Pobres Edipos

Crítica
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Reflexiones invernales sobre La música en Sevilla en el siglo XX

La música en Sevilla en el siglo XX. Miguel López Fernández (ed.). Granada, Libargo, 2018.

Comenzaré hablando claro ut solebat: el saldo del libro es positivo en líneas generales. Presenta elementos interesantes y una visión completa de un elemento que resulta a la vez tan concreto como inabarcable: la música en Sevilla a lo largo del siglo XX. Sin embargo, debo advertir que, como estamos en invierno y se dispara la flema negra, seré por una vez algo pesimista en mi pronóstico y acabaré haciendo un generalizado honor a aquel maravilloso cuentito de Tolkien: Hoja de Niggle.

Pero antes de irme por las ramas vayamos a lo que hemos venido: a reseñar un libro. Se divide en tres bloques de extensión bien equilibrada que supuestamente responden a diferentes modelos de investigación musicológica. Digo supuestamente porque al final, y por mucho que huyamos de nuestro destino, siempre caemos en él: escribir una historia… o mejor dicho, escribir sobre una historia que otros han protagonizado.

El primero trata sobre la construcción de identidades; el segundo sobre la práctica musical e historia de la música en Sevilla a través de sus instituciones y espacios; y el tercero sobre creación musical, todo ello precedido por un prólogo que trata sobre la problemática inherente a la investigación musicológica, como analizaremos más adelante. El libro viene además acompañado de una separata con el Concertino para siete instrumentos (1933) de Manuel Navarro, editado por Jorge Isaac Martín Rodríguez. Debo destacar este aspecto: me hace pensar que todo congreso debe ir acompañado de una llamada a las armas de la edición de obras potencialmente interesantes para su posterior publicación, lo cual ayudaría a la recuperación de obras musicales que, de otra forma, seguirían y siguen en silencio. Congresores: ¡alerta!

Algo que me gusta especialmente es la perspectiva social y política del libro. No desprecio ninguna rama de la musicología y creo que todas aportan algo, pero qué le vamos a hacer, me gustan más los estudios históricos planteados desde enfoques sociológicos y las imbricaciones entre música y política, además de la salsa rosa de la época, un tema que me atrae en demasía.

Lo que más me interesa del libro es objeto de estudio y su enfoque: Sevilla a través de su música. Su música también, pero Sevilla es en última instancia la manzana vista desde múltiples perspectivas. En este sentido hay algo en el título del libro que disuena, probablemente por ser cuasi homónimo del congreso del que nace el texto: Música en Sevilla en el siglo XX: instituciones, espacios e identidades, que se celebró en noviembre de 2016 en la capital andaluza. Mi propuesta sería algo así como Sevilla en el siglo XX a través de su música: identidades, instituciones y creación. Siéntome tentado a comenzar el título con las palabras Historia de pero hoy en día este parece ser un término tabú en los proyectos historiográficos, probablemente porque seguimos pensando la historia más como hechos y datos fácticos que como concatenación rara de causas y consecuencias en la que se imbrican micro y macrorrelatos que confluyen y dan lugar a esa cosa más rara aún que es nuestra realidad actual.

Ya que no soy un experto en los tejemanejes de la historia y sus cosas teóricas, dejo hablar a Pilar Ramos a través del prólogo “En busca de la trama perdida: problemas de la historiografía musical” que abre el libro, donde propone algunos de los escollos a los que se enfrenta el musicólogo que pretende estudiar un objeto cualquiera. La autora compara la trama de un estudio musicológico con el detectivesco proceso de encontrar un asesino cuyas artes performativas han dado como resultado un cadáver,[1] con la peculiaridad de que nosotros escogemos el cadáver, el caso, el escenario y en ocasiones hasta el asesino. Todo ello condicionado por un factor que la autora afirma abiertamente que excluye de su reflexión: la financiación. Aquí me permito añadir el divertido caso de las amenazas de difamación a Kater por parte de la Orff Schule en caso de publicar su obra en la que afirma que Orff era un maníaco depresivo por dedicarse a escribir cartas de arrepentimiento a un amigo muerto. ¿Ya dije que me gusta la prensa rosa?

Como en invierno aflora la bilis negra, me permito insistir en el prólogo de Ramos porque, al final, se replantea la pertinencia y el punto de partida de una investigación cualquiera: “un investigador tiene todo el pasado detrás de él y todo el presente a su alrededor” (p. 25). Responder a la cuestión de qué caso queremos resolver es lo que determina nuestro presente, futuro y penuria económica.

Pero pongamos sangre a la bilis y hablemos entre esputos del libro que nos ocupa sin preguntarnos para qué o por qué, sino qué. Y este qué es en última instancia una historia compuesta de historias, por poco que nos guste este ilustrado término: pobres Edipos. De hecho, lo que salva al libro de su condición “histórica” es el (des)orden cronológico de sus capítulos. Vayamos por partes.

Como yo indicábamos anteriormente,[2] el libro se divide en tres bloques con enfoques diferentes. El primero de ellos relaciona los procesos identitarios a través de la música en Sevilla, todo en su pertinente desorden cronológico, ya que no tiene sentido imponer los rigores del tiempo a los asuntos de las identidades sevillanas. Falacias de nuestra creatividad… no dejamos de hablar de historia(s) a fin de cuentas, por muy cubista que sea la presentación. Pobres Edipos.

