Profetas del jazz afrocubano en el Auditorio Nacional

El trance de Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba

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CNDM. Jazz en el Auditorio. Trance. Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba (piano). Auditorio Nacional de Música, 19 de marzo de 2018.

Trance. Eso era lo único que rezaba su programa: “trance”. Sobre el profético título de la obra que presentaban figuraba una fotografía de los dos pianistas sonrientes, abrazados mientras miraban hacia un punto indeterminado. Si ya el propio hecho de esperar la entrada de la leyenda pianística cubana provocaba suficiente expectación, el programa ponía la guinda a la creación de la incertidumbre. Había que ponerse en situación: íbamos a ver —muchos de nosotros por primera vez— a Chucho Valdés y, si esto no fuese motivo suficiente de éxtasis, venía acompañado por Gonzalo Rubalcaba. Claro, cuando ambos mastodontes musicales hicieron su entrada toda la sala sinfónica estalló en aplausos. No hubo mucha demora por parte de los intérpretes: tras agradecer mediante sendas sonrisas las muestras de afecto del público, cada uno ocupó su respectivo piano, un Steinway para Chucho y un Bösendofer para Rubalcaba, enfrentados el uno al otro de modo que pudieran comunicarse con sus miradas.

Debido al escaso culto que el jazz profesa a la partitura, no era de sorprender que ni siquiera recurriesen al atril para colocarla, sino que se apañaran con las hojas sobre la madera o incluso en el suelo. La interpretación de lo escrito pareció únicamente importante a la hora de dar comienzo a cada pieza del repertorio, cuando habían de crear un inicio común. Si cerrabas los ojos era imposible reconocer quién tocaba, o incluso si no se trataba de un único individuo con algún brazo de más. Esto fue especialmente cierto en el arranque del espectáculo, cuando optaron por una pieza sin sorpresas, en la que ambos recurrían a un estilo jazzístico alejado de sus raíces cubanas y más cercano a un relajado Brubeck. Las melodías que afloraban en manos de Chucho de pronto se podían identificar en las de Rubalcaba, e incluso en ocasiones pasaba desapercibido que el primero había parado de tocar repentinamente, ya que no afectaba al fluido desarrollo de la pieza. Y es que la música se sentía libre, como si abandonara por voluntad propia las cuerdas de los grandes instrumentos y, si no hubiesen recogido sus partituras al acabar, bien podría parecer una larga sesión de improvisación.

Para ser justos, sería faltar a la verdad si dijera que la improvisación fue inexistente. Cuando la segunda pieza comenzó ambos intérpretes dieron rienda suelta a sus orígenes y evocaron una jam session cubana en la que fueron aportando sus propias interpretaciones de un estilo del que ambos son exponentes. Si bien la partitura estaba ahí, a modo de guía estructural, lo que el público sentía era una encarnizada improvisación que dirigían ahora con gestos faciales, ahora con zapateos rítmicos, ahora con movimientos amplios de los brazos. Hasta el término “pieza” no es completamente acertado en esta ocasión, ya que se asemejaban más a distintos movimientos de una única idea: la de tomar el jazz afrocubano y moldearlo a la manera de cada uno pero siempre remitiéndolo a la realidad de un concierto a dúo. Sea pieza, sea movimiento o sea simplemente “ración musical servida por leyendas musicales”, la jam fue virando cada vez más hacia esos orígenes habaneros: ritmo de clave cubano servido por los pies de Rubalcaba, picantes acordes clúster aquí y allá sazonados por Chucho y mucha, mucha síncopa. Y, por supuesto, sus perfectos glissandi a través del conjunto completo de octavas.

