros, Renfe les informa: El tren de larga distancia Talgo con destino Zaragoza efectuará su parada en la vía 2!!

Continuará...

 

Ángela S. Vázquez

     
     
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