Nuestro nuevo Nautilus

La verdad es que pecamos de soberbios. La idea era cambiar la dinámica sobre cómo se habla, se percibe y se reflexiona sobre la música. Profundizar un poco y presentar un panorama mar adentro, que no se quedara en una bonita fata morgana que sólo admirara la reflexión de los rayos en la superficie. Entonces pensamos en unos ensayos transversales que hablaran de la esencia de lo imposible, que es lo que es la música, y unas críticas que no se quedaran en la mera pirotecnia tecnificada. Pensamos en investigar y no ser turistas de la música. Queríamos hablar de la arquitectura de la emoción, de la naturaleza del desgarro, de la gramática de los sentidos. Por eso planteamos un tipo de revista que primaba a veces el cómo sobre el qué, y otras lo intangible frente a lo inmediato. Ya saben, intentando no confundir lo urgente con lo importante. Y nos ha funcionado a medias.

Con el tiempo descubrimos que no generábamos mucho debate entre otras cosas por lo pospuesto de nuestros textos, siempre uno o dos meses después del concierto. Llegábamos de punta en blanco a una fiesta que ya había terminado. Y también vimos que el lenguaje se nos quedaba pequeño, o la disciplina muy grande. Nos hemos sentido tras cada nuevo número un poco como el filamento gastado de una bombilla. Nos fuimos fatigando.

Así que verán cambios a partir de ahora. El primero es la frecuencia de publicación. Síneris seguirá siendo mensual (o casi) en prácticamente todos sus contenidos, pero las críticas aparecerán tres o cuatro días tras el concierto y ubicadas en la portada. Misma reflexión, misma intencionalidad ensayística pero con un margen de referencia mucho más corto, para hablar de lo que se habla cuando se habla, para escribir, como decía Ortega, sobre el estremecimiento de la rama cuando el pájaro la abandona, pero justo después, y no cuando es apenas un temblor confuso. También habrá algunos casos en los que la trascendencia de un evento musical lo haga merecedor de atenciones a priori, y nos permitamos confeccionar una especie de guía antepuesta, que hemos querido llamar “En taquilla”, procurando unas previas ensayísticas que funcionarían a modo de preliminares para una primera cita, que es lo que viene siendo un concierto musical. También cambia el subtítulo, de “Revista de musicología” a “Revista de música”, porque la disciplina desde la que analizamos los hechos nos parece menos importante que el hecho en sí. Proponemos una visión del paisaje distinta, una mirada desde el alfeizar que no necesita de apellidos tan superlativos.

Por último, hemos aprendido que para reflexionar sobre el arte, el verbo no es el único medio. Incorporaremos durante los siguientes meses críticas musicales que se articularán desde distintas disciplinas artísticas: poetas, ilustradores, fotógrafos o arquitectos realizarán sus análisis musicales desde sus propias ópticas peculiares, con bocetos, poemas, fotografías e ilustraciones. Nos abrimos a distintos dialectos del pensamiento para mirar mejor. Nos ponemos las gafas de cerca.

En fin, que más humildes que nunca les proponemos una metamorfosis que nos aleje del marasmo y nos arrime a la vieja llama de siempre, la que nos interesa, pero con un calor nuevecito y a estrenar. Seguimos siendo acólitos de la carta de Nietzsche a Peter Gast de 1888: la vida sin música es un error, una fatiga, un exilio. No queremos estar en la periferia de algo que amamos tanto, así que nos mudamos al centro, para estar más cerca. Bienvenidos a nuestro nuevo Nautilus, a nuestra nueva Ítaca, a nuestra nueva torre de Babel.

Saint Istvan Basilika, Budapest.

Publicado en octubre 2015

 

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