Era muy interesante distinguir las tendencias de cada uno de los intérpretes: los estudios de percusión de Rubalcaba eran más que evidentes en su concepción percusiva del piano, como un Bartók rendido al jazz, y sus incursiones en el cool más ecléctico de Miles Davis y Charles Mingus se hacían igualmente presentes. De hecho, su colaboración con Gillespie se hizo más viva que nunca tras acabar la “pieza” anterior, cuando dio vida a un feeling traído de los 60 a la Sala sinfónica. Frente a él Chucho atraía hacia su estilo afrocubano lo que Gonzalo trataba de tintar de estadounidense. De manera opuesta, Chucho apostaba más por el pedal —aun así, con un uso bastante moderado—, las melodías continuas y las progresiones que culminaban en los agudos y se veían interrumpidas por los ya mencionados glissandi. Hubo por su parte incluso algún breve guiño a compositores académicos (se pudo identificar un efímero Rondò alla turca que nacía de su mano derecha) para dejar claro que lo que escuchábamos era fruto de un sinfín de influencias y de una larga experiencia en distintos terrenos musicales.

Tras esta intensa fusión de estilos, Rubalcaba abandonó su piano y cedió todo el protagonismo a Chucho. Su solo viraba hacia un estilo algo menos jazzístico en virtud de una mayor tendencia romántica, en el que se le pudo ver haciendo mayor uso del pedal y de motivos musicales delicados que contrastaban con un profuso uso de las octavas más graves. Seguir el movimiento de su mano era hipnótico; creo que huelga describir su manera de manejar el piano como si de un arpa se tratase, como si en vez de madera las teclas fuesen un alargado colchón de agua. Era difícil no centrarse exclusivamente en el baile de sus dedos, que se movían a una velocidad mucho mayor de lo que aparentaba con su sutileza. Antes de lo que nos hubiese gustado su solo terminó y se intercambió con Gonzalo. Por su parte, y como era de esperar, se rindió a los ritmos marcados que ya vimos anteriormente, con acordes breves y secos que se sucedían de forma vertiginosa, los cuales apoyaba con su incesante zapateo. Su solo se acercaba más a lo que un consumidor habitual de jazzhabitúa a encontrarse y por ello quizás sorprendió menos que la elección de Chucho, aunque en términos de calidad ambas interpretaciones fueron soberbias.

Con tanto apasionado golpe, el piano de Gonzalo se desafinó y hubo un descanso técnico en el que el afinador puso a punto el instrumento vienés. Cuando los dos músicos volvieron a escena llevaron a cabo un par de incursiones en su Trance al que ya aportaron pocas sorpresas más. Se mantuvieron en la línea afrocubana ecléctica que ya vimos tras el comienzo, con mucha comunicación mutua, haciendo hincapié en esa sensación improvisatoria que emanaba de la composición (¡lo que hubiera dado por hacerme con una copia de lo que allí leían!). En ocasiones Chucho y Gonzalo compartían una misma idea musical que viajaba entre los dos pianos, y otras muchas contrastaban el uno con el otro para generar una empastada amalgama de sensaciones y sonidos.

La sorpresa final vino con el esperado bis que el público demandó con sus aplausos cuando abandonaron el escenario. Los dos músicos, de pie, empezaron a golpear las cuerdas del piano con sus manos, entre risas y bromas. Chucho pronto tomó asiento y comenzó a percutir la madera con ritmos habaneros que servían como base para Gonzalo, que desató su impulso rítmico haciendo del piano momentáneamente un címbalo húngaro. Así, uno golpeando su instrumento como si de dos bongós se tratara y el otro de pie, tendido sobre la caja, evocaron un aire informal que acercó aún más el público a su actuación. Cuando los dos se sentaron en la banqueta no renunciaron a este ambiente festivo, y animaron al público con sus últimos compases que, a modo de da capo, trajeron de su juventud en La Habana, cuya influencia, a lo largo de los años, destiló en esta obra que presentaron a su público madrileño en el Auditorio Nacional.

Se despidieron y nosotros, claro, aún necesitamos unos minutos para asimilar a quiénes habíamos visto. Hora y media supo a poco para los que seguimos la trayectoria de Chucho Valdés y Gonzalo Rubalcaba como si fueran chamanes del jazz, pero fue una hora y media intensa en las que un Auditorio a rebosar no quitó los ojos de cuatro pequeños puntos en el medio del escenario, las manos de los pianistas. No necesitaron más en el programa, nos dieron lo que prometieron. Un trance.

Gonzalo Hormigo Fraire

Fotografía: www.sevillainfo.es

     
     
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