Navega, niña plateada

Músicas con historia. Capítulo III

MY HUCKLEBERRY FRIEND...
Músicas con historia. Capítulo I

Orquesta Pelota

LA FORMA DE LA BOCA
Perder canciones

Hugo Milhanas Machado

LAS SIETE MALETAS O...
Músicas con historia. Capítulo II

Orquesta Pelota

Pablo quiere mucho. Mucho.

Pero no sabe querer. Desde chiquito ha querido tanto que ha tenido que hacer muchas cosas a la vez para irlo gastando de a pocos. Escribe quereres dibuja quereres esculpe quereres. Pero le siguen sobrando.

Así que Pablo decide coger una guitarra entre sus dedos chicos pequeños bajitos y se pone a rasguñar melancolías con ella. Al principio raros y despeinados salen los sonidos de esa caja de madera con formas de mujer, pero con el tiempo y la prestancia, los sonidos se van arreglando el flequillo y poniendo el traje de los domingos y ya suenan bien.

Pablo le enseña la guitarra a todos sus amigos del barrio que no le quieren tanto como él quiere ni tan siquiera a una piedra, pero bueno, a Pablo le vale porque no sabe decir que no a un querer. Les enseña los ruiditos que sabe hacer con la cosa esa pero todos se levantan y juegan al fútbol y le dan un balonazo sin querer queriendo en el alma de la guitarra. Pero a los niños no les gusta y todos se acaban yendo, luego. Todos menos uno que mira las cuerdas ceñudo como interrogándolas sobre sus secretos. Pablo se ríe porque el secreto es de sus dedos, no de las cuerdas. Pero no se lo dice. Pablo quiere a los secretos.

Hola·–dice Pablo
Hola –dicen los rizos del chaval.
¿Te gusta mi guitarra?
Sí pero cantas mal, Flacucho.
Hazlo tú mejor si puedes, Ricitos.

Y vaya si lo hizo. Resulta que ricitos canta que eriza de bonito. De su garganta feúcha salen las notas como de camino a una boda, de elegantes que brotan. Notas de presumir. Un peluche de voz. Pablo le mira con un asomo de pedazo de cacho de querer en los ojos:

Jo, pues sí que cantas bonito. Pareces una oveja lanuda de a gusto que te salen las notas…
Te lo dije. Tú mueves la boca y te salen palabras con bordes que pinchan. Pero no haces eso de cantar que hago yo…
Tú también vas a mi cole, ¿no Ricitos?
Me llamo Arturo, Flacucho.
Vale, Ricitos.

Se fueron cada uno por su lado y se cruzaban sólo cuando iban al cole y los domingos, en la sinagoga donde Arturo cantaba. Pablo, que tenía mucho querer, quería la voz de Arturo para sí, pero eso no servía de mucho, porque Arturo seguía teniendo peluches en la voz y él ovejas calvas.

Un día Pablo estaba muy contento porque le tocaba un papel requetestupendo en la función de Alicia en el País de las Maravillas. Hacía de Conejo Blanco. No paraba de moverse y de acicalarse las picudas orejas y de hacer gorgoritos con la garganta, de nervioso que estaba… y como quería mucho, quería que Arturo estuviera muy cerca muy cerca para que le viera hacer de Conejo Blanco y pudiera él enseñarle a Ricitos sus palabras sin esquinas y presumirse un poco.

Y cerca, lo que se dice cerca, estaba Arturo, porque resulta que hacía de Gato Cheshire y Pablo, que no lo sabía, quiso entonces cosas malas para Arturo que, por suerte, se quedaron en dos falsas palabrotas, de esas que los papás le habían dicho que eran pero en verdad no.

El día que cambió todo fue cuando en una actuación en el cole, Pablo vio la cara de querer que se les ponía a las chicas al oír cantar a Arturo. Pablo quiso eso. A todas esas chicas. Así que se acercó al acabar todo, cuando el enjambre de mariposas niñas se había dispersado y le preguntó:

Ricitos, ¿por qué te quieren tanto las chicas y a mí no?
Porque tú eres bajito y flacucho y cantas con esquinas y yo soy espigado con rizos y tengo un balón.
Pero no tienes guitarra…
No, eso no.
Ja.
¿Qué?


