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Au-delà de la flamme éternelle

EN UN DÍA DE 1994
Perder canciones

Hugo Milhanas Machado

NAVEGA, NIÑA PLATEADA...
Músicas con historia. Capítulo III

Orquesta Pelota

ENTRE EL PIANISSIMO Y EL FORTISSIMO
Reapariciones y evocaciones de...

Héctor Quintela

Correr. No podía pensar en nada más. Tampoco tenía en qué. Correr.

Si alguien me preguntara si tenía un destino determinado, le hubiera contestado que sí; si alguien me hubiera preguntado si no tenía rumbo, le hubiera contestado que sí; aunque si alguien me preguntara si huía de algo, le hubiera contestado que no. No.

NO. Un no rotundo. Un no mentiroso.

Por toda la humanidad hubiera jurado que no era víctima de un cazador sin piedad.

El día en que me convertí en gacela fue por miedo: la sombra de la leona abalanzándose sobre mí, con toda su furiosa fuerza, hincándome las garras en los muslos, dejándome sin movilidad; el terror en mis ojos reflejado en sus pupilas antes de la primera dentellada…

En gacela me convertí y como una gacela empecé a correr.

La primera vez que bajé a la calle y sentí todo el peso de mi moribundo cuerpo sobre el asfalto llevaba puestos unos mocasines verdes de piel vuelta, preciosos, los que solía usar cuando me acompañaba Daniel al piano, pero poco aptos para ejecutar el impulso que de repente asaltó ese moribundo cuerpo que no comprendía por qué ante su futura decrepitud le pedía algo tan contradictorio: correr. Sin pensarlo, y ya he dicho que en poco tenía que pensar, extendí mi pierna izquierda, o más bien la pierna izquierda, pues soy consciente de que yo no ejercía ningún control sobre la misma en ese preciso instante, igual que cuando mis dedos tocaban aquél endiablado pasaje del “Allegro” de E. Elgar. Después, realicé la misma acción con la pierna derecha, y así continuamente hasta alcanzar una velocidad que me pareció tan vertiginosa como el ritmo de vida que había llevado hasta ese momento y que sabía nunca más podría retomar, como el “Finale” del Concierto en Si menor op. 104 de A. Dvořák, reservado sólo a los más virtuosos.

Ese día no sólo lo recordaré por acabar con unas rozaduras espantosas y el principio de un callo horroroso en el segundo dedo del pie derecho (adiós a llevar de nuevo mis zapatos abiertos de verano, que tanto gustaba llevar en los Proms), sino porque también sería el último día que gritaría por teléfono a alguien, y menos a mi médico:

    –“¡Deje de insistirme! ¡No tengo tiempo de acercarme a su consulta, tengo un concierto importantísimo hoy! Lo que tenga que decirme, dígamelo por teléfono, ¡ya!

Quizás nunca fui capaz de aceptar antes de esa llamada que un médico podía darme a mí malas noticias. Quizás nunca fui capaz de asumir antes de esa llamada que yo también tenía que morir algún día, como el resto de los mortales.

Dejé de ser inmortal; ese yo antes de esa llamada dejó de ser inmortal, y no se le ocurrió otra cosa mejor que echarse a correr.

Correr entonces tal vez fuera un acto de expresión de la perdición que sentía en mi interior. O quizás, un deseo por sentir de forma instantánea todas aquellas emociones que me habían recorrido el cuerpo –como si de una descarga eléctrica se tratara–, desde la yema de los dedos hasta el aplomo de mis pies, la primera vez que mi madre me puso un violonchelo entre las manos, en mis manos, en mi cuerpo.

Mientras corría, empecé a darme cuenta de que poco a poco, los acordes de mi Romanza op. 24, que Alexander Goehr con tanta delicadeza me había compuesto especialmente, dejarían de sonar; que las bonitas veladas a cinco tornarían a cuatro; que mi Stradivarius moriría antes que yo.

Cuando todo pareció súbitamente llegar a su fin, la imagen de mis maestros me hizo recordar que iba a comenzar una vida totalmente diferente a la que tenía y que, efectivamente, he dejado atrás. Sin embargo, Pau y Mstislav también me ayudaron a comprender que nunca nada ni nadie conseguirán arrebatarme el placer de la música.

Andrea P. Envid

     
     
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