Tres avatares de la música alemana: Mozart, Beethoven y Schumann

Inauguración del curso académico de la ESMRS bajo la batuta de Pablo Heras-Casado

LA TRASCENDENCIA DEL SONIDO
Evolución y revolución

Tatiana Aráez Santiago

DEL ENTENDIMIENTO ENTRE MÚSICOS
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Tatiana Aráez Santiago

Concierto de Inauguración del Curso Académico 2016/17 – Escuela de Música Reina Sofía, Departamento de viola (entidad colaboradora: BBVA). Obras de Wolfgang A. Mozart, Ludwig van Beethoven y Robert Schumann. Orquesta Sinfónica Freixenet de la Escuela de Música Reina Sofía. Pablo Heras-Casado (dir.). Enrique Lapaz (piano). Auditorio Nacional de Música. Madrid, 17 de noviembre de 2016.

No tenemos la ocasión de asistir de manera habitual en el Auditorio Nacional de Música a un concierto de una agrupación integrada por estudiantes. En este caso, los músicos que componen la orquesta Freixenet se forman actualmente en la prestigiosa Escuela Superior de Música Reina Sofía (ESMRS), institución cuya trascendencia a nivel internacional es innegable, así como los veinticinco años de historia que avalan su trayectoria educativa. Los miembros de esta escuela, cuyo nivel musical individual resulta, a todas luces, sobresaliente, atendieron a la batuta de Pablo Heras-Casado, laureado director cuya carrera artística se halla actualmente consolidada. El concierto contó además con el concurso de Enrique Lapaz, uno de los alumnos de esta institución con mayor proyección en el panorama musical. En su conjunto, los músicos pretendieron llevar el paradigma de la ESMRS a su máximo nivel: desarrollar la función social que tiene la música como vía de comunicación que traspasa fronteras.

El concierto se inició con la obertura de La flauta mágica de Mozart, un fragmento que el compositor introdujo en 1791, poco antes del estreno de su singspiel en Viena. Tras los tres acordes iniciales (cinco, contando los ataques provocados por las apoyaturas del segundo y tercero) que ascienden por terceras en sus voces superiores y que se hallan separados por tres pausas, se dibujó desde el comienzo ese halo de misticismo característico de esta música, en la cual los historiadores siempre han querido resaltar su conexión con la logia masónica de Viena en la que, al parecer, el músico se adentró a finales de 1784. Estos acordes no serán en vano, pues encuentran su verdadero significado en el segundo acto de la obra, una técnica que Mozart ya había empleado anteriormente, por ejemplo, en su Don Giovanni, cuya obertura anticipaba elementos del último acto de la ópera con el personaje del Comendador. En esta ocasión, la orquesta supo marcar claramente esta llamada inicial frente a un público que se sintió cautivado ante esa solemnidad. Asimismo, merece ser resaltada la diferenciación entre la búsqueda, efectuada por las cuerdas, y la sensación dolorosa, transmitida por los vientos. Se trata de una dualidad, al fin y al cabo, que no hace otra cosa que manifestar la lucha interior del ser humano, y que está claramente reflejada en el fugato a cuatro voces, del que el director supo sacar su máximo partido resaltando el contrapunto y los diálogos entre instrumentos. En este punto no debemos olvidar que el tema, tomado de Clementi (quien lo había empleado diez años antes en su famoso duelo con Mozart frente a José II interpretando su sonata op. 24 nº 2), sería completamente transformado por el austriaco. Además, en la interpretación, el carácter cómico sobresalió con esos acentos característicos del último tiempo de compás. Aunque en su conjunto la obertura quedó muy bien definida, lo hizo en el marco de una interpretación que pecó de ser algo acelerada, lo que impidió disfrutar de todas las sutilezas que esta pieza esconde.

Beethoven fue el gran protagonista de la tarde. Con su Concierto para piano y orquesta nº 5 en mi bemol mayor op.75, Enrique Lapaz y la orquesta consiguieron lucirse, aunque por separado. La orquesta logró el empaste que esta composición requiere, a pesar de que en algunos momentos teníamos la sensación de que esa unidad parecía que iba a desaparecer de manera puntual; consiguió transmitir un sonido rico, aunque no grandioso. El pianista, por su parte, hizo gala de sus grandes cualidades técnicas, olvidando por completo la profundidad musical que encierra la obra. La introspección que entraña el segundo de los movimientos, por poner tan sólo un ejemplo, se disipó en medio de una sonoridad que no se entendía pero que, sin lugar a dudas, no iba de la mano de la emoción y sensibilidad que requería, cualidades que apenas florecieron en el solista. Incomprensible fue también que el director tuviese que esperar a comenzar la interpretación, atendiendo a que alguien se decidiese a apagar su móvil. Al finalizar el concierto, lo que se pudo escuchar entre el público asistente fue: “Esto ha sido, más que un Beethoven, un Prokófiev”. Sin embargo, ovacionado por el público que llenaba la práctica totalidad de los asientos del auditorio, el pianista se decantó por ofrecernos una pieza fuera de concierto: el “Adagio” de la Toccata en do mayor (Toccata, Adagio and Fugue, BWV 564) en arreglo Bach-Busoni.

Terminamos la velada con la Sinfonía nº 2 do mayor op. 61 de Schumann. Contrasta (aunque no sorprende) la elección de esta pieza teniendo en cuenta que se trata, incomprensiblemente, de una de las composiciones menos populares entre las distintas orquestas. La obra encaja perfectamente en el diseño del programa y, sin duda, fue una buena apuesta, pues recibió en cada uno de los movimientos, a excepción del tercero (algo que llama la atención si tenemos en cuenta que se trata del más complejo), una ovación. Que Beethoven y esta composición de Schumann compartan programa no nos debe extrañar. Ya en la época se señaló la sombra del maestro de Bonn en ella (no en vano Schumann le profesaba una gran admiración). No obstante, el choque producido entre el tratamiento orquestal de ambos músicos sí que fue notorio y apenas paliado por el breve descanso ofrecido entre las partes que conformaban el programa. Con especial énfasis sonaron las trompetas y timbales, instrumentos que los musicólogos han considerado como inspiración de esta sinfonía en base a una carta que el compositor envió a Mendelssohn en diciembre de 1845: “En mi cabeza no paran de sonar timbales y trompetas desde hace algunos días […] no sé lo que será” (“In mir paukt und trompetet es seit einigen Tagen sehr […] ich weiß nicht, was daraus werden wird”). Cierto o no, la verdad es que los vientos juegan un papel sustancial en esta creación, rasgo que, junto a la falta de título, llama cuanto menos la atención (a diferencia de la primera y tercera sinfonías, la segunda y la cuarta no lo llevan, quizás para no condicionar a la música). Difícil fue conseguir el contraste entre la línea tranquila aunque sinuosa de las cuerdas y la escritura de fanfarria de los vientos, algo casi imposible si tenemos en cuenta el pianissimo exigido por el compositor y marcadísimo por el director, un conjunto de demandas que no hacían más que reflejar la fractura (¿por qué no conectarla con la propia personalidad de Schumann, quien asociaba el momento de su composición a una época de enfermedad?) e incluso angustia de esta música schumanniana. La evasión y reflexión se consiguió en el “Scherzo” y la resolución y unión se alcanzaría en el “Finale”. Y es que bajo una dirección de claras ideas, Heras-Casado volvió a triunfar al frente de una orquesta tratada como profesional, que nos deleitó, ante las ovaciones insistentes, con una pieza final: la “Danza húngara nº 15” de Brahms.

Tatiana Aráez Santiago

Fotografía: Grupo SANJOSE

     
     
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