¿Y si nos juntamos y tú haces eso con la voz y yo esto con la guitarra?
Vale mientras seas más bajito y feúcho que yo.
Bueno, Ricitos.

Pablo y Arturo fueron creciendo y enseñándose cosas. Pablo quería más a Arturo que al revés, pero eso siempre pasa en la vida. Al tiempo, él parecía tener certidumbres en las manos y el don de la palabra para llenar los sitios que dejaba su guitarra. Arturo, que quería poco a Pablo, cantaba con fogatas en la garganta y ligaba con las chicas.

Hicieron un grupo que se llamaba Tom & Jerry y cantaron por muchos sitios donde querían un poco a Pablo que tocaba la caja de madera y más a Arturo que cantaba con su voz peluche. Ligaron chicas pero no mucho, así que otra vez para casa.

Como Feúcho & Ricitos no parecía tener mucho gancho para ser el nombre del dúo, se decidieron por los apellidos. Simon & Garfunkel. Sonaba raro pero las extravagancias gustaban a las nenas, decía Arturo. Pablo hacía música música música y Arturo cantaba o ligaba con nenas o se iba jugar a ser actor, ya no de Alicia en el País de las Maravillas, sino de películas de señores grandes con bigotes y gorros.

Pero a todo lugar al que llegaban, a Pablo le aplaudían plás plás y a Arturo plás plás plás plás plás plás plás plás plás plás. Y eso que estaban los dos juntos juntitos, con los hombros pegados en el alto altísimo escenario. Aún así, Pablo contento porque ha encontrado a una persona a la que querer mucho. Una novia. De las de casarse y tener hijos y vestirse de chico bien en las fiestas de guardar.

Y así van siguiendo las cosas. Pablo va acumulando esa forma de querer marchita que es el rencor y Arturo cada vez más lejos de ser guarida de nadie. Todo se acaba una noche en la que la gente que les escucha abajo le pide a Arturo que cante la canción más bonita de todas él sólo sin la guitarra suave y voz rara de Pablo. Y la canta y le aplauden tanto que Pablo no aguanta más. Con otras canciones, no le hubiera importado... pero con esa no.

Era una canción por la que había tenido que luchar mucho. Nadie quería ponerla porque decían que iba de algo que no iba.“Tú hablas de drogas”, le decían a Pablo, y él que no. “Los paraísos artificiales de la heroína” decían los señores que no componen música pero se dedican a enjuiciarla. Y él que no.“Pero si lo dices muy claro”, le decía Arturo. Mira:

Sail on Silver Girl,
Sail on by
Your time has come to shine
All your dreams are on their way...

Navega, niña plateada
Navega
Ha comenzado a brillar tu estrella
todos tus sueños están en camino

¡¡¡Que no!!! Decía Pablo. "¿Y de qué va?". "Va de querer. De querer mucho". "Cambia esa frase. Sólo esa". Y él que no. Que exactamente esa no. Y no le creían. Así que harto de que no fueran la fogata que necesitaba, disolvió el grupo y se fue a casa con su amor.

 

Al llegar la encontró en el baño, con un pincel en las manos y el lavabo lleno de un tinte negro de aspecto poco prometedor.

¿Cómo estás, cariño?
Bien –mintió ella.

Estaba llorando. Las manos manchadas, el cuello lleno de sombras, un dolor de muy adentro que la hace caminar como rota.

Estoy vieja, Pablo. Muy vieja.
Sabes que no, mi vida...
¡SE ME HA PUESTO EL PELO TODO BLANCO!
Lo sé, amor. Desde ahora eres mi niña plateada, y vamos a navegar juntos en el barquito de papel de la vida, ¿quieres?
Prométeme que no le dirás a nadie que estoy teñida y soy vieja. A nadie.
A nadie, pequeña niña plateada.

Y en el abrazo que siguió a las lágrimas, Pablo encontró todo el querer que le había faltado en su injusta vida.

Orquesta Pelota

     
     
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