Quitando este pesimismo invernal, los aspectos tratados son interesantes, ya sea el asunto de las mujeres concertistas en los años veinte, el panorama underground contemporáneo o Mahler en la transición democrática. Todos ellos se relacionan con la forja de un modus operandi distintivo de Sevilla a través de determinados casos de estudio, si bien cabe preguntarnos hasta qué punto esto se diferencia de algunos de los aspectos tratados en el bloque dedicado a la creación musical, como por ejemplo el relativo a la madrugá sevillana (de Juan Carlos Galiano), que también es identitaria de dicha ciudad.

El segundo bloque, “Instituciones, sociedades y espacios urbanos de práctica musical”, se encuentra ordenado según la dictadura del tiempo, y propone una narración cronológica del devenir musical sevillano a través de diversos relatos documentados sobre los elementos catalizadores de la antigua Híspalis –espero haber sorteado la censura–. Esta sección me resulta especialmente atractiva porque se nos presenta la vida musical de Sevilla a lo largo del siglo XX mediante sus protagonistas, lo que me hizo pensar en el título alternativo que propuse hace algunas líneas.

Esta segunda parte ha llamado mucho mi atención por mis propios intereses, ya que centra su foco en las relaciones entre música y política, además de presentar la vida a través de las instituciones sevillanas. La confluencia de personas, lugares y eventos genera una visión encarnada que nos permite respirar la vida musical de la ciudad desde una cámara objetiva; un Jarama de Ferlosio sin protagonistas ni argumento concreto.

La sección incluye además lo que podríamos considerar dos intermezzi que sirven de casos de estudio, el capítulo dedicado a la Exposición Iberoamericana como parte de la política de estrechamiento de lazos culturales con Latinoamérica durante la dictadura de Primo de Rivera (Elisa Pulla Escobar), y el que estudia la actividad concertística de Juventudes Musicales (Arnold W. Collado). Los demás capítulos abarcan temas más amplios y transversales, lo que en su conjunto da lugar a una visión de la macro y microforma de la política y música sevillana en el siglo XX.

El último bloque se centra en el aspecto creativo, también a través de sus protagonistas y en un orden peligrosamente lineal de lo antiguo a lo nuevo: desde Turina a la composición actual. Utilizando como escenario la sección anterior dedicada a la infraestructura de la ciudad, se propone aquí una visión de cómo se manifiesta desde el punto de vista de la creación musical, que de nuevo aporta una visión casi novelística de la realidad del pasado musical sevillano. Frente a la naturaleza identitario o institucional-política de los apartados anteriores, aquí se toma como eje de estudio la propia creación musical, lo que enriquece el conjunto desde el punto de vista sonoro. Se incluye aquí la crítica a la edición del Concertino para siete instrumentos de Navarro editado en la separata, algo que –recalco, insisto y reitero– debería convertirse en el eje de actuación de los invocadores de congresos. Creo que sería una sana forma de recuperar poco a poco un patrimonio demasiado dormido en nuestros días.

Esbozada esta panorámica general del libro, debo añadir que un aspecto destacable de los artículos es su prolijo sustento documental, lo que demuestra una importante labor de trabajo de campo de los investigadores en lo que suelo llamar la arqueología del papel. El modo de investigación muestra una clara adherencia al rescate de papeles en el olvido de los archivos, aunque como contrapartida debemos considerar que no podemos escapar a nuestra condición de investigadores que incordian a unos datos tranquilamente dormidos, obligándoles a responder a nuestras preguntas con las respuestas que nos interesan, corriendo siempre riesgo de inventarnos un asesino. Flema negra.

Mordamos ahora la manzana amarga: ¿conclusiones? Considero que una de las mayores dificultades para un investigador es saber diferenciar conclusiones de recapitulación conclusiva, y algunos de los artículos del libro no presentan esta diferencia. Resulta esencial para comprender dicha distinción el monólogo sobre las medusas de Eva Hache: en el minuto 1:18 la comediante realiza un magnífico resumen acerca de la peculiar naturaleza de estos bichitos, aportando en una simple frase una visión general de las aguavivas o aguamalas –dependiendo del esputo imperante en nuestro cuerpo– sin repetir ningún elemento aportado anteriormente. Esta maestría falta en algunos de los trabajos de investigación presentes en el libro, que repiten datos ya mencionados, repasan la historia narrada o incluso incluyen elementos novedosos e información adicional. Concluyendo: recapitulan.

Para no aburrir al no flemático lector me permito ir abriendo el cierre. Este libro me ha dejado con un buen sabor de boca, si bien encuentro algunas irregularidades en el tratamiento de los temas que no sé si responden a la naturaleza del libro o a mi naturaleza como lector rodeado de frío y bruma. El aspecto más positivo es que profundiza en la música sevillana del siglo XX –en realidad se retrotrae bastante a mediados del XIX– a muchos niveles, desde perspectivas generales a casos de estudio, pasando por creaciones concretas.

Lo único que me da penita, volviendo al cuento de Tolkien y en honor a mi bilis negra, es que al final los pobres Edipos nos encontramos con un fáustico desenlace –o mejor dicho, comienzo– en que, por más que indaguemos sobre algo, siempre nos faltará otralgo por saber, y todo ello sobre la base del absoluto fracaso del conocimiento según Gorgias. Y así, al final de nuestras vidas, solo San Google de Wikilandia poseerá la divina omnisciencia, y en cien años todos calvos.

Nota mental: dejar de escribir reseñas en invierno.

[1] A este respecto, consultar las “Normas de conducta cuando hay un asesino en la mesa” de Leonardo da Vinci.

[2] Para un estudio del yosotros como persona gramatical en la investigación musicológica, véase “Payasos con katiuskas”.

Alberto Caparrós Álvarez

Fotografía: Andrea Bravo

Publicado en mayo 2019

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