Un pastel bien cocinadoEscúchalo en Spotify

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Damas y caballeros: definitivamente el falsete marca tendencia. Strokes, Grizzly Bear, Alt-J, Daft Punk y, ahora, Arctic Monkeys rescatan las octavas agudas masculinas del olvido setentero y nos las sirven de modos muy diversos. En el caso de los “primates” de Sheffield se puede afirmar que han culminado un disco de los que consagran carreras. Muy compensado, intenso de principio a fin y con un chef venido a más en los últimos años, en plena efervescencia, pletórico: Alex Turner, el cantante, letrista y guitarrista.

Cierto es que en AM no encontramos fórmulas mágicas ni espectaculares alardes de técnica o combinaciones instrumentales novedosas, más bien sigue las huellas de sus antecesores: temas cortos, contundentes y desprovistos de pesadas ornamentaciones, con desarrollos armónicos de canción del verano y, en consecuencia, pegadizos pese a que se hallen contextualizados en las músicas que quedan al margen de las radiofórmulas. Quizá esto resulte desalentador para esa parte del respetable que espera el disco del año. Que no se engañe nadie, no lo es. Sin embargo, esconde grandes tesoros que lo distinguen y lo aúpan a cotas de calidad superiores. Así pues, analicemos ahora los ingredientes que dignifican estas doce piezas.

Por primera vez uno puede escuchar un riff de guitarra repitiéndose durante 14 minutos sin que acabe pidiendo la cabeza del ideólogo de semejante tropelía. Hasta cuatro cortes están montados en torno a la secuencia presentada en “Do I Wanna Know?”. ¿Dónde está la habilidad entonces? Simplemente no hay truco en el qué, sino en el cómo. El motivo sufre ciertas transformaciones en el timbre, la tonalidad y en el ritmo, como si de la estructura clásica de tema y variaciones se tratara. Esto permite que el oyente no se percate de la economía de estructuras que esconde AM. Lo volvemos a oír en el single “R U Mine?”y en la canción “BackStreet Boys” del LP, “Why’d You Only Call Me When You’re High?”.

Por otra parte y como ya se advertía al comienzo de este texto, Arctic Monkeys apuestan por el falsete. Un recurso que, excepto en “One For the Road”y en “Snap Out of It”, utilizan de manera comedida y diluida en voces dobladas a las octavas más graves. En cambio, en las dos canciones mencionadas el efecto prevalece sobre el resto, el desparpajo brota libre y, así, nos muestra una cara del grupo desconocida hasta la fecha. Alrededor de la mitad del disco queda impregnada esta técnica que, además, aporta un colorido bastante interesante a las líneas rockeras que marcan guitarras y bajo. Sí, amigo lector, has leído bien, rock. Hay grupos a los que ponerles una etiqueta de las que se ajustan al mercado discográfico debería ser un hecho constitutivo de delito. Los “monos del Ártico” comenzaron bajo la losa del punk-rock, poco después los cambiaron a indie-rock, estilo que llenaba estadios, y más tarde los englobaron en pop-rock. Posiblemente, ahora podrían acuñar el término disco-rock. En cualquier caso, han logrado mantener sus raíces y sus características vitales sin que ello afecte negativamente a las innovaciones incorporadas.

Tampoco hay que quitarle el mérito a la producción de James Ford, integrante de Simian Mobile Disco. Consigue que el quinto trabajo de este quinteto suene fresco y, disculpen la paradoja, compensado a la par que sucio. Una suciedad favorecedora, el maquillaje perfecto, el ingrediente secreto para lograr el bizcocho perfecto. Cuando alguien pregunta qué hace especial a un grupo de chicos que no han inventado nada y que siguen la estela de sus hermanos mayores Franz Ferdinand o The Strokes, siempre contesto lo mismo: tienen la capacidad de crear un disco con tal unidad que, cuando pulsas el play de tu reproductor, ya no lo paras hasta que termina. Y, por si fuera poco, la gente que les rodea pone el broche de oro a la faena. Ya sucedió cuando surgieron como revelación en 2005 con Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, volvió a ocurrir cuando se consolidaron en 2011 con Suck It and See y en la quinta entrega nos encontramos en idéntico caso. Eso sí, en el nuevo álbum echamos en falta un single potente, distanciado del resto, como fue “I Bet You Look Good on the Dancefloor”hace ocho años. Carece de “la canción”.

De todas maneras, no importa. Alex Turner eclipsa el limitado talento de los sencillos lanzados con un excepcional trabajo vocal y con la acertada ayuda de sus compañeros a los coros. No se necesita un equipo fabuloso para distinguir la amplia gama de matices con la que el solista nos deleita en las melodías de “Arabella”, la balada “No. 1 Party Anthem” o en “Mad Sounds”. Turner ha crecido y se ha desprendido de las injustas comparaciones. Sin dejar de cantar con el micrófono pegado a los labios roza la saturación y forma esa atmósfera cargada y distorsionada a la que se le asocia.

Aunque las alabanzas no son unánimes, faltaría más. Algún crítico ha hablado de “pastelada” y razón no le falta. “I Wanna Be Yours”, “inspirado” –(tómese como un) eufemismo– en un poema de John Cooper Clarke, debería recetarse en las enfermerías de todo el mundo para evitar desmayos debido a su alto contenido en azúcar. Por lo visto se han empeñado en conseguir un par de millones más de seguidoras fanáticas con urticaria. No obstante, también han ganado en madurez a la hora de componer e interpretar y, sobre todo, han sabido adaptar los sonidos actuales, lo que se hace ahora, a la idiosincrasia de su música. El pastel está en su punto de cocción. Buen provecho.

Àlex Fernández Cardenete

Fotografía: http://pbs.twimg.com/media/BGCE1CoCIAAu8jY.jpg:large

     
     
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