Rigor, elegancia y humildad

Las claves del éxito de Perianes en el Auditorio Nacional

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Fundación Scherzo. Ciclo de Grandes Intérpretes. Obras de Schubert, Falla, Debussy y Albéniz. Javier Perianes. Auditorio Nacional, 29 de marzo de 2017.

La trayectoria de Perianes es, sin duda, intachable. Premio Nacional de Música 2012, el pianista onubense ha tocado solo o acompañado por las mejores orquestas en los auditorios más prestigiosos del planeta y ha trabajado con grandes maestros como Barenboim y Mehta. En definitiva, estamos ante un artista español de fama y repercusión internacionales. Con este currículum, podríamos caer en la tentación de encasillar a Perianes en el arquetipo de pianista cegado por la vanagloria que se considera el fin del concierto y no un simple intermediario entre la música y el público; ese músico obsesionado por demostrar su virtuosismo, muchas veces faltando al respeto de lo escrito en la partitura. La supremacía de una técnica desprovista de la más mínima reflexión. Un Lang Lang más. Sin embargo, en el caso que nos ocupa hoy estaríamos siendo injustos.

“La música es una manera de entender la vida, una vocación, un aprendizaje constante y un pulso con uno mismo a través de los años y las experiencias. Siempre he tenido claro que no hay mejor receta para acercarse a una obra que la humildad”. Así de contundente se mostraba Perianes en una entrevista concedida al periódico El País con motivo de su concierto en el Auditorio Nacional el pasado 29 de marzo. Como reza el título, el rigor, la elegancia y la humildad del artista hicieron de la velada un éxito absoluto. Una lección de Música con mayúsculas.

Rigor porque nos ofreció un programa perfectamente construido y de gran belleza. Dividido el concierto en dos mitades, la primera parte estuvo dedicada al compositor vienés Franz Schubert y a dos obras trascendentales en su producción pianística: la sonata para piano en la mayor (1819) y Drei Klavierstücke D946 (1828).

La sonata en la mayor D664, bautizada como “Pequeña sonata” para diferenciarla de la otra sonata en la mayor, D959, “La grande”, fue coetánea del célebre Quinteto de la trucha y comparte con él ese lirismo tan representativo de Schubert. La “Pequeña sonata” responde a un momento dulce en la vida del compositor. Y precisamente esta atmósfera dulce se mantuvo de principio a fin de la obra, solo interrumpida en el desarrollo por un pasaje de octavas ascendentes en ambas manos. A pesar de la aparente simplicidad en el lenguaje, que no presenta ninguna innovación a nivel armónico y rítmico, la “Pequeña sonata” constituye un auténtico reto y la simplicidad es solo eso: apariencia. La necesidad de crear ese “lirismo en estado puro” del que hablaba Einstein; de destacar, por ejemplo, el tema popular vienés del primer movimiento en todas y cada una de las tesituras en las que aparece y mantener el resto de voces en un segundo plano, a menudo formando una textura de acompañamiento con densos acordes, exige del intérprete la cualidad de otorgarle a cada nota una densidad variable que cree diferentes timbres y dé un colorido especial al conjunto. Es el arte de la sutileza. Y Perianes es un auténtico maestro. Consiguió dejar al público en silencio, atento y atónito ante la delicadeza –y seguridad– con la que se movían sus dedos por el teclado. Los caramelos se quedaron en los bolsos de las septuagenarias asistentes al concierto. Los resfriados y las toses se habían curado de repente. Nadie quería perderse ni un instante de la magia que estaba creando el pianista en el escenario.

Esta atención se mantuvo a pesar de que la magia sutil y dulce dejara paso a la angustia y el dramatismo de las tres Klavierstücke D946. Son páginas de plenitud, de última madurez, nacidas apenas seis meses antes de que el compositor muriese. No obstante; esto no fue óbice para que Schubert, incapaz de renunciar a su estilo lírico, introdujera pasajes de un melodismo exquisito que Perianes transmitió con una elegancia y humildad absolutas.

