Crítica
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¿Se han ido ya los alemanes?

La prohibición de amar en el Real

La prohibición de amar, Richard Wagner, con libreto del compositor. Christopher Maltman, Peter Lodehl, Ilker Arcayürek, Manuela Uhl, María Miró […]. Orquesta Titular del Teatro Real, Ivor Bolton (dir.); Coro Titular del Teatro Real, Andrés Máspero (dir.). Nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Royal Opera House de Londres y el Teatro de Buenos Aires. Kasper Holten (dir. de escena). Teatro Real, 28 de febrero de 2016.

En ocasiones me planteo hasta qué punto el paradigmático “cultureta” occidental es consciente de que cuando compra una entrada para asistir a un teatro de ópera, un auditorio, un club de jazz, o de rock, o a una rave, en realidad lo que está comprando es la posibilidad de presenciar un milagro. Todo arte tiene la capacidad de hacernos reír, llorar, pensar, de enfadarnos, asustarnos, y los mecanismos a través de los que logra esto se me antojan, en última instancia, inexplicables.

Muchos de los que sean conscientes de ello y hayan comprado una entrada para asistir a La prohibición de amar tal vez entren en el Teatro Real dispuestos a presenciar un milagro wagneriano en toda regla: el de una obra gigantesca y trascendental compuesta por el más megalómano de todos los compositores; alguien capaz de mandar construirse instrumentos porque no le llegaba con los que había; alguien capaz de mandar construirse un teatro porque no le llegaba con los que había; alguien, en definitiva, capaz de elevar tanto un género musical –la ópera–, que a este no le quedaría en el futuro más remedio que enfrentarse a una vertiginosa caída. Sin embargo, el milagro que podemos presenciar hasta el día 5 de marzo en el Teatro Real es bien distinto, y consiste en percatarnos de cómo este dios también fue, en su momento, humano.

Efectivamente, La prohibición de amar nos revela a un Richard Wagner absolutamente dependiente de la tradición operística que se había gestado en las primeras décadas del siglo XIX: todo bebe de sus convencionalismos. En la música es difícil encontrar entre tanto Donizetti rasgos que nos permitan vislumbrar lo que luego sería el Musikdrama. Solvente (y poco más) fue la dirección de un Ivor Bolton al que se le nota que el repertorio decimonónico no es lo suyo. En el reparto de voces, muy equilibrado, destacó por encima de todos un Christofer Maltman (Friedrich) inconmensurable. El siempre soberano público, que supo verlo, se lo agradeció al final de la función con una ovación ejemplar. El único pero lo pusieron los tenores, tanto Peter Lodahl (Luzio) como Ilker Arcayürek (Clauidio), que no me explico cómo fueron capaces de proyectar a las últimas filas si a la primera, donde me sentaba yo, ya les costaba llegar; un par de caídas en los papeles de Luzio e Isabella, puramente anecdóticas y totalmente comprensibles, al contar sus papeles con puntos “incantables” que revelan a un Wagner cuyo dominio de las voces está aún en pañales.

El libreto se toma casi todo de la ópera cómica italiana. Wagner lo escribió partiendo de la comedia Medida por medida de William Shakespeare. Correcto el detalle del Teatro Real en el IV Centenario de la muerte del escritor universal, que se suma a los 2 Delirios sobre Shakespeare programados para junio. No obstante, estaría bien que el Real se volcase en igual medida con el otro escritor universal de aniversario (que, por si no lo saben, es Cervantes), ya que al Gobierno español, a diferencia del británico, parece no interesarle mucho los fastos de su literato más celebérrimo.

Los que presten atención al libreto se percatarán de las incongruencias propias de lo que en ese momento era un escritor novel. Es mejorable, por ejemplo, el hecho de que el argumento de la ópera se resuelva pocos minutos después de que suene la obertura. El problema llega cuando estas incoherencias parecen trasladarse a la escenografía. El trabajo de Kaspen Holten y Steffen Aarfin, director de escena el primero y escenógrafo y figurinista el segundo, es bastante confuso y pasa por una lectura del libreto muy particular: el hecho de hacer realidad en escena un grabado de Mauritis Escher apunta hacia el sinsentido de los fascismos, relacionándolos (de forma muy peligrosa) con lo que se cuece desde la Bundesrepublik Deutschland. Las imposiciones del orden germánico al “caos” de los países del sur de Europa son una constante que se dan tanto en La prohibición de amar como en la actualidad, y en otras épocas. He ahí la metáfora: da igual las veces que recorramos la escalera, porque volveremos al punto del que partimos, y seguiremos enquistados en la misma situación.

Afortunadamente, el público contaba con los folletines de mano para justificar la sólida elección escenográfica, pues resultaba incompresible a la vista del material expuesto. Estaba construido por un cartón piedra sin más disimulado con unas proyecciones simplonas, decorados móviles, una cinta transportadora, y la guinda: una enorme medialuna a la que aún no le encuentro razón de ser, aunque lo más probable es que al escenógrafo se le encendiera la bombilla mientras veía Acordes y desacuerdos. Para más inri, Mariana tiene que ir sujeta a ella mediante un arnés, lo cual nos induce al bochorno de que un extra salga a escena para atarla: ya puestos, que paren la producción, salga el tramoyista de turno y haga lo propio (no se rían, a los del Teatro de la Zarzuela les salió bien el chiste hace unos meses con Galanteos en Venecia).

En cuanto al vestuario, quizás es lo que más en su sitio está de acuerdo al planteamiento escénico visto. Busca sus referentes en la farándula que llenaba los cabarés berlineses en los años 20, hasta que la llegada del Führer significara su abolición. Aquí, el paralelismo con la trama es más que obvio. No obstante, los aciertos del figurinista se echan por tierra con el juego de los smartphones, un intento de traer a la actualidad una trama que no se presta a ello, y que supone una contradicción evidente.

En definitiva, y a pesar de todo, les animo a que vayan al Teatro Real: si ustedes son de esos amantes de la ópera antiwagnerianos se llevarán una sorpresa agradable. Si son ustedes wagnerianos… bueno, podrán pasárselo en grande tratando de adivinar cuántos de los personajes de sus dramas favoritos están en el carnaval del segundo acto. Yo encontré a Lohengrin y a Parsifal, a Brunhilda y su amado Sigfried, y hasta a la preciosa Isolda. ¡Pero seguro que hay más, no se los pierdan!

Martín Mella

Fotografía: Javier del Real.

Publicado en febrero 2016

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