Un divo en la intimidad

Rufus Wainwright, la delgada línea entre dos músicas

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Rufus Wainwright. Teatro de La Laboral Ciudad de la Cultura. Gijón, 16 de octubre de 2016.

En ocasiones, a veces más de las que podemos imaginar o entrever, las fronteras entre las distintas parcelas de una misma disciplina artística se desdibujan permitiendo una momentánea fusión de ideas y conceptos que, de forma habitual, existen de manera independiente. En ese sentido el polifacético Rufus Wainwright constituye uno de los mejores ejemplos. Voz excepcional donde las haya dentro del mundo de los cantautores, flirtea a menudo con la música clásica y especialmente con la ópera, género del que ya ha escrito una obra –Prima Donna, grabada y publicada por el sello Deutsche Grammophon– y del que se encuentra finalizando una segunda. Su último trabajo, Take All My Loves, también fue editado bajo el mismo sello discográfico y contiene una selección de los sonetos de Shakespeare musicalizada por el propio Wainwright; se trata de una agradable mixtura de música de corte culto con temas más comerciales deliciosamente arreglados y trabajados, lo que supone un nuevo acercamiento del canadiense a la música clásica.

Sabiendo de sus incursiones a otros géneros fuera del que comúnmente se le atribuye, Wainwright es capaz de congregar a un público tan heterogéneo como sus propias inquietudes musicales. Así sucedió en Gijón el pasado 16 de octubre, cuando más de una hora antes de la apertura de puertas del Teatro de La Laboral la gente, de variadas edades y apariencias, ya hacía tiempo en el patio del recinto. Una vez dentro, sobre el escenario le aguardaban un espectacular Steinway D-274 y una guitarra acústica. Nada más.

Wainwright sale al escenario media hora más tarde de lo previsto –ataviado con una llamativa chaqueta negra de lentejuelas, un pantalón vaquero y unas sandalias– y es recibido con un sonoro aplauso. Después de la consabida reverencia se sienta al piano y el público hace el silencio absoluto. Más que un concierto de un divo del pop parece un recital de música clásica. Una vez más las fronteras se diluyen y, aunque el cantante lleva el pulso con el pie mientras toca el piano y mueve el pelo al ritmo de su música, el público no bate palmas, no canta, no se mueve. Aplaude sinceramente entre canciones pero no interviene en ellas.

Durante cerca de hora y media Wainwright se ganó al respetable con su espectacular voz al servicio de canciones que eran ya viejas conocidas para muchos. Poses y Release the Stars fueron los dos principales referentes de los que salieron muchos temas esa noche. No obstante, el canadiense no perdió la oportunidad de cantar dos sonetos de su último disco e incluso se atrevió con un fragmento de su Prima Donna, pese a que la ópera no es lo suyo cuando de cantar se habla. Tampoco la guitarra es su fuerte. Mientras cantaba su “California” fue difícil no recordar aquel célebre comentario que el New York Times publicó en la década de los cincuenta sobre nuestra Lola Flores: “No canta, no baila, pero no se la pierdan”. Su manera de rasgar las cuerdas del instrumento llega a resultar antiestética, y sus movimientos corporales no ayudan a paliar este efecto. Pero nada importa porque, como maestro de la escena, es capaz de crear un clima de intimidad tan intenso y mágico que puede conseguir, sólo con su voz y su guitarra mal tocada, que más de mil personas escuchen en un absoluto silencio, casi con veneración, aquel “only the people that love may fly”.

Puede ser motivo de crítica la austeridad de una iluminación poco espectacular, una escenografía prácticamente inexistente y un montaje tan intimista que, desprovisto de todo artificio, se diría casi improvisado. O puede todo ello ser motivo de loa. A fin de cuentas es la música lo que importa y, en ese sentido, la actuación de Wainwright constituyó el ejemplo vivo del “menos es más”.

No deja de sorprender cómo un artista con un estilo escénico tan marcado y particular es, al mismo tiempo, un maestro de la mímesis musical. Capaz de abordar la literatura clásica como pretexto para un trabajo de tipo popular o comercial, de escribir una ópera o de incluir un Agnus Dei en uno de sus discos más pop, Rufus Wainwright es el ejemplo vivo de que la delgada línea entre las músicas clásica y popular es, en efecto, más delgada de lo que podría parecer, y de que ambas no son incompatibles sino complementarias.

Álvaro Menéndez Granda

Fotografía: A Heart Is A Spade.

     
     
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