Rock de estadio para todos los públicos

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Leiva, Gira “Monstruos”. Palacio de los deportes. Madrid. 30 de diciembre de 2016.

Si algo quedó claro en el concierto de Leiva, en la penúltima noche del año, es que el madrileño es un tipo minucioso y trabajador, que no deja cabos sueltos y planifica a fondo sus conciertos. Y lo es por varias razones. En primer lugar por la confección de su banda, generosa en número (al clásico combo rock añade teclados, percusiones y vientos), instrumentistas bregados que ejecutan a la perfección las órdenes del jefe, destacando la base rítmica formada por José Bruno (batería), Luis Miguel Romero (percusiones) y Manolo Mejías (bajo), capaces de levantar al pabellón desde el primer compás. Lo es también por la cuidada puesta en escena y por la selección del repertorio, dosificando la aparición de los hits, combinándolos con clásicos remozados de su antigua banda (Pereza), buscando momentos de calma que contrastasen con la épica que inunda algunas de sus nuevas composiciones (“Guerra Mundial”). No fue baladí la elección de los teloneros, Morgan, banda de  moda en el underground madrileño con su rock americano en la que destaca la impresionante voz de su cantante, Carolina de Juan, pero que no llegó a conectar con una audiencia poco paciente ante el rock reposado del grupo. Y tampoco parecieron fortuitos los parlamentos del propio Leiva, en los que aprovechó para mostrar su gratitud hacia el público, sus músicos, antiguos compañeros de batallas (Rubén Pozo) y maestros del oficio (Joaquín Sabina y Benjamín Prado).

De ese reloj bien ajustado que fue el concierto disfrutó ampliamente una audiencia que desafió a los estereotipos: había adolescentes y veinteañeras, pero también jovencitos madrileños de tupés interminables, barbas hipsters y alguna pose rockera. Todos a una corearon el rock de estadio que ahora ejecuta Leiva, quien quizás querría parecerse más a Dave Grohl, pero que se ha convertido en, salvando las distancias, una suerte de Chris Martin autóctono, apabullando con su facilidad para componer estribillos heroicos. Es en la diferencia entre el material nuevo, más centrado en reflexiones treintañeras (miedos, fobias e hipocondrías, véase “Vértigo”) y el antiguo, de mayor lubricidad juvenil, donde se intuye una pequeña grieta en la coraza del músico que no termina de gestionar con soltura su pasado, relegando a antiguos éxitos como “Estrella polar” a un papel testimonial, intercalando su estribillo durante “Medicina”.

En conclusión, parece que la madurez ha llevado a Leiva a buscar caminos menos obvios pero igualmente eficaces en sus nuevas composiciones. El resultado, altamente convincente, echa de menos la naturalidad de los éxitos añejos en los que, quizás, no todo estaba tan pensado ni fluía con tanta precisión, pero en el que se percibían mayores dosis de emoción.

Fernán del Val

Fotografía: Leiva Oficial

     
     
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