Pero, sobre todo, lo que pudimos ver sobre el escenario es fruto del estudio y la reflexión ímprobos del maestro a lo largo de varios años. Supo transmitir a la perfección el mensaje de enorme profundidad que se escondía tras la inocente apariencia de las piezas y consiguió pasar de la resignación a la luz y a la esperanza sin excesos ni amaneramientos.

Si Perianes había enmudecido al público en la primera parte del concierto, en la segunda se mantuvo a la altura y exhibió nuevamente su increíble técnica con un programa inteligentemente estructurado que nos mostró las conexiones entre el ambiente musical español y francés de finales del XIX y principios del XX. Para ello, escogió Homenaje pour Le Tombeau de Claude Debussy (1920) de Falla; “La soirée dans Grenade” (Estampes, 1903), “La puerta del vino” (Préludes, libro II, 1913) y “La sérénade interrompue” (Préludes, libro I, 1910), de Debussy; “El Albaicín”(Suite Iberia, 1909), de Albéniz; y la reducción orquestal de El amor brujo (suite, 1915), nuevamente de Falla.

Yendo más allá de la cita explícita que hace Falla en su Homenaje pour Le Tombeau de Claude Debussy, donde introduce el tema de “La soirée dans Grenade”en los últimos compases, este repertorio nos mostró dos hechos significativos: la relación de amistad que había entre Falla, Debussy y Albéniz –“vecinos” en París durante varios años– y los consecuentes guiños y características comunes de estas obras. El ritmo de habanera nos acompañó a modo de ostinato desde el Homenaje pour Le Tombeau de Claude Debussy hasta “La sérénade interrompue”, lo que unido a las acciacaturas, los cromatismos, las cadencias frigias y los cinquillos y demás ritmos irregulares en sentido descendente –que imitan el rasgueo de la guitarra– nos transportaron al sur de España, a Granada –y más concretamente a la Alhambra–, pero de una manera fresca y alejada del pintoresquismo exótico que se puede ver en Carmen de Bizet. Una suerte de pequeños cuadros españoles impregnados del impresionismo francés. Perianes, muy consciente de ello, apenas dejó pausa entre las cuatro primeras obras: podríamos haber pensado fácilmente que seguíamos aún en la primera.

Contenido pero intenso en los momentos decisivos, el maestro creó el ambiente a la perfección: el tratamiento del pedal fue sublime; los pizzicatos y los acentos, precisos; los cruces de manos, limpios y certeros; la textura impecablemente jerarquizada, con efectos tímbricos sutiles y maravillosos; los pianissimi en el primer escape del piano, de infarto. Si hasta tuve miedo de moverme de la silla y que sonara más que el comienzo de “El Albaicín”. ¿Y El amor brujo y su “Danza ritual del fuego”? ¡Cómo olvidarme de los trinos!

El concierto fue maravilloso tanto en el planteamiento temático como en la forma y en el fondo. Debo agradecerle como pianista la increíble lección de virtuosismo que nos regaló. Virtuosismo del bueno, del que te mueve por dentro y te emociona. Ese que pasa desapercibido. Sin excentricidades. Riguroso, elegante y humilde.

Me gustaría acabar con las palabras con las que Cecilio de Roda describió el pianismo de Falla:

Completamente interior, sin concesiones al efecto, sin exterioridades deslumbradoras, sin la brillantez y la fuerza que conquistan el aplauso. Ni trata siquiera de abordar el fortísimo de sonoridad poderosa. Sus ejecuciones se mueven en una media tinta; pero en ella, ¡cuánta poesía, cuánta intención, y qué estado de alma tan hermoso y penetrante!

Ese fue Perianes el pasado 29 de marzo en el Auditorio Nacional.

Simplemente, gracias.

Diego Cerdá Vargas

Fotografía: www.javierperianes.com

     